
Hace años me encontré a un señor, simpático y sabio, que de pronto me preguntó: ¿Por qué existían los países? Me quedé perplejo ante la pregunta y empecé a explicarle que los procesos históricos, políticos, sociales y culturales, habían terminado por desarrollar el concepto de un país.
Se me quedó mirando con algo de compasión, él era, después supe, un gran historiador, y me dijo: todo eso es verdad pero también mentira. El
origen de los países es el amor, me señaló. Y quedé más perplejo todavía. ¿Cómo así? Le volví a preguntar.
Me dijo algo que no puedo olvidar. El amor del corazón es más grande que el amor a la familia. La abarca pero necesita más. El amor a la humanidad es demasiado abstracto para el corazón humano. Por eso existen los países, afirmó, más grande que la familia y más pequeño que toda la humanidad…
La persona que me decía esto era un académico de extensa y rigurosa obra… Me puse a meditar sus palabras, y aunque no haya ningún fundamento de la razón, terminé por dársela.
Me pregunto: ¿Será por eso que amo tanto a Venezuela? ¿Será por eso que me regocijo en su magnífica geografía, que me duelen como espinas clavadas las oportunidades perdidas, que me siento uno con los sufrientes, que desprecio tanto a los aprovechadores?
¿Será por eso que la lucha por el bien de mi familia, no es suficiente para seguir luchando por todos los que puedo; que Margarita, Mérida, Barinas, Bolívar, Monagas, Anzoátegui, Táchira, entre otras regiones: el Zulia o Carabobo, son parte entrañable de mi vida, o que Maracay, donde me crié, o el Guárico, Sucre o Trujillo, de donde vienen mis mayores, que me llenan de orgullo y también de fuerza para que alcancen el bienestar que se merecen?
¿Será por eso? No lo sé. Pero si sé que el amor a mi familia es total. Y que el amor a mi país también.
Pero el amor de donde emanan todo los amores, es el amor a Dios. Por eso es que el Padre de las Luces, ilumina el amor a mi Patria.
La noticia no descansa y nosotros tampoco
