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El ruego del padre deportado de EEUU que el ICE no oyó

Walter Marcelino Chau en Perú, el 13 de abril. CESAR CAMPOS

 

Suena el teléfono, es papá, que se ha vuelto tan pequeño como la pantalla del celular, y que está lejos, en un sitio llamado Lima, en Perú. “¡Ashley, mi bebé!”, saluda el padre a la hija, con una voz que entra lejana al apartamento de Miami Gardens donde por años vivieron juntos. La niña está concentrada en la música que sale de su tablet, no le hace caso. “¡Ashley, mi chinita linda!”, le vuelve a decir el padre, pero la niña actúa como quien no lo oye, mientras se empieza a dar golpes en el cuerpo. “¡Chinita, no te des así!”, le ruega el padre, que parece, de momento, no solo haber perdido toda autoridad, sino pasar como un desconocido para la hija. La madre se echa a llorar. El padre también. Imaginan que Ashley, adaptada a que Walter Marcelino u la llevara a la escuela, o la abrazara antes de dormir, ahora no lo reconoce. Si le ponen un video de Walter lanzándole mimos, Ashley voltea el rostro. Si la llama para ver cómo amaneció, le da la espalda. “No sabemos ahora cómo procesa sus ideas”, dice el padre. En realidad, nadie asimila aún que haya sido deportado por el Gobierno de Estados Unidos, luego de implorar a las autoridades que, por favor, no permitieran que dejara a su familia sola.

Por: El País

María Choque, la madre de Ashley, de 56 años, tenía 39 cuando le confirmaron no solo que estaba embarazada, sino que la bebé nacería con síndrome de Down. Los doctores le recomendaron interrumpir el embarazo. María se resistió. “Si Dios me bendijo con un niño, a mi edad, yo iba a seguir con mi proceso”, dice. Pero los doctores insistían en que abortara, hasta que Walter los enfrentó. “Le dije a una doctora: mire, a usted esto no le importa, usted no la va a mantener, y si ese ser que viene en camino sale con cinco brazos y ocho cabezas, no es su problema, es mi hija”.

Ashley nació en 2008 con un diagnóstico de síndrome de Down y uno de autismo. “Han sido 17 años entregados a ella”, dice la madre. La niña no habla y también sufre de convulsiones, que han empeorado desde que el padre no está en casa. Es la señora María quien la levanta del suelo si se cae, quien la lleva al baño, la viste y la acompaña en el bus escolar a una escuela especial, labores que antes compartía con Walter. Una vez, hace ya tiempo, María entró a su cuarto y vio a Ashley abrazada con fuerza al padre encima de la cama. “Dije, señor, si algún día me tienes que llevar, llévame a mí, pero mantenlos a ellos juntos”.

Al quien se llevaron las autoridades migratorias fue al esposo, dejando en la casa un vacío sin fondo. Cuando Walter, de 60 años, llegaba después de su jornada como chofer de Uber o Lyft por las grandes avenidas de Miami, Ashley se adelantaba a lanzarse encima de él. Era, cuentan, puro besos, puro abrazos. La niña no podría traducir en palabras el hecho de que el padre no esté, pero María la ha encontrado sentada al pie de la escalera con la vista perdida, como si esperara eternamente por alguien. “Me mira como diciendo: ¿cuándo va a llegar mi papá?”. A veces María la consuela: “¿Sabes qué?”, le dice. “En algún momento papá va a regresar. Y ella se me queda mirando”.

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