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José Luis FaríasOpinión

José Luis Farías: La estirpe de los inadaptados: el caudillismo liberal y nacionalista antigomecista (V)

V. La tragedia: el individualismo como condena

Los unía el mismo individualismo feroz que los condenaba. Era algo paradójico. Ese individualismo feroz, ese amor propio desmedido, esa incapacidad para subordinar el yo a la causa colectiva, que había sido la fuerza del caudillismo decimonónico y que, en el siglo XX, se convirtió en su principal debilidad. Camus lo advirtió en sus Cuadernos (1947): “El individualismo extremo termina en soledad y en derrota, porque la acción política exige renuncias que el orgullo no sabe conceder”

Porque mientras ellos conspiraban por separado, mientras se acusaban mutuamente de los fracasos, mientras cada uno soñaba con ser el libertador —y cómo escribió Gabriel García Márquez en El coronel no tiene quién le escriba, «bastaba con verlos por separado para comprender que jamás lograrían ponerse de acuerdo»—, Gómez construía un Estado. Un Estado moderno, con ejército profesional, con comunicaciones, con control territorial. Un Estado que, aunque dictatorial, era más fuerte que todos ellos juntos soportado el la riqueza petrolera que inundaba de dólares las arcas nacionales.

La historia del caudillismo antigomecista está jalonada de ejemplos de este individualismo trágico, de esta incapacidad para anteponer la causa común a las glorias personales. Como advertía Rómulo Betancourt en su reflexión sobre las luchas políticas venezolanas: “El culto al caudillo, la exaltación del individuo por encima de los partidos y de las ideas, fue el gran mal de nuestra historia republicana” . Un caso muy emblemático es, sin duda, el del asalto a Curazao de 1929. Aquella gesta, que pudo haber sido el comienzo de algo grande, terminó en recriminaciones mutuas que revelaban la hondura de las diferencias entre quienes la protagonizaron. Los representantes de ambos grupos —los viejos caudillos y los jóvenes del Partido Revolucionario Venezolano—, que se encontraban en el exilio, por lo general solían atacarse mutuamente. Urbina, el caudillo falconiano, representante del antigomecismo tradicional, y Gustavo Machado, el joven formado en el marxismo que había fundado el PRV en México, establecieron una alianza circunstancial. Pero tan pronto como sobrevino el fracaso, las acusaciones no se hicieron esperar. Gustavo Machado y los miembros del PRV culparon a Urbina de la improvisación que causó la derrota final del movimiento. Era el choque entre dos concepciones de la lucha, entre dos épocas, entre dos formas de entender la política.

Pero este no fue un caso aislado. La expedición del Falke, aquel intento serio y bien organizado que terminó en tragedia en las calles de Cumaná, también estuvo marcada por estas tensiones. Román Delgado Chalbaud, el marino profesional, el hombre de disciplina y visión estratégica, y Armando Zuloaga Blanco, el aristócrata conspirador, murieron juntos en aquella calle, pero su muerte no logró soldar las divisiones que existían entre los distintos grupos que conformaban la resistencia. Los militares profesionales despreciaban la improvisación de los caudillos regionales, y estos resentían la arrogancia de aquellos que nunca habían pisado el monte ni compartido las penurias de la guerrilla.

Hubo también disputas entre los exiliados y los que se quedaban. Los que resistían dentro del país, enfrentando la cárcel, la tortura y la muerte, miraban con recelo a los que conspiraban desde la comodidad relativa de Nueva York, México o París. José Rafael Pocaterra, desde el exilio, llamaba a Gómez «La vergüenza de América» en sus escritos, y denunciaba la dictadura con una pluma afilada, pero había quienes pensaban que las palabras no bastaban, que hacía falta acción, sangre, sacrificio. Y cuando Pocaterra sugirió que la única forma de acabar con la dictadura era con la muerte de Gómez, el cuerpo diplomático venezolano presionó para que fuera expulsado de Estados Unidos, y terminó refugiándose en Canadá. El exilio, lejos de ser un espacio de unidad, era a menudo un campo de batalla donde se libraban guerras paralelas, donde las desconfianzas y los rencores se acumulaban como pólvora a la espera de cualquier chispa que los hiciera estallar.

La crítica de Gustavo Machado a Urbina tras el fracaso de Curazao —esa acusación de improvisación que tanto dolió al caudillo falconiano— no era solo una disputa personal. Era el síntoma de algo más profundo: el choque entre dos concepciones de la lucha, entre dos épocas, entre dos formas de entender la política. Los jóvenes del 28, los que luego fundarían los partidos modernos, empezaban a comprender que el caudillismo individualista no podía derrotar al gomecismo. Que hacía falta organización, disciplina, programa. Que la acción heroica, por sí sola, no bastaba.

Fue larga, muy larga, la cadena de yerros —de esos yerros que no son fruto del azar sino de la terquedad— con que se pretendió acabar con la dictadura de Juan Vicente Gómez. Hubo invasiones marítimas, sí, gestas animadas por un valor temerario que rayaba en la insensatez, y que invariablemente terminaron en desastres anunciados: derrotas que no fueron otra cosa que la crónica de una muerte anunciada en alta mar. También se alzaron en armas en la tierra, sublevaciones de terruño promovidas por esa rezagada estirpe del caudillismo decimonónico que aún creía que la fiereza personal y el coraje de unos cuantos podían doblegar a un Estado en formación. Todas fueron derrotadas. Las asonadas de cuartel, los complots de sables y levitas, corrieron igual suerte: el mismo fracaso, la misma comprobación de su inutilidad.

¿Y la razón de tanto estrépito inútil? Todas esas empresas, sin excepción, estaban inspiradas en fórmulas militaristas y personalistas —las mismas que se habían ensayado con relativo éxito en el siglo anterior, cuando la guerra era asunto de lanzas y coraje, no de telégrafos y cuentas bancarias—. Eran, en el más estricto sentido de la palabra, anacrónicas. Completamente inapropiadas y caducas para las realidades de aquel momento, ese momento que era ya otro, aunque los conjurados se empeñaran en no verlo.

Pero los viejos caudillos no podían entenderlo. O no querían. Porque aceptar eso era aceptar su propia obsolescencia, su propio fin como actores políticos. Era reconocer que su tiempo había pasado, que la historia los había dejado atrás. A este respecto, el historiador Manuel Caballero, en su obra Historia de los venezolanos del siglo XX, sentenció con claridad: “El gomecismo no fue derrotado por los caudillos que le precedieron, sino por una generación que, paradójicamente, aprendió de él la necesidad de la organización y el sacrificio de los individualismos” .

Ahí reside su tragedia. Y también su grandeza. Porque si fueron derrotados, si fracasaron una y otra vez, si no lograron ver la Venezuela libre que soñaban, fue precisamente por esa fidelidad a sí mismos, por esa obstinación en ser lo que eran, por esa negativa a adaptarse a los nuevos tiempos. Fueron, en el sentido más profundo de la palabra, inadaptados. Y los inadaptados, se sabe, no suelen ganar. Pero tampoco suelen rendirse.

La historia, sin embargo, no se detuvo. El ímpetu juvenil de la Generación del 28 pareció advertir una luz al final del túnel. Se aprovechó la rendija de las fiestas carnestolendas para inventarse una protesta urbana y pacífica. Se organizó «La Semana del Estudiante» y en actos públicos se oyó la voz de los dirigentes difundiendo mensajes libertarios y democráticos. Así nació la conocida «Generación del 28» y con ella, nuevas formas de lucha. Hubo que esperar la muerte de Gómez para ver los frutos de esta otra manera de hacer política y ejercer la oposición.

Mientras tanto, aquellos hombres —los Urbina, los Delgado Chalbaud, los Arévalo Cedeño, los Peñaloza— seguían conspirando, seguían peleando, seguían muriendo. Cada uno desde su trinchera, cada uno con su estilo, cada uno con sus obsesiones. Incapaces de unirse, pero también incapaces de rendirse. Ese fue su destino. Esa fue su tragedia. Y esa fue, también, su grandeza.

Por José Luis Farías

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