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Pablo Maza: La IA y el futuro energético de Venezuela

A principios de los ’90, dos modestos países —uno en Escandinavia y otro en el sudeste asiático— enfrentaron crisis económicas que amenazaron su existencia. El país nórdico perdió, por causas políticas ajenas a su voluntad, a su principal cliente comercial, la otrora poderosa URSS que le aportaba más del 80% de su intercambio comercial. Con cuentas en rojo, desempleo creciente, inflación desbordada, fuga de cerebros y alto riesgo de catástrofe social, parecía encaminado al colapso. Por su parte, el país asiático atravesaba una situación análoga por motivos distintos: disturbios políticos, sociales y étnicos, corrupción, bajo nivel educativo e instituciones públicas mal gerenciadas y poco confiables configuraban un clima de inestabilidad permanente, pobreza elevada y pocas expectativas de cambio.

Hey, no es que estos dos países no contaran con recursos naturales para industrializar y convertir en polos de desarrollo: El pequeño país escandinavo producía madera, químicos, maquinaria y pesca; la nación asiática suministraba estaño, caucho y era incipiente productora de petróleo y gas. Sin embargo, ello no bastaba para garantizar progreso persistente ni niveles de vida altos y estables. Las duras crisis internas tuvieron un efecto transformador en ambas naciones, forzaron a sus líderes a tomar decisiones radicales, sensatas y coherentes, y a sus ciudadanos a apoyarlas. Cambiaron su esquema tradicional de dependencia de materias primas por economías altamente tecnificadas, un único secreto guió la transformación: abrazar la tecnología como herramienta de cambio y progreso cultural. Quizá ya han identificado a esos dos países, Finlandia y Malasia. Hoy figuran entre los más estables económica y productivamente, y son considerados de los más felices del mundo; dos factores estructurales cimentaron su éxito: un sistema educativo avanzado desde la primera infancia y el soporte de instituciones públicas confiables y sólidas. Ambos han puesto un foco inamovible en la creación de conocimiento y la manufactura tecnológica, sus logros en esos campos son incontrovertibles. Así fue como salieron de un túnel oscuro hacia el primer mundo.

Hoy en Sudamérica, otra nación atraviesa una situación parecida a la de estos dos países antes de su milagrosa metamorfosis de los 90, nuestra amada Venezuela. Bendecida con vastos recursos naturales, ubicación estratégica y capital humano formado por décadas, enfrenta una profunda crisis originada por un periodo dictatorial devastador. La corrupción desbordada, la destrucción de la gestión pública e institucional, inseguridad jurídica, inflación extrema y degradación social han arrasado con la prosperidad democrática previa. Pero no es objetivo de este escrito llorar sobre la leche derramada. Lo que abordaremos es cómo emular a Finlandia y Malasia para convertir a Venezuela en el gran milagro económico de inicios del siglo XXI.

Un atributo fundamental para lograrlo es contundente: los venezolanos ya escogieron en las urnas de votación a un liderazgo político nuevo y distinto —comprometido, transparente, calificado y resiliente— forjado en la lucha y la resistencia, listo para tomar las riendas; un liderazgo que puede instalar la gerencia de alta calidad indispensable para el progreso. Sin dirección política adecuada no hay pueblo que prospere.

Partiendo de allí demos un vistazo al cómo podemos los venezolanos embarcarnos en la carrera tecnológica actual, en los albores de la era de la IA, de la ciencia de los datos que son a esta época el equivalente a lo que el motor de combustión fue a la revolución industrial, el petróleo a la era posindustrial, y los transistores y chips a la era de las computadoras y el internet. Nuestro reconocido potencial en energía e hidrocarburos esconde ahora otro tesoro que vamos a desenterrar, para convertirlo en prosperidad estable, generación de empleos de avanzada, una nueva y poderosa fuente de ingresos económicos, pero sobre todo para promover una transformación cultural que nos convierta en una nación lanzada al futuro.

