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Todo ha transcurrido desde el acontecimiento de mayor notoriedad en el país en este siglo, con un letargo alimentado por el acomodo de algunos. Entre el sobresalto, la sobrevivencia y el cálculo político (basado en metas con lagunas operativas y una evidente falta de decisión) el ambiente se hace cada día más pesado, nebuloso y angustiante. Se percibe una inercia asfixiante, como si, a pesar de la magnitud de la crisis, nada hubiese pasado.
Para la población venezolana no cabe duda: el porvenir exige el esclarecimiento de ideas y la concreción de hechos, no más retórica vacía. Es imperativo formar un cauce real para el desafío de mayor valor para la nación.
Hace unos años, al escribir sobre la conquista del poder político, señalaba que la vocación por el poder debe ser una tarea ineludible, tomada con decisión absoluta cuando corresponda. La motivación es el ánimo de un grupo para optar al poder y prepararse de acuerdo a sus valores. Ambos elementos constituyen un compromiso ético con la sociedad.
Sin embargo, hoy vemos que ese «juego por el poder» se ha perpetuado. Una sólida proyección requiere actitud ética: donde el lenguaje sirva para decir la verdad y proponer, no para mentir, manipular o dilatar. Un procedimiento de contención: un mecanismo consciente para frenar preferencias dañinas, figuras corrompidas o «jugadores» infiltrados intencionalmente para dinamitar el avance.
Esto no es fantasía, es la cruda realidad del juego. No obstante, en este momento, hasta la retórica del fracaso se ha vuelto predecible. Las justificaciones y el perfil de los involucrados son de sobra conocidos; nada asombra y nada está oculto. Pareciera que operan dos escenarios simultáneos y perversos.
La domesticación ante el mal. El gusto aparente por la convivencia con lo nefasto, donde la costumbre hace tolerable la decadencia hasta convertir a todos en víctimas sin remedio, una vez más.
La abdicación del rol, mediante la mezcla de supuesta inocencia, desdén y delegación sin sentido del deber. Se evita asumir el rol histórico sin tapujos y sin dilación, eludiendo las responsabilidades que el momento exige para sacar definitivamente al sistema perverso del poder.
Esta vacilación no es inocua; es el espacio donde deben desmoronarse los puntos focales para revertir el impacto de los operadores irregulares en el país; aquellos que se debaten entre perecer, salir o entronizarse aún más en la sociedad hasta volverse parte del paisaje.
Por: ABRAHAM SEQUEDA @abrahamsequeda
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