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Fredy Rincón NoriegaOpinión

La Fanb necesita renovar su doctrina, por Fredy Rincón Noriega

 

Primera parte

Doctrina militar y necesidad de actualización

La doctrina militar es el fundamento teórico que orienta la organización, preparación y forma de concebir eventuales conflictos. Una doctrina vigente y pertinente permite a las fuerzas armadas actuar con coherencia estratégica, adaptarse a entornos cambiantes y responder con eficacia ante amenazas reales o potenciales. Por el contrario, una doctrina obsoleta condena a la institución a reaccionar tarde y con mucha deficiencia ante imprevistos.

Según Enrique Silvela Díaz-Criado, la doctrina militar establece una forma común de entender y organizar las operaciones. Expone principios y conceptos que permiten a cualquier comandante planificar y conducir una misión con criterios compartidos. Cumple una función didáctica porque prepara a los militares antes del combate y les ofrece una gramática común de actuación. Su origen se apoya en la experiencia acumulada, en especial la histórica, que permite aprender sin asumir sus costos. También incorpora las necesidades de los Estados, el impacto de la tecnología y las características sociales de los ejércitos

El mundo atraviesa una transformación acelerada en el arte de la guerra. Los conflictos armados de la última década han alterado de manera profunda los fundamentos del combate moderno. Frente a ese panorama, las fuerzas armadas deben emprender procesos de revisión y actualización doctrinal. Venezuela no puede mantenerse al margen de esa tendencia. Se hace perentorio dar una respuesta a esta demanda. 

El imperativo de la actualización

La doctrina vigente por la que se orienta la institución se inspira en dos modelos. El de “guerra popular prolongada”, de raíces maoístas y cubanas, adaptado al contexto venezolano y el esquema de unión cívico-militar. Ambos enfoques lucen hoy obsoletos.

La renovación que Venezuela requiere implica una reforma estructural orientada al profesionalismo y al dominio técnico, teniendo como punto de partida la recuperación de la institucionalidad. A tal efecto, la formación de mandos debe sustentarse en el rigor académico y en la adopción de estándares internacionales, incluidos los relativos a los derechos humanos. Asimismo, el concepto de “guerra popular de resistencia” debe ser sustituido por un enfoque centrado en una fuerza tecnológicamente competente, con una cadena de mando despolitizada y con capacidad de respuesta inmediata en los espacios estratégicos, particularmente en fronteras y costas.

El contexto estratégico ha cambiado de manera sustantiva. Las nuevas formas del conflicto privilegian la velocidad de decisión, el dominio de la información, el control del espacio aéreo y la capacidad tecnológica. Una doctrina que omita esas dimensiones resulta insuficiente para orientar la preparación y el empleo de las fuerzas en el presente siglo.

La realidad del campo de batalla contemporáneo dicta que la eficacia de una fuerza armada ya no reside únicamente en su volumen o su voluntad, sino en su capacidad de procesar información y adaptarse a ciclos tecnológicos cada vez más cortos. La actual doctrina venezolana, anclada en modelos de resistencia asimétrica del siglo pasado, presenta brechas críticas frente a las amenazas que hoy se perfilan. El margen de error para la renovación intelectual de la institución se ha agotado.

La frontera oriental como eje crítico de seguridad

El flanco oriental venezolano presenta hoy una realidad que merece atención sostenida. En los últimos tres años, el Comando Sur de los Estados Unidos ha desarrollado una presencia militar sostenida en Guyana. Ha remodelado instalaciones militares ubicadas en posiciones geográficas sensibles en los límites fronterizos. Ha ofrecido apoyo para la adquisición de aeronaves, helicópteros, drones militares y tecnología, además de cooperar en el intercambio de información para lograr objetivos comunes.

Esta dinámica toma relevancia directa para Venezuela en el contexto de la disputa territorial por el Esequibo. La frontera oriental, de 789 kilómetros, es la más corta del país y, al mismo tiempo, la que concentra hoy mayor actividad estratégica externa. Una doctrina militar actualizada debe incorporar ese escenario en su concepción de la defensa territorial y en la planificación de sus capacidades de vigilancia, control del espacio aéreo y respuesta ante contingencias en esa franja fronteriza.

Más allá del caso específico del Esequibo, la seguridad fronteriza, como eje de la defensa nacional, requiere el control efectivo del territorio; la lucha contra el narcotráfico demanda sistemas propios de vigilancia, sensores e inteligencia electrónica; y la protección de la infraestructura crítica exige una ciberseguridad permanente, así como una estructura logística capaz de responder a sabotajes y amenazas híbridas.

Este enfoque debe consolidar el vínculo entre la institución militar y el desarrollo civil mediante labores de ingeniería, construcción de infraestructura y apoyo en zonas fronterizas, lo que fortalece el control estatal y la cohesión social. Asimismo, la cooperación subregional adquiere peso estratégico a través de protocolos comunes para la gestión de crisis migratorias, desastres naturales y la lucha contra el narcotráfico, reforzando la estabilidad hemisférica.

Diversos análisis académicos convergen al señalar un marcado deterioro en la formación profesional de la FANB, como consecuencia directa de la incorporación de criterios políticos en la selección y promoción militar. Estos estudios documentan que la sustitución del mérito académico por la lealtad política, junto con la adopción de la doctrina de la “guerra popular prolongada”, han desplazado los estándares modernos de defensa hacia un modelo asimétrico de inspiración cubana que resulta obsoleto frente a los desafíos tecnológicos actuales. La politización del mando y el abandono del rigor científico han erosionado la capacidad operativa de una institución que, en parte, ha dejado de servir al Estado para convertirse en un instrumento de preservación de un proyecto partidista.

Entre estos estudios destacan los de Carlos Quintero Regos (2013), Luis Alberto Buttó (2004) y Francisco Usón Ramírez (2005), quienes han abordado este proceso desde perspectivas distintas, arribando a conclusiones similares. Resulta urgente y necesario despolitizar la institución y fortalecer los estándares de preparación profesional, con el fin de garantizar la eficacia operativa en escenarios de seguridad contemporáneos.

En beneficio de la imparcialidad, también recomendamos leer lo publicado por Héctor Herrera Jiménez (2006), quien argumenta que la unión cívico-militar constituye una ventaja estratégica ante amenazas asimétricas. Según su criterio, la fusión pueblo-ejército y la “guerra de todo el pueblo” representan un modelo disuasivo eficaz frente a potencias con superioridad tecnológica convencional, pues privilegian la movilización popular sobre el enfoque tecnocrático tradicional como garantía de la defensa integral de la nación. Es probable que su opinión haya cambiado tras los eventos del pasado 3 de enero. Todos estos trabajos pueden localizarse y consultarse fácilmente mediante búsquedas abiertas en internet.

@ferinconccs /Canoabo

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