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La lectura más allá del final: spoiler, literatura y permanencia

El trasfondo filosófico del spoiler no comienza con la traición de quien torticeramente nos revela los detalles de un final, sino con una pregunta más antigua y, acaso, más incómoda: ¿por qué releemos? Si la literatura fuese solamente acopio de información, si su existencia dependiera de un indicador unívoco que pudiera reducirse al desenlace, entonces volver a leer una novela ya conocida sería una ordinariez intelectual, un garabato de lápiz que subraya palabras redundantes y ociosas. Pero la intuición cotidiana, creo, asegura que ocurre lo contrario, es decir, que releemos porque el conocimiento literario no se agota en el momento oportuno de saber qué sucede, sino en cómo sucede. ¿Y no ocurre que, de pronto, hay un aroma del sueño de las páginas que son el talismán donde late el corazón arbóreo, ramificado hasta ser liana del insomnio?   

La cultura contemporánea, fuertemente marcada por el desarrollo tecnológico y por gigantescas plataformas de consumo narrativo, ha convertido el spoiler en un pequeño anatema moral. Se protege el final de las historias como si allí mismo residiera la fuerza vital del universo, como si el destino del personaje fuera la fuente última del sentido de la obra. Esta generalización, no obstante, se contrapone a la autonomía que requiere la experiencia literaria. La literatura, tal como yo la concibo, no puede entenderse de modo análogo a una cadena de acontecimientos que se suceden hasta un cierre inmutable. Sobre todo porque, en cada caso, la historia narrada se identifica con una multiplicidad que desborda el formalismo (a veces absurdo) del aparataje teórico que dice cómo enfrentarnos a los textos. 

Pues bien, releer es precisamente no quedar petrificados en una sola interpretación, de tal modo que la relectura se puede asociar a un acto de independencia frente a la coacción vigente del consumo frenético. Releer es negarse a capitalizar el hecho literario, y aún más: es el militante estoicismo que rechaza la realización del trámite burocrático para pasar a la siguiente casilla del sistema administrativo (escuelas, universidades, seminarios). Así pues, el spoiler revela una verdadera ontología porque no destruye la obra si se asume, en rigor, que la verdad de la misma nunca estuvo únicamente en los momentos finales. La existencia del texto, por tanto, no depende de la sorpresa ni de circunvalaciones explicativas, sino de mantener prolongada la atónita experiencia de saberse envuelto en una realidad (aunque ficticia) que solo acaba cuando nosotros lo decidimos. 

Saber que Anna Karenina morirá o que Ulises regresará a su patria no clausura ninguna esencialidad literaria, pues apenas desplaza el punto de partida hacia otro lugar más fértil. Ese espacio es la forma en que se habitan los trayectos seductores que se emprenden desde las grandes fantasías adolescentes y que, en la adultez, siguen confiando un brillo de cordura en las miradas. Aquí el problema deja de ser narrativo y se vuelve filosófico. Quizá convenga visitar a Nietzsche, acuñador de la sensacional idea de Eterno Retorno. Pero en ningún caso hablo de doctrinas cosmológicas y supercherías de mercado, me refiero a una ética de la repetición, un vivir de tal modo que uno pueda desear infinitamente el regreso fiel a cada instante memorable. Releer participa de esa lógica. En el mismo libro el valor está tanto en el hecho de llegar como en el de volver: es ese un vaivén consciente que hace del proceso lector una reconstrucción de antiguas dudas y certezas. Desordenar las nubes de la infancia y poner todo en jaque es el desafío de la lectura atenta.  

Esto es especialmente comprobable en poesía. Un poema extenso nunca termina de leerse porque su significado no permanece fijo. Se diría que va cambiando en función de quien lo mira y del tiempo desde el que se lo mira. Un ejemplo paradigmático es Piedra de sol, del nobel mexicano Octavio Paz, por ser quizá uno de los textos, en lo que aquí exponemos, más luminosos y complejamente sencillos. Ese poema extenso, giratorio, oblicuo, representado en público tantas veces y siempre con distinto cariz y estrella y pavimento, ese gran poema de nuestras letras hispánicas funciona como órbita más que como línea recta. Se abre como una atractiva llamarada del hechizo que obliga a regresar. Cada asociación establece renovadas sinfonías, edades, pérdidas, amores, imágenes. 

Las ciencias del espíritu han insistido desde hace siglos en que comprender no garantiza la posesión de una verdad definitiva, categórica, lapidaria, sino que hace posible sostener una especie de compromiso con el arte de la interpretación. La relectura pertenece a esa tradición hermenéutica. Fuera del solipsismo, cuando el yo conecta con lo plural, el texto deja de ser un objeto estereotipado y se transforma en un mapamundi de la conciencia. No hay, sin embargo, fisicalismo ni fiscalización posible ni tampoco esquemas y análisis suficientes que agoten el imperio experiencial de lo subjetivo. La individuación del lector transforma la obra, y esta es condición necesaria para la actualización literaria, es decir, para la tan ansiada originalidad tematológica. 

En consecuencia, el spoiler resulta menos grave de lo que en nuestra atolondrada época realmente supone. Y su amenaza solo existe para una concepción maniquea y empobrecida de la ficción, aquella que estima que la literatura ha de consistir en preservación intacta de un supuesto asombro final. Yo me decanto por defender que la verdad literaria no depende, en su subsistencia, de ese último secreto revelador (ya convertido, por cierto, en tópico, dadas las nuevas morfologías genéricas). La verdad literaria depende, más bien, de una productiva reiteración, de posiciones que acatan que el sentido brota en el devenir y no en el desenlace. 

Releer, entonces, es una forma de emancipación. Se parece menos, insisto, en volver atrás que a avanzar de otro modo. En contraposición a la velocidad que impone la constante novedad, releer defiende la aclimatación de un tiempo que se pone en marcha circularmente, similar a la respiración o al ciclo de estaciones. Y donde el mercado pide consumo, el lector crítico aún sigue, por vigesimoséptima vez, desentrañando los sonetos de Gabriel Bocángel. Esa permanencia silenciosa de los clásicos, como el rastro de tiza entre los dedos, es el continuo camino de la comprensión. 

Así se entiende por qué una misma plaza, vista desde otro invierno, desemboca en otra vida. La luz de hoy es la misma de hace millones de años, pero no. ¿Hay en el paisaje un spoiler perpetuo? La similitud es una trampa hermosa. Y el lector crítico sabe que ese mismo sol de ahora tocó ayer muchas otras frentes, otros animales, otros nombres no escuchados todavía por ninguna lengua. Y, sin embargo, aquí estamos, creyendo inaugurar el día blanco de nuestra biografía

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