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OpiniónOrlando Viera-Blanco:

Orlando Viera-Blanco: Por qué soy optimista. La luz no se anuncia, insiste…

“Venezuela no nació de la escasez. Venezuela se explica por una tragedia que se contradice a su historia de prosperidad y libertad. Venezuela se presenta mejor por su memoria. Porque antes del colapso, fuimos una sociedad abierta al mundo. No perfecta, pero sí profundamente viva.”

Hay una razón incómoda—pero profundamente esperanzadora—para ser optimista sobre Venezuela: tocamos fondo. No en un sentido retórico. En un sentido histórico. El 3 de Enero del 2026 significó el epílogo de la mayor devastación que haya vivido el país desde la caída de la primera república el 25 de julio de 1812 [terremoto incluido].

Debilidad política, un ejército ideologizado, un estado criminal y una crisis económica, social y moral sin precedentes convirtieron a Venezuela en un país caótico como el medio oriente y depauperado como algunas naciones Africanas. Quién iba a pensar que Caracas podría ser bombardeada como lo fue Bagdad, Damasco, Teheran o Kabul, habiendo pasado además una hambruna mordaz.

Entre 2013 y 2023 el país experimentó una caída de su PIB cercana al 75–80%, una de las más severas registradas en tiempos de paz. Inexplicable en un país que recibió [1.999 y 2012] la mayor suma de ingresos petroleros que jamás haya recibido nación alguna en términos per capita en LATAM. La deuda externa se quintuplicó y PDVSA [otrora empresa líder del mundo] quedó desahuciada.

Pasamos de una economía de 350/Billones de dólares [PIB] y una producción de petróleo de 3.5 millones de B/d a un PIB que no toca los 85 Billones de dólares [inferior al Salvador o Guatemala] y menos de un millón de barriles B/d. No fueron las sanciones ni una recesión convencional. Fue una debacle estructural comparable a economías devastadas por guerras, por cuba del mayor despilfarro sufrido en nuestra historia.

Sin embargo, el propio fenómeno muestra algo contraintuitivo. Los colapsos extremos preceden recuperaciones extraordinarias. No automáticamente. Pero sí con una lógica clara: cuando todo ha sido destruido—precios, instituciones, moneda, confianza—cualquier corrección básica y cambio del modelo de poder puede producir un crecimiento exponencial.

Ese es el punto de partida del optimismo…

Venezuela y la lenta victoria de la realidad

Venezuela no nació de la escasez. Venezuela se explica por una tragedia que se contradice a su historia de prosperidad y libertad. Venezuela se presenta mejor por su memoria. Porque antes del colapso, Venezuela fue una sociedad abierta al mundo. No perfecta, pero sí profundamente viva. Como escribió Alexis de Tocqueville, “las naciones no son más que el reflejo de sus ciudadanos”. Y hemos sido ciudadanos buenos y privilegiados. Otra cosa es que hemos sido mal administrados.

La reconstrucción de Venezuela no dependerá únicamente de reformas económicas o cambios políticos. Dependerá de la recuperación de una ética social basada en el trabajo, la solidaridad y la integración. Y ese plasma está en nuestras venas.

Por más de 5 décadas el país no fue lugar de salida sino de llegada. Italianos, portugueses, españoles, árabes, latinoamericanos, judíos europeos, todos encontraron en nuestro territorio un sueño, una posibilidad, un hogar

No fuimos la sombra en la palabra ni en el andar, sino palabra cálida, buena, de bienvenida y de luz sobre la sombra. No preguntábamos de dónde venían, sino qué querían construir. Al forastero sólo lo amanecíamos con un café, una sonrisa y una arepa.

Caracas era una ciudad que miraba hacia adelante y le escribían canciones. En cada esquina una tradición con aroma a extranjero: De Pinto a Miseria, de Pele el ojo a las ánimas, de Marrón a Pelota o del Chorro [Juan y Agustin Perez] a Padre Sierra, de La Bolsa a Sociedad. Y así íbamos felices—literalmente—de Fe a Remedios y de las Delicias a eternidad… con un canto queriendo tanto a nuestra Caracas que mientras vivamos no podremos olvidar.

Las universidades públicas formaban generaciones enteras de profesionales. La movilidad social—con todas sus imperfecciones—existía. Había una ética tácita: trabajar, progresar, integrarse.

Esa Venezuela—moderna, mestiza, confiada—no era una ficción. No era historia tabulada. Era una experiencia histórica. Por eso el colapso no puede entenderse como destino. Fue una desviación. Y lo que se desvía, podemos corregirlo. Como decía la idea recurrente en la poesía de Eugenio Montejo: “Después de la noche más larga, el alba insiste.”