Hoy día en el mundo, los sectores con mayor inversión global en infraestructura y operaciones son la industria militar, el petróleo y la IA. La IA ha permeado prácticamente todo convirtiéndose en la herramienta de expansión y gestión más poderosa jamás inventada; su crecimiento es exponencial y su huella parece no tener límites. Pero la IA requiere, además de poder de cómputo, grandes instalaciones, y cerebros brillantes, cantidades masivas de energía para funcionar 24×7: entrenar modelos con toneladas de datos, inferir con grandes modelos de lenguaje, agentes y apps, gestionar trillones de conexiones diarias, streaming, supervisión de vehículos autónomos, automatización industrial, seguridad, nubes de transacciones financieras y galaxias de intercambio en redes sociales. Los clústeres de IA ya superan los 100 MW por instalación y se acercan a la barrera de 500 MW. Esa voracidad eléctrica sólo puede satisfacerse con fuentes de energía confiables, estables y accesibles, que -de Alaska a la Patagonia- ningún otro país del continente americano puede ofrecer mejor que
Venezuela en los volúmenes y condiciones requeridas.

Quizá piense usted en el extraordinario complejo hidroeléctrico del estado Bolívar —de potencial enorme que hoy opera muy por debajo de su capacidad–, pero en realidad existe otra vía más expedita: la tendencia de los grandes clusters de data centers se inclina más ahora por los generadores diésel y turbinas de gas convencionales o de ciclo combinado. Estas soluciones son económicas, confiables y rápidas de implementar, capaces de operar de forma ininterrumpida sin depender totalmente de la red pública en recuperación pero además ofrecen a los inversionistas algo mucho más valioso, su autonomía energética de generación sin depender totalmente de la red eléctrica pública. La energía nuclear es extremadamente costosa y lenta de implementar; las renovables, requieren grandes bancos de baterías y soluciones complementarias que no ofrecen la continuidad requerida para hyperscalers de IA. Así, el gas natural licuado (GNL) y el diésel gestionados adecuadamente son la opción práctica para sostener data centers de gran escala. Cuando el eje hidroeléctrico guayanés recupere su capacidad, complementará y fortalecerá la matriz.

Una ventaja clave es el precio comparativo del GNL venezolano, que es al menos 3 veces más económico que en los EE.UU., y hasta 10 veces más barato que en el resto de Latinoamérica. Venezuela tiene una de las reservas de gas más grandes del planeta, y solo con su producción anual declarada pueden funcionar más de 250 data centers de 100 MW durante todo un año ininterrumpido! y con las reservas probadas de gas venezolano -entre las más grandes del planeta- la cifra es sideral: más de 250.000 data centers de 100 MW durante un año, o 2500 data centers de la misma potencia eléctrica durante 1000 años continuos.

Por otra parte, hoy en Venezuela se ventea inútilmente a la atmósfera —se desperdicia— casi tanto gas como el que se declara oficialmente producido, por lo que la producción comercial de GNL en condiciones regulares sería cuando menos el doble de la actual al rehabilitar su captura y procesamiento. Y todo esto sin contabilizar al diésel como combustible, imaginen lo que eso significa como garantía de suministro para la industria de la IA…

Más allá de su enorme potencial energético, Venezuela reúne otras condiciones de primer orden para data centers: baja exposición sísmica, clima estable, abundante agua para enfriamiento de los chips de IA, terrenos disponibles extraurbanos y una base técnica de personal calificado en informática, electricidad, electromecánica, gas y petróleo para iniciar y sostener la operación. Nuestra ubicación estratégica en el centro del continente reduce la latencia -tiempo de transferencia de datos en las redes- para la región compitiendo muy favorablemente con data centers de México, Brasil, Argentina o Chile; por otra parte, existe una amplia infraestructura de telecomunicaciones que, aunque necesita mejoras, está presente en casi todo el territorio. Estas ventajas competitivas no pasan desapercibidas para los inversionistas: es una oportunidad apetitosa que conviene no desperdiciar.

