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Si no fuera por los poetas, Venezuela sería la perdición total. Recuerdo la vez que conocí a Vicente Gerbasi en el Teatro Bellas Artes de Maracaibo. Hablaba animadamente, me pareció, con el doctor Simón Alberto Consalvi. Y ahí llegué a interrumpir, con mi bizarra juventud, para que el poeta me firmara Mi padre, el inmigrante. Sentí que estaba frente a Dios, o algo parecido, y Gerbasi se comportó a la altura: autografió el libro y me dio un apretón de manos al despedirse. Consalvi, en cambio, me observó con piedad o con lástima, al verme tembloroso y emocionado.
En la escalera del teatro me quedé mirando la rúbrica del poeta. Imaginé que en ese trazo se escondía una gran historia del país y una épica familiar. Como yo veía las cosas por esos días, el poeta no se resignaba a la mera contemplación de las palabras. Sospechaba, acaso, que el lenguaje era una forma imperfecta de incidir en la realidad; por ello se internaba en la vida pública. No veía yo, en Gerbasi ni en ninguno, un compromiso ideológico, sino una preocupación moral y trascendente. Algunos ocuparon cargos, ejercieron un periodismo de combate y no pocos eligieron oponerse a los regímenes de Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez y hasta Marcos Pérez Jiménez, cuyas sombras aún rondan la memoria.
Este asunto de los poetas volvió a mi mesa al leer el último Café Perec de Enrique Vila-Matas, “Por un optimismo cultural subversivo”: allí sostiene que, en casi todo Occidente, se ha invertido el antiguo orden: quienes carecen de formación ocupan el lugar que antes correspondía a los instruidos.
No se trata de una observación reciente; dice, ya desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando comenzaron a resquebrajarse las conquistas de la Ilustración, esa inquietud se volvió persistente. Y propone reconectar con esas luchas, que pueden resumirse como un intento de sustituir la autoridad por la razón, el privilegio por la ley y la tradición ciega por el conocimiento. Cada quien traducirá esas luchas a las “pulsiones” casi subterráneas de su propio contexto.
Como saben, Platón desconfiaba de los poetas; está bien, pero la sospecha admite reciprocidad. Es cierto que los poetas no hacen ciencia en ningún sentido; sin embargo, se adentran en la naturaleza humana, esencial para gestionar lo público: ¿la política?
En Venezuela, desde Fermín Toro y la naciente república, la presencia de los poetas ha sido constante. Desde Andrés Bello, la Generación del 28, Andrés Eloy Blanco y tantos otros, hasta llegar a Vicente Gerbasi, la impronta es indeleble. El siglo XXI, en cambio, se ha tornado contradictorio. Poetas venezolanos han recibido premios internacionales de gran peso: Rafael Cadenas (Premio Cervantes, 2022; Premio Reina Sofía, 2018); Yolanda Pantin (Premio García Lorca, 2020); Eugenio Montejo (Premio Octavio Paz, 2004), entre otros. Estas altas distinciones no tuvieron incidencia alguna en la vida pública; mucho menos en la diatriba política. Otros, en cambio —cuyos nombres no quiero recordar—, parecen haber extraviado la lengua y adoptado, con naturalidad aterradora, la voz del poder.
Se sabe que la literatura no nos hace mejores personas, pero sí nos abre los ojos y nos exige honestidad. Y la única manera de ser honestos es siendo libres: no haber comprometido nuestra moral con ninguna ideología.
Que el trazo de nuestra rúbrica lleve consigo la carga de una gran historia republicana y personal, sería un soplo gerbasiano que nos vendría muy bien en estos tiempos tan raros y, al parecer, desahuciados.
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