Al hablar en música venezolana, lo primero en lo que se suele pensar es joropo, tonadas llaneras, cuatro, arpa y maracas. Sin embargo, la complejidad sonora del país es tan vasta como sus regiones. Desde la salsa brava y los tambores afrocaribeños, hasta lo más moderno, con la movida del rap que rima realidades en los barrios más candelas. Esa es la Venezuela que Orestes Gómez intentó capturar en su más reciente disco, No me fui porque quise.
En esa exploración sonora, en un encuentro entre el pasado y el presente, el percusionista realizó el 1° de mayo en el Caracas Music Hall, su primer show en la ciudad en tres años. La expectativa crecía mientras se llenaba el aforo del sitio, ubicado en el centro comercial Concresa, en el municipio Baruta del estado Miranda.
Su última gran presentación en Caracas había sido en el Cusica Fest 2023, donde destacó frente a miles de personas no solo en su show individual, sino apoyando también a varios de los artistas con los que ha colaborado a lo largo de su carrera. Luego de eso, se centró en la producción de No me fui porque quise, como un proceso de reconexión con su identidad y la música que lo ha definido desde su primer álbum Experiencia Curiara.

Para él, aquel show en Caracas era más que un concierto: era un retorno a sus raíces antes de emprender su gira internacional por siete ciudades, desde México hasta España y Estados Unidos. Era un encuentro que se sentía cercano, personal, justamente como una visita familiar antes de un largo viaje.
En lo oscuro
La sala del Caracas Music Hall era más o menos grande, con paredes de ladrillo y esa mezcla de hormigón, metal y tuberías descubiertas que le daban un aire industrial y underground, a pesar de estar en un centro comercial del este de la ciudad. Al entrar y sortear el pasillo de promotores y personal de seguridad, como quien se adentra a un submundo prohibido, la oscuridad del espacio daba una sensación de intimidad, casi de complicidad con todos los demás presentes.
A un lado, un grupo de mujeres vestidas del siglo XIX en un puesto que evocaba la afro venezolanidad le hacían trenzas a las chicas. Del otro lado, la barra despachaba cervezas y en el rincón VIP los very important people bebían y comían tequeños sentados en unas sillas tubulares negras que se fundían con la penumbra.
En el centro de la sala, una plataforma cuadrada rompía el vacío coronada por una batería. Detrás, en el escenario, todos los instrumentos de percusión posibles: bongos, timbales, djembe, congas. Todos los juguetes para un show donde el protagonista precisamente es el tambor.
Aunque el cartel decía que comenzaría a las 8:00 pm, no fue sino hasta las 10:00 pm que realmente comenzó la acción. Primero, como abridor, vestido con una chaqueta gruesa y sombrero llanero blancos, Waep presentó una propuesta ecléctica que mezclaba el joropo y el bolero con el Hip Hop, directo desde San Francisco de Yare. Fueron los ganadores de un reto que hizo Orestes en sus redes sociales para promocionar a talentos emergentes.

Poco después, Mari la Carajita se encargó de calentar a una sala ya llena y expectante, con una naturalidad digna de un evento principal. Frente a un público que coreaba su nombre, cantó temas como “Malandra” o “Marik ya”. También estrenó por primera vez un tema llamado “Pide la bendición”, con un ritmo de salsa que espera próximamente liberar en plataformas digitales. Siguiendo el espíritu de la noche, tomó el cuatro para cantar, al más puro estilo de un Simón Díaz moderno, “Tonada del callejero”. Cerró con “Cuchi”, la canción que le abrió las puertas de la fama gracias a los memes de Internet.
Vibrando alto
Pasadas las 11:00 pm, Orestes apareció en el escenario. Los cantos de un coro etéreo y la voz de Felix Bemba en “Olas marinas” apuntaba al comienzo de una travesía sonora llena de capas. No dijo nada. Con un par de saltos se dirigió a la batería, tomó sus baquetas e hizo explotar el lugar con golpes frenéticos y rápidos. Hizo un despliegue de energía al ritmo del jazz más libre, en una secuencia que parecía sacada de una escena de la película Whiplash. La multitud que lo rodeaba a centímetros de su batería, estaba eufórica, como a punto de adentrarse en una epifanía.

«Al final yo toco es batería, ‘tas claro. Yo no canto, no rapeo, pero poder conectar mi música con ustedes es muy especial”, atajó a decir luego de su performance. Honestamente no necesitaba interactuar mucho con la gente para tener su atención. Por el contrario, mientras más absorto estaba en su batería, concentrado en cada golpe, más se animaban a su alrededor. Partículas de polvo flotaban en el aire, alumbradas por el reflector sobre Orestes. A la velocidad de sus manos, por un instante parecían suspendidas en un tiempo congelado donde él era el único en movimiento.
Así siguió su marcha, repasando otros temas del nuevo disco, como “Achantao a 80 BPM”, “Estrellas” e “Invierno”. Muchas de sus canciones eran simplemente instrumentales. En otras, de las cornetas sonaba remotamente las voces de colaboradores como Irepelusa, Çantamarta o Sabino. También se permitía improvisar sobre canciones previas, como el aura Lo-fi de “Tukuntak”.
Voces de la tierra
El show no era solamente de Orestes Gómez. Cada uno de los músicos que compartía con él es escenario de atrás tomaba su propio protagonismo a momentos. Esto quedó patente con los invitados especiales, a quienes el propio artista rindió tributo cediendo los reflectores.
Uno de ellos, y quizás uno de los momentos más icónicos del show, fue la presentación de “el rey del joropo tuyero”, Mario Díaz, de 78 años de edad. Tocando las maracas, y acompañado por el arpa, resumió en minutos sus 63 años de carrera, además de cantar el tema “El carrito”, que comparte con Orestes de su álbum Experiencia Curiara. Con cada una de sus coplas, la gente genuinamente emocionada sonaba las palmas al compás de la música, con un ritmo que ya llevaban en lo más profundo de sus genes. Era un instinto natural que los hacía aplaudir, gritar, e incluso una chica sacudió su falda zapateando como en fiesta patronal. Sentado de frente, Orestes solo escuchaba, aplaudiendo como uno más del público. “Para mí es el honor más grande tocar junto a una leyenda viviente”, dijo.

