
Andrea Hernández Briceño
Durante meses el chavismo se preparó para morir, pero no para salir malherido. De todos los escenarios que se plantearon durante la ofensiva de Donald Trump contra Nicolás Maduro, que se lo llevasen vivo no estaba en los planes de nadie. “Yo en mi vida había agarrado una pistola, un fusil… y me preparé en estos meses para asumir cualquier situación que se presentara, pero no esta”, cuenta un miembro destacado del oficialismo. La dirigencia chavista estaba convencida de que Estados Unidos acabaría invadiendo Venezuela por tierra y bombardeando sitios estratégicos, y que entonces reaccionarían como auténticos soldados de la revolución. “Habríamos volado las refinerías y los campos petroleros”, dice. Pero los sorprendieron.
Por María Martín | El País
El propio Maduro tenía previstos varios escenarios. No su secuestro. Estaba decidido a morir en la batalla, cuentan a EL PAÍS algunos de sus allegados. Menospreció la amenaza y cuando comprobó que Trump iba en serio, ya era tarde. En unas horas estaba en una prisión de Nueva York, mientras su círculo más cercano se recuperaba de la conmoción y —bajo sospechas de traición— tomaba las riendas de un país intervenido a partir de ese momento por su mayor enemigo: Estados Unidos.
Tres meses después de aquel 3 de enero, el chavismo sigue en pie por razones que no coinciden con las que el movimiento proclama. Ni la unidad indiscutible ni el “patria o muerte” que el oficialismo sigue pronunciando alcanzan a explicar por qué no han estallado sus costuras.
Las razones son más prosaicas y hay que ir levantando capas para encontrarlas, aunque una sola palabra puede resumir bien el momento actual: supervivencia. Arriba, los hermanos Rodríguez —con el apoyo de Diosdado Cabello— recomponen el entorno más cercano al poder, desplazando sin aparentes resistencias al círculo de Maduro y su esposa, Cilia Flores. Abajo, el núcleo duro, más fanático, se sostiene obediente, aunque humillado por la intervención. Y en medio, otros sectores, entre ellos los militares, que tratan de no perder peso. El antiimperialismo, columna vertebral del proyecto de la Revolución Bolivariana durante casi tres décadas, está siendo lo más difícil de tragar.
“El chavismo es más una religión que una ideología”, advierte un dirigente. Y como toda religión, sobrevive con un núcleo fervoroso, un cinturón de creyentes que asisten al culto con más o menos fe y una buena dosis de doctrina para sostenerse. También de intereses económicos. Y como en toda iglesia, hay ateos.
Tras la conmoción del 3 de enero, dudar, en lugar de considerarse una traición —el fanático lema del chavismo—, fue un derecho. “Era natural, pero las dudas que pudieron surgir en la confusión se disiparon con el pasar de las horas y los días”, concede uno de los aliados de la nueva presidenta encargada. “Luego todo se acomodó. Hay confianza en lo que se está haciendo. No cuestionamos las decisiones”. Dice Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional, que el chavismo está más unido que nunca. La frase, pronunciada en su entrevista con EL PAÍS, suena exagerada, pero sí es cierto que el movimiento se sostiene, muta y obedece. Por las buenas o por las malas.
Para seguir leyendo ingrese AQUÍ