La teoría de la dilución progresiva del poder. Moderación vs. supervivencia

En Venezuela el dilema de ser o no ser se expresa en lo que podríamos llamar la dilución progresiva—si acaso inevitable—de una coalición dominante que no legitima ni por votos ni por ideal venezolano. El poder no descansa en un pueblo amable. Se fragmenta entre cúpulas mafiosas; enchufes; redes informales de base fracturadas y factores de poder invadidos de maldad.

Sin Petróleo y vigilados, el sistema perdió el reparto y el fusil, para convertirse en supervivencia. Y ocurre lo inevitable: la coalición se desinfla, se autodesaloja y se purga así misma. El agente externo—contralor y tutor—impone una agenda y un miedo creíble, pulsando una dilusión progresiva inevitable. Lucen cohesionados y bajitos. Pero el costo de la dinámica de obediencia al ‘visitante’, produce una caída lenta pero irreversible, donde es difícil lograr un segundo aire.

El rebote económico es verdad “podría favorecer» al régimen. Pero como advierte Leonard Binder—académico de la Universidad de Chicago que estudió la modernización y reconstrucción del Estado devastado por guerras y conflictos—los sistemas autoritarios pierden cohesión cuando se ven impedidos de reintegrar las neutralizadas estructuras autoritarias. Y se derriten inexorablemente. El pueblo no olvida sus penurias, [de Zamuro a Miseria, de Piedad a Muñoz] cerca donde reposan los restos de Bolivar, la Plaza Mayor y nuestra catedral. Monumentos a la nobleza y dignidad, que el régimen no honra.

Lo que le queda [coalición dominada] es la moderación forzada de su comportamiento. Moderación que llega tarde por inocua. Moderación que no oculta ni borra su maldad y su mazo. Moderación que no evita morir políticamente. La noticia para el régimen no es buena: aun permaneciendo en el poder bajo una dinámica de “agenda y menú fijo”, el descontento, la barbarie, las heridas de las torturas, la humillación y el estómago, también tienen memoria. Y aún en el rebote, recordar lo vivido antes y durante de la quinta, no la redime, la condena irreversiblemente.

Entonces el diluvio de la coalición autoritaria transita de forma silenciosa, progresiva, erosiva, incontenible. Perdió su base de supervivencia real: la gente. El miedo cambió de acera y sus alianzas-internas y externas- no sólo se voltean, los empujan. Y el miedo creíble se convierte en el ancla invisible. Un factor decisivo: el temor paralizante del régimen de salirse del perímetro impuesto por EEUU. Un miedo frio y sigiloso que opera como fría y sigilosamente. O te adaptas o te atrapo. Una vigilancia que limita el margen de radicalización.

El resultado es una paradoja: un régimen autoritario que se ve obligado a comportarse racionalmente. Algunos pensarán que esa lógica de ángel redentor podría darle pulmón, pero el tema es que la utopía bolivariana pasó de ser un simulacro a un títere kafkiano angustiado, auto oprimido y atrapado en su propio dilema. No es ser o no ser. Es dejar de ser [a juro] sin razón de ser.

Un experimento llamado “revolución bolivariana” ha bajado al sepulcro. La lucha de clases se convirtió en boomerang. El resentimiento en su propia pala. La división en su hoz y la traición en su bala.

El desplazamiento, el odio y miseria, es el martillo [y el grillete] que el pueblo le coloca en sus tobillos. Porque si algo no olvidan los pueblos fue injusto dolor, de zamuro a miseria…

La moderación ya no se disfraza revolución. El pueblo está herido. Una herida mortal que en su momento—hay que reconocerlo—acabó con un país portátil, y ahora liquidara un país de maletín.

Una lección incómoda pero necesaria. Razones para creer

Ser optimista en Venezuela hoy no es un acto de ingenuidad. Es una lectura estructural. Porque el colapso fue tan profundo que ha creado las condiciones para un rebote en todo sentido: moral, económico, político, social y cultural-sic.

Las economías que pierden más del 70% de su producto interno bruto—como ocurrió en Venezuela—no suelen estancarse indefinidamente. La teoría del rebote y la dilución del poder, no son cuentos de coser y cantar. Binder nos recuerda que cuando la economía cae el poder ya no es monolítico, y sí rebota, tampoco garantiza permanencia.

El economista Joseph Schumpeter lo expresó con claridad en su teoría de la “destrucción creativa”: los sistemas al colapsar, eliminan estructuras ineficientes y abren espacio para nuevas formas de organización. En contextos normales ese proceso es gradual. En contextos extremos, es abrupto. Venezuela no está reconstruyéndose sobre ruinas parciales, sino sobre una tabula casi rasa en múltiples dimensiones. Y en esa condición reside, paradójicamente, una ventaja.