Posteriormente, le dio espacio al conjunto Ensamble B11, un coro de música folklórica que cantó a capella temas como “Aguafresca” y “La Rana”. La suma de sus voces tenía esa capacidad al cerrar los ojos de transportar a los campos de Barlovento, perdido entre sus misteriosos túneles vegetales; o en un río cristalino escuchando la faena de las mujeres de piel cimarrón y vestidos de cayenas. Eran la voz de Venezuela.
Son del barrio
De la solemnidad del folklore, Orestes saltó al escenario principal para tomar las congas y empezar un set de salsa cabilla. Bajo una luz roja, que bien podría ser la de una tasca del centro de la ciudad, arrancó suave con “Amor de toninas”, algo romanticón y nostálgico, en las voces de Irepelusa (con Motherflowers) y Akapellah. Luego invitó a tres parejas a subir para lanzarse unos pasos de baile bajo las icónicas notas de “La noche más linda del mundo”. De alguna forma, el show le hacía justicia a ese himno.

Cerrando la ronda de salsa, Orestes hizo a los jóvenes con sus outfits más alternativos bailar pegados escuchando a Neutro Shorty en “El Incomprendido”, con un color de voz que fácil se habría podido confundir con Héctor Lavoe. El público se dejaba llevar, saltando de un género a otro con disposición y mente abierta, viajando por las diferentes latitudes del país.
Esto era ideal, pues faltaba sumergirse más en las catacumbas musicales de la ciudad que le dio a la música electrónica las guerras de minitecas, Arca y el Raptor House. Volviendo a la plataforma de su batería, tomó la caja de ritmos para lanzar un set de Afrohouse que puso a todos a mover la cabeza. Golpeando con agresividad los tambores, despachó en seguidilla temas pasando de lo electrónico al trap-fusión de “Semerenda Cachetá”, de su disco Caracas Dealers (2020) con Akapellah y McKlopedia; el rap de MicroTDH en “Como convencerme”.
Con “Pagadeira”, reventó un phonk brasileño con notas de malandreo caraqueño y dancehall. Con Mari la carajita, soltó un Hip Hop pesado, en el que la cantante explotó las diferentes tonalidades de su voz, acompañada por los tambores de toda la banda. Iluminado con los teléfonos del público, como bañado en una constelación de estrellas en la oscuridad de la sala, Orestes pedía a todos aprovechar el boca a boca para llevar el mensaje de su gira a esos amigos o familiares que todo venezolano tiene en la diáspora.
Sabor venezolano
Entre las sombras del escenario tras Orestes, como una aparición sobrenatural, apareció la bailarina y percusionista Eileyn “la Negra” Ugueto, uno de los mayores referentes contemporáneos de la música afrovenezolana. Con su afro adornado con una flor roja, cargaba sobre su hombro una mina, un pesado tambor hecho del tronco de árbol. Sin inmutarse por su peso, avanzó a la plataforma de Orestes, tomando las riendas para animar al público haciéndoles repetir versos como “Quiero cantar/ quiero cantarle a mi negra/ pa’ que no se acabe nunca lo que yo siento por ella”.

Aprovechó la ocasión para decir que su hija, parada justo a su lado estaba cumpliendo 18 años, así que bajo el coro de la gente, le dedicó su canto: “El día que tú naciste, caney, nacieron tres cosas bellas nació el sol, nace la luna, y nacieron las estrellas”. Tocando la mina y la curbata, trajo el calor de las fiestas de San Juan a aquel local de Prados del Este, incluso con una rueda en la que los jóvenes bailaban tambor impulsados por esa fuerza que los conectaba con sus raíces.
Ya para terminar, Orestes sacó su última carta. Parada a su lado, la rapera Nina Fre$h sintetizó el espíritu de la noche, donde la modernidad y la tradición convergen en una mezcla activa de géneros, con la velocidad y violencia de las rimas del tema “MATA’”, con esos coros que se sentían como los de Ugueto, pero en un son de tambor más cercano al caos de la ciudad.

Con esa despedida, los reflectores se apagaron y Orestes desapareció en la oscuridad para seguir la fiesta en la madrugada, ahora en el oeste de Caracas, con su After Party en El Marchante. Mientras la gente, una reflexión quedaba al aire. En tiempos donde se discute en redes sociales sobre conceptos importados como la apropiación cultural o la gentrificación de artistas que están llevando al mainstream estilos y códigos que antes eran despreciados como “tierrúos”, ¿realmente importa la forma en que se reinventa la cultura?
Por una noche, cientos de jóvenes apreciaron su identidad sin discursos chauvinistas ni nacionalismos forzados. Orgánicamente, sintieron esa herencia mestiza que les permitió disfrutar de la diversidad sin etiquetas ni guerras culturales. Orestes Gómez les permitió explorar su gentilicio con todos sus colores.
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