La discusión reciente en redes sociales en torno a la banda venezolana Rawayana y el uso de una mujer llamada Patria, generada con inteligencia artificial para promocionar su gira, reactivó un debate que ha venido gestándose. No tanto si la IA puede hacer arte, sino qué ocurre con la autoría cuando el proceso creativo se reduce a una instrucción o prompt, como se le conoce en este contexto.
La reacción del público no fue casual. Por lo que estuve leyendo, más que cuestionar la calidad de la imagen o si se prefirió eso a usar una modelo real, hubo algo más difícil de precisar: su falta de referencia en la realidad.
Pese a aludir a la idiosincrasia, no hay historia, no hay cuerpo, no hay experiencia detrás. La figura no representa a alguien, sino una construcción estadística de lo deseable. Y en una época obsesionada con la autenticidad, eso pesa. En algunos casos, además, se señaló la reproducción de estereotipos o una mirada simplificada de la mujer venezolana.
Durante siglos, el arte estuvo ligado a la idea de lo irrepetible. Un retrato de Diego Velázquez o una escena de Rembrandt van Rijn no solo valen por su técnica, sino por la densidad de talento y experiencia que contienen. Cada trazo es resultado de decisiones, errores, tiempo y contexto. Incluso cuando la reproducción técnica —la fotografía, el cine, lo digital— permitió multiplicar las imágenes, el origen seguía siendo humano: alguien elegía el encuadre, el momento, la intención. En esos casos, la técnica nunca eliminó la huella del autor.
Por eso el argumento de que “la IA es una herramienta más”, incluso para mí, que soy pro IA, es cierto pero insuficiente. La historia del arte está llena de herramientas que ampliaron las posibilidades expresivas, por ejemplo, la cámara fotográfica, el sintetizador y el cuestionado autotune. Ninguna de ellas eliminó al autor. Todas mediaron o amplificaron su expresión.
En ese sentido, veo que la inteligencia artificial introduce una diferencia más sutil, pero decisiva, ya que puede producir una obra completa sin necesidad de una experiencia previa que la sostenga. No es solo una herramienta que media, sino una que puede sustituir partes centrales del proceso creativo. Y ahí es donde aparece el cuestionamiento de quienes piden originalidad. Las fronteras de la autoría comienzan a desaparecer.
Entonces, existen prácticas en las que la tecnología no reduce el proceso creativo, sino que lo expande. El artista Mario Klingemann, por ejemplo, creó en 2018 Memories of Passersby I, una instalación que genera retratos en tiempo real a partir de redes neuronales. La obra no es una imagen, sino el sistema que la produce. Se trata de uno de los primeros ejemplos visibles del uso de IA en el arte generativo, en el que la tecnología no sustituye al autor.
Algo similar ocurre con el colectivo Interspecifics y su proyecto Recurrent Morphing Radio, que utiliza IA para criticar los patrones de consumo musical en plataformas digitales. Incluso en el ámbito musical, artistas como Holly Herndon han desarrollado sistemas de IA entrenados con voces humanas para explorar nuevas formas de composición. En estos casos, hay una intención que atraviesa la tecnología.
La experiencia no se delega
En mi caso, uso inteligencia artificial de forma cotidiana en la escritura para optimizar textos, contrastar enfoques o acelerar búsquedas. Para esta misma columna, por ejemplo, recurrí a IA con el objetivo de mapear referencias de arte generativo y luego depuré manualmente los casos más relevantes. Sin embargo, el criterio editorial —qué se incluye, qué se descarta, cómo se organiza el sentido— sigue siendo una decisión humana que no delego. Es decir, la herramienta agiliza el proceso; no lo sustituye. La IA asiste, pero no decide.

Creo entonces que el problema aparece cuando ese proceso se comprime. Cuando la creación se vuelve una cuestión de iterar instrucciones hasta obtener un resultado funcional. No desaparece la decisión humana, pero cambia su naturaleza, pues se pasa de construir a seleccionar, de intervenir a ajustar. El autor ya no modela la obra; la filtra. Ahí es donde el proceso pierde densidad.
Y eso introduce una pregunta incómoda pero inevitable: ¿en qué punto dejamos de ser autores para convertirnos en operadores? La autoría empieza a diluirse en la ejecución.
No es una cuestión de purismo. El arte siempre ha dialogado con la técnica, y la inteligencia artificial abre posibilidades reales de exploración estética, pero también altera la relación entre experiencia y expresión. Si una imagen puede generarse sin haber sido vivida, ¿qué tipo de vínculo establece con quien la observa? ¿La obra puede existir sin experiencia detrás?
La replicabilidad no es nueva, pero la replicabilidad sin fricción, sin mayor esfuerzo sí lo es. Y en un ecosistema saturado de imágenes, esa facilidad tiene consecuencias. Cuando todo puede producirse rápidamente, lo que empieza a valorarse no es el resultado en sí, sino el proceso que lo sostiene. La historia detrás, la intención, el rastro humano. Lo irrepetible vuelve a ser un valor diferencial.
Por eso la incomodidad que generan casos como el de Rawayana no se resuelve diciendo que “la IA también es arte”. Puede serlo. La cuestión es otra: qué tipo de arte produce y qué tipo de autor requiere. No toda creación implica la misma autoría.
En el fondo, el debate no es tecnológico, sino cultural. No se trata de defender o rechazar la inteligencia artificial, sino de entender cómo redefine la creación. Porque si el arte ha sido, históricamente, una forma de traducir la experiencia humana a través del talento, la pregunta ya no es si la IA puede generar imágenes, sino si nosotros seguimos estando realmente dentro de ellas.
La entrada Rawayana y la pregunta incómoda: ¿seguimos siendo autores? se publicó primero en El Diario Venezuela – elDiario.com.
