A Gustavo Petro se le acaba el tiempo. El próximo 7 de agosto dejará de ser presidente de Colombia. En cuatro años, muchas de sus promesas se han quedado por el camino. A veces por errores suyos, otras por la resistencia y los miedos de un país en el que no había gobernado la izquierda en décadas. Ahora, el desgaste del poder ha caído a plomo sobre él. A veces se le ve irritado y de mal humor, pero esta mañana un Petro sonriente y en impecable traje azul entra acompañado de su comitiva presidencial por la puerta del Pabellón 8 de la Fira de Barcelona. Petro participa en la IV Reunión en Defensa de la Democracia junto a los presidentes de España, Brasil y México, un combo progresista con el que se siente a gusto. En la entrevista con EL PAÍS, el presidente colombiano, que el domingo cumplirá 66 años, defiende el multilateralismo y la lucha contra el cambio climático, al tiempo que no puede dejar de lanzar dardos sobre el sistema electoral, abriendo incluso la duda sobre si reconocerá los resultados de las elecciones si considera que hay irregularidades. Sus esperanzas se centran en que su candidato, Iván Cepeda, por ahora el favorito en las encuestas, sea el siguiente en ocupar su despacho. Reconoce que no conseguirlo sería un fracaso personal.