Sin embargo, en medio de esas cenizas subyace la esencia de una nación profundamente generosa. Esencia mestiza y multicultural, que nos une y nos motiva a un reencuentro tanto glorioso como merecido y milagroso.

El rebote milagroso. Recordar la imagen de mi propio yo

La cultura del progreso, de la movilidad y la ansiedad positiva de integración social sigue viva, aunque dispersa. Y es allí donde reside una de las mayores fortalezas del futuro venezolano. Más de ocho millones de venezolanos emigraron en la última década. Esa diáspora representa una reserva extraordinaria de capital humano.

Ingenieros, médicos, empresarios, técnicos. El día que una parte significativa de ese talento comience a regresar, no por nostalgia sino por oportunidad, se producirá un punto de inflexión. Como escribió Rómulo Gallegos: “La tierra llama.” Y esa llamada, tarde o temprano, encuentra respuesta. Entonces la reconstrucción no es sólo económica. Será sobre todo un reencuentro moral.

Venezuela necesita redescubrir su identidad: una sociedad abierta, integradora, alegre. Nunca fuimos esencialmente violentos ni estructuralmente divididos. Sufrimos de un odio y una fractura inducida. Y puede ser superada. No con el voto sino recuperando con nuestra actitud, cantándole a Caracas, a la gran Sabana, a nuestros valles y montañas, a la nueva vida.

Por su puesto que la democratización del país pasa por la legitimación profunda de nuevas autoridades. Pero antes de la papeleta la educación, las lecciones aprendidas, el regreso a casa, la recuperación identitaria y un nuevo sentimiento nacional: no solo ser ciudadanos sino conciudadanos.

San Juan de la Cruz dejó una de las imágenes más poderosas: “En una noche oscura…salí sin ser notada.” La noche no es el final. Es tránsito. Votar no es la luz. Antes, es salir de nuestra propia cueva y ser nosotros mismos. El tránsito de la anomia a la razón, es la recuperación del ser consciente porque piensa distinto. No es depender de otro taita. Es depender de mi propio yo.

Recuperar Venezuela implica también recuperar el orgullo de ser venezolano, como ser pensante y capaz. No como nostalgia, sino como proyecto. Un país que fue integró culturas, de creció educando, construyendo ciudadanos del mundo—desde una beca Gran Mariscal hasta tener una migración variopinta—puede hacerlo de nuevo. No desde la ingenuidad sino desde la experiencia. Es diluir el odio con amor y tolerancia. No habrá reconstrucción posible si no se disipan los resentimientos. ¿Cómo? Inclusión, inclusión y más inclusión. Actitudes superiores y señoriales de coma alta que son las madres de todas las virtudes.

El odio fue un recurso político muy poderoso. Un obstáculo tanto moral como económico devastador. La Venezuela que viene no puede construirse sobre la revancha, el insulto ni la ignominia. Debe construirse sobre la integración que es agregación social [Dixit Ruth Capriles], la pluralidad y el gentilicio.

Venezuela no necesita inventarse de nuevo. Necesita recordarse. Recordar que fue capaz de recibir al mundo. Que supo construir. Que alguna vez creyó—y vivió—el progreso en mi propia realidad, no en mi imaginación.

Optimismo como responsabilidad

Ser optimista hoy es reconocer que la maldad ha terminado. Que la Venezuela posible y buena ha encontrado apoyo ¡y reconocimiento! Que la sociedad—aun herida—conserva su capacidad de reconstrucción, pero también su voluntad de deslastrar la maldad. Que el venezolano que vivió en libertad ahora la valora y la cuidará, y que los hijos de la patria que no la han conocido, la anhelan, la quieren respirarla-pura y sanamente-en paz, cantando, sonriendo, caminando libremente de Gradillas a Sociedad.

Es la Venezuela que sale de la sombra en la palabra para convertirse en luz en el andar…Luz propia, luz perpetua, luz que no es de un mesías redentor, sino la luz de lo vivido y por vivir. Venezuela no está condenada. Está en tránsito.

Y soy optimista. No un optimismo que nace del deseo sino del diagnóstico. No un optimismo iluso sino sufrido. Una deuda intelectual: integrarnos más.

Lo que viene no será lineal. Habrá retrocesos, tensiones, errores. Pero el avance llegará, que es reencuentro, rectificación, reconciliación, nuevas actitudes, que son nuevas querencias y capacidades.

Venezuela sigue siendo un país con recursos, con talento y con memoria. Una combinación—rara y poderosa—de irreverencia, resistencia, rebeldía y nobleza que no es quimera, es verdad, es luz que no se anuncia, sino que insiste… ¡es recordarnos de Jesuitas a Maderero!

 

@ovierablanco

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