En este punto hacemos un obligado paréntesis: esto no será realizado por un régimen transitorio, espurio, ni por cualquiera de sus representantes, incursos en toda clase de delitos, perseguidos judicial y policialmente en todo el planeta, con cabecillas que se han robado hasta el último dólar de cualquier presupuesto o lo contaminan con lavados financieros ilícitos, han violado y estimulado la violación de todas las regulaciones ambientales modernas y tradicionales; por ello las inversiones necesarias para recuperar y expandir la producción de petróleo y gas se resisten a llegar, por desconfianza en esas autoridades. Por otro lado, la IA y el negocio de los data centers requieren altos volúmenes de inversión privada y pública, que no se expondrán a ser manejados, compartidos, ni siquiera supervisados por manos demostradamente corruptas, ese riesgo no lo pueden correr porque son operaciones de actividad continua que a diferencia del petróleo o la industria militar, no pueden darse el lujo de detener su operación mientras se resuelve un conflicto interno o un proceso judicial, exponerse a expropiaciones, ofrecimientos de corrupción, y todo aquello que se asocia al régimen temporal que persiste en Venezuela. Los data centers de IA son infraestructura crítica de seguridad de estado, sensibles a las perturbaciones externas; el entorno propicio para atraer estos grandes montos de inversión y a los operadores sólo podrá ser generado y sostenido por un gobierno completamente democrático, sin historial delictivo, en estado de libertad y respeto a la propiedad privada como el que vamos a restablecer ratificando en elecciones al nuevo liderazgo político -hoy en el exilio- que ya está cambiando el curso de la historia.

Aclarado esto veamos cómo se va a generar el impacto económico y social favorable con la llegada de este modelo de negocios a nuestro territorio. Además de la comercialización de GNL y energía, la construcción y operación de data centers y su infraestructura de soporte movilizarán inversiones gigantescas. El costo de construcción por MW de un data center va de US$10 a 15 millones; los hyperscalers y los dedicados a IA entre US$15 y 60 millones por MW, un data center de 50 MW podría generar solo en su primer año de operación, un movimiento económico del orden de US$1.200 millones y luego ingresos recurrentes por cientos de millones anuales. Gigantes como Google, Amazon, Microsoft, Meta y Oracle ya manejan decenas de data centers superiores a 100 MW y están en desarrollo para instalaciones de 500 MW. El ritmo de demanda sugiere que para 2030 la inversión global en data centers alcanzará cifras monumentales, estimadas en el orden de decenas de trillones de dólares.

Las oportunidades de empleo que surgirán con este proyecto en suelo venezolano son esperanzadoras: estimaciones prudentes señalan que se pueden generar más de 40.000 empleos fijos estables hacia 2030, más de 45.000 empleos temporales durante las construcciones y otros 15.000 empleos indirectos derivados de la cadena de suministro y servicios asociados. Además, la llegada de empresas tecnológicas y centros de datos impulsará la formación técnica y universitaria, fomentará el nacimiento de startups, acelerará la digitalización del sector productivo y promoverá en todo el país una cultura de innovación y productividad.

Naturalmente, el desarrollo de esta industria exige políticas públicas coherentes: urge restaurar la seguridad jurídica, ofrecer incentivos fiscales y regulatorios para atraer inversión, acuerdos de cooperación internacional, gestionar programas intensivos de formación técnica y profesional, un plan de desarrollo urbano para zonas especiales y otro de recuperación y expansión de la infraestructura de transporte y telecomunicaciones, así como esquemas de gobernanza para garantizar la integridad de las inversiones y su sostenibilidad ambiental. Rehabilitar plantas de procesamiento de gas, modernizar los sistemas de refrigeración y enfriamiento, y la construcción de redes de distribución eléctrica y gasoductos dedicados a zonas de data centers son prioridades concretas.

Este proyecto debe entenderse como parte de una visión mucho mayor: la de transformar a Venezuela desde una economía extractiva hacia una economía del conocimiento, anclada en tecnología de punta, educación de calidad y fortaleza institucional. La riqueza energética debe ser la palanca para colocar al país en la cadena global de valor de la era digital, no otra fuente de dependencia económica, por este camino la nación recuperará credibilidad y respeto internacional, generará empleo de alto valor, reducirá la pobreza y creará para sus ciudadanos un futuro promisorio.

La historia de Finlandia y Malasia demuestra que la crisis puede convertirse en oportunidad cuando hay liderazgo visionario y una apuesta decidida por la tecnología. Venezuela posee los recursos y el talento para dar ese salto; sólo falta consolidar el cambio definitivo en la dirección política y las condiciones de confianza necesarias. Preparen a sus hijos y díganle que estamos listos para convertir nuestra tragedia en un brillante futuro tecnológico, social y económico como legado para las próximas generaciones.

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