La teoría económica es una especie de rueda donde unas veces un enfoque está de moda y en el tope y la otra que está abajo sube y así sucesivamente. Hasta el 24 octubre de 1929 cuando colapsó la Bolsa de Valores de Nueva York, el liberalismo económico y su mano invisible eran dogmas indiscutidos. La burbuja financiera de los llamados locos años veinte y la inacción del gobierno de Estados Unidos presidido por Herbert Hoover y en el Departamento del Tesoro a cargo de Andrew Mellon y Roy Young como del presidente del Banco Central (La Reserva Federal), propiciaron una depresión económica que se extendió hasta 1932, con una secuela de desempleo y catástrofe social a nivel mundial. Esperando pasivamente que el mercado se auto corrigiera, la solución vino con el presidente Franklin Delano Roosevelt a partir de 1933.
Roosevelt, influido por las ideas de John Maynard Keynes, diagnosticó adecuadamente el fenómeno y aplicó una combinación de política fiscal y monetaria expansiva que sacudió la economía y la fue sacando de la postración, mediante un plan masivo de obras públicas y ayudas a los hambrientos. Así, con el Nuevo Trato (New Deal), EEUU vivió durante la Segunda Guerra Mundial y después, el ciclo de mayor crecimiento conocido en la nación norteña. Pero los fundamentos de esa política fueron cuestionados a comienzos de los ochenta por Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en EEUU, en medio de un fenómeno desconocido: la estanflación. La política que fue útil para expandir la economía, generaba inflación y la que servía para contener la inflación propiciaba el desempleo. Se popularizó así el denominado neoliberalismo: desregulación de los mercados, bajos impuestos, privatizaciones de empresas públicas, reducción del gasto público, menos en el área militar y apertura comercial y financiera irrestricta. En EEUU ello incrementó sustancialmente el déficit fiscal y la deuda pública.
Abriendo los ojos los años noventa, John Williamson escribe unas notas que posteriormente tomaron forma como el Consenso de Washington, lo cual fue una versión más elaborada de las ideas implementadas por Thatcher y Reagan, aplicado en buena parte de los países de América Latina y cuyos resultados no fueron los esperados. La mano invisible no funcionó al sur del Río Grande, como tampoco el modelo soviético de planificación central ensayado en Cuba y otros países que lo imitaron. Pero en EEUU bajo las administraciones republicanas y en menor medida demócratas, la desregulación del mercado financiero seguía un curso indetenible con el timón de las finanzas a cargo de hombres provenientes de las grandes corporaciones financieras, hasta que se acabó la magia y con ella la ilusión de la ganancia rápida en 2007 y 2008, durante la Administración de George Busch II. La falta o mala regulación financiera hoy reconocida, con las hipotecas sub prime, los productos derivados y el excesivo apalancamiento, ante la mirada impávida del Secretario del Tesoro Henry Paulson, ex CEO del banco de inversión Goldman Sachs, generaron una catástrofe financiera mundial.
La solución vino como siempre: de la mano del Estado. En 2009 el presidente Barack Obama guiado por el Secretario del Tesoro, Timothy Geithner y el presidente del Banco Central, el afamado profesor de la Universidad de Princeton, Ben Bernanke, a un costo fiscal enorme, enfrentaron y resolvieron una crisis que barrió con bancos comerciales centenarios, empresas de seguros y bancos de inversión, dejando a su paso una estela de familias empobrecidas, sin viviendas y desempleadas Allí si fue útil el Estado: para financiar las pérdidas y rescatar la economía.
De nuevo un cierto tipo de liberalismo económico parece estar emergiendo, apareado en algunos casos con la falta de liberalismo político, pero con él apareció la respuesta. Tras largas jornadas de reflexión, un conjunto de economistas están haciendo un planteamiento con mayor rigor y más actualizado que el sobreviviente neoliberalismo. El Consenso de Londres es una iniciativa que reunió a pensadores del calibre de Philippe Aghion, premio Nobel de Economía, Oliver Blanchard, Dani Rodrik, Ricardo Reis, Hélene Rey y Lant Prichet entre tantos otros, para exponerle al mundo una nueva manera de pensar los temas económicos, coordinados por Andrés Velasco, ex ministro de Finanzas de Michelle Bachelet y Tim Besley, profesor de la London School of Economics. Claramente no se trata de revivir al viejo keynesianismo ni al estatismo ni mucho menos admitir que los equilibrios macroeconómicos no importan.
La actuación del Estado es vital para crear capacidades, financiar las nuevas tecnologías, enfrentar el cambio climático y promover una mejor distribución del ingreso. Ante la emergencia creada por la pandemia del COVID-19 fueron las medidas sanitarias del Estado la que resolvieron esa hecatombe, financiando la ciencia médica y distribuyendo las vacunas. El Valle del Silicón en California jamás hubiese prosperado sin la infraestructura creada por ese estado, sin el ecosistema de universidades y la diversidad racial. La regulación financiera es reconocida como esencial para evitar la exuberancia de los mercados de valores, lo mismo que los flujos internacionales de capitales con sus secuelas sobre la estabilidad de los tipos de cambio.
En teoría, la desregulación, la liberalización y las privatizaciones garantizarían que los mercados y el sistema de precios funcionen adecuadamente y por tanto los agentes económicos responderían a esas señales con mayor crecimiento económico. Pero la experiencia y los nuevos fundamentos de la economía indican que para expandir la frontera del crecimiento hace falta mucho más que un sistema de precios que funcione bien. Entre otras cosas, activismo innovador y activismo fiscal, el primero para que florezca el progreso técnico como motor del crecimiento y el segundo para moderar la volatilidad macroeconómica.
El financiamiento a la educación y la salud pública es una pieza clave para explotar el potencial de conocimientos de grupos sociales que no han tenido la oportunidad de formarse. El Consenso de Londres llegó en buen momento para orientar la política pública en temas claves tales como el logro de una sociedad más cohesionada, un nuevo enfoque de la política fiscal como una especie de seguro contra la volatilidad y entender que el rol del Estado no se puede sustituir por la acción de las organizaciones no gubernamentales o instituciones caritativas.
