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La crisis política y económica venezolana actual configura un caso inédito en la literatura de las transiciones. Un presidente extraído por la fuerza el 3 de enero por actores militaresextranjeros, seguido de la imposición de figuras del mismo régimen que intentan maquillar una continuidad autoritaria como si fuera una transformación democrática, sin hoja de ruta ni ruptura real visible. Al mismo tiempo, la oposición democrática encarna de manera bastante nítida el sentimiento mayoritario del país, pero permanece excluida del núcleo donde se toman las decisiones estratégicas del poder, reducido a una mesa cerrada entre élites civiles y militares del viejo orden. Esa combinación -ruptura forzada sin cambio de proyecto, continuidad de élites sin legitimidad y una mayoría democrática relegada a la periferia institucional- coloca a Venezuela fuera de los modelos clásicos de transición pactada o colapso de régimen, y abre un escenario híbrido, frágil y profundamente incierto
¿Qué duda cabe? La crisis venezolana tiene múltiples formas de expresarse y manifestarse. Obviamente, que la llamada “cuestión económica” es determinante y la gran crisis política que la secunda, es determinante. Inflación, devaluación, servicios públicos precarizados, DDHH vulnerados, censura mediática, ausencia de un estado pleno de deeccho, son todos, parte del mismo diagnóstico. La fractura en lo estructura económica es relevante, pero de todos los factores que allí confluyen destaca una gran crisis de credibilidad y legitimidad en los factores del poder-gobierno. La erosión del ecosistema informativo y la decreciente confianza en las instituciones, la preponderancia de las redes sociales y la participación de los denominados influencers, configuran un cuadro crítico, inestable, ambiguo, confuso y de una imprecisa conclusión.
La indignante pobreza del discurso público, una condición que imponen estos genios de la comunicación digital, caracteriza por igual la precarización política y la existencia de un relato difícil de sostener de cara la coyuntura del país-despojo en que nos han convertido. La pobreza de su discurso, no es más que el reflejo de misma pobreza de ideas que siempre les acompañó, y que, a base de emociones mal administradas, alcanzaron una incierta relevancia, mucho más emparentada y condicionada con la direccionalidad de los algoritmos del odio, que de aquella razón que pueda suministrarles su fe política. Más que ideología, los influencers exhiben con muy poco pudor, una singular religión mística, un acto fallido que se agota más por falta de carburante cognitivo, que por elaboración intelectual.
La inminente “crisis de los influencers”, ese padecimiento de opinión pública que nos aqueja, nace de un ecosistema digital sin reglas. Un universo paralelo donde figuras sin responsabilidades claras ocupan espacios de liderazgo político y emocional. En Venezuela, personajes como Michelo, Mario Silva o Indira Urbaneja encarnan esa deriva. No son funcionarios, pero actúan como brazo comunicacional del poder, mezclando propaganda, show y pseudoanálisis. Profundizan la perturbación de una oposición ya de por si muy fragmentada.
No es un problema local.
Al mismo tiempo, en la esfera internacional, una influencer que construyó su identidad como ferviente defensora de Donald Trump y hoy es una de sus principales detractoras, nos muestra el otro lado de la moneda. La lealtad no está anclada a principios, sino a conveniencia, visibilidad y mercado. Ashley St. Clair es una influencer de MAGA radical, ahora convertida en la nueva ex-influencer de MAGA radical. Conocida también por haber tenido un hijo con Elon Musk en 2023, es estudiante universitaria y tiene 27 años. Durante los últimos meses, St. Clair ha estado publicando en TikTok sobre su escape o exilio de los fanáticos de MAGA. Lo resume así: “Fui una influencer de MAGA bastante ridícula durante 8 años antes de encontrar mi cabeza”. Ahora está lista para ” hablar sobre mi experiencia dentro de esta maquinaria de MAGA ” y ” contar lo que pasa dentro de un sistema al que nadie más tiene acceso “.
En ambos casos, la audiencia queda atrapada entre fanatismo y decepción, y lo que se erosiona no es solo la credibilidad de esas figuras, sino la confianza en la conversación pública misma. Esa factura pendiente es, en el fondo, la verdadera dimensión de la crisis que se avecina. Las redes sociales convirtieron a los influencers en un híbrido inestable. No son periodistas, no son líderes políticos, no son simple entretenimiento, pero operan en los tres planos al mismo tiempo. Su “autoridad” no viene de la verificación, sino del algoritmo, el escándalo y la emocionalidad.
Esa combinación genera una bomba de tiempo. Audiencias profundamente fidelizadas, pero con referentes que cambian de postura según el viento, el pago o la conveniencia. En ese vacío de normas, el influencer político no sabe si es activista, analista, propagandista, comentarista o simple showman. Y cuando la realidad choca con el relato, lo que se rompe no es el influencer: Es la confianza del público en el discurso público en general.
En Venezuela, esta crisis se ve con lupa. Influencers claramente alineados con el régimen, como Michelo, Mario Silva o Indira Urbaneja, -más un largo etcétera- han acumulado visibilidad y una suerte de “prestigio” mediático al presentarse como voces autorizadas, populares y cercanas al poder. No son funcionarios formales, pero funcionan como un apéndice comunicacional del régimen. Legitiman narrativas, atacan adversarios, marcan agenda. El problema es que, en un país con una oposición fragmentada y una sociedad exhausta, estas figuras terminan desplazando a los actores políticos tradicionales y ocupando un lugar ambiguo. A ratos hacen propaganda, a ratos se disfrazan de analistas, a ratos se venden como “voz del pueblo”.
Esa mezcla agrava la perturbación de la oposición y profundiza la confusión de roles. ¿Quién discute el rumbo del país, los partidos o los influencers? ¿Quién interpela al poder y quién simplemente lo maquilla? Cuando el influencer oficialista se convierte en estrella, la política se convierte en espectáculo, y el ciudadano en audiencia cautiva de una narrativa cada vez más desvinculada de los hechos y del debate serio. En el plano internacional ocurre un fenómeno complementario; los influencers que construyen toda su identidad alrededor de una figura política -por ejemplo, esa creadora que fue fervorosamente pro-Trump durante la campaña- y que luego, ante cambios de contexto, de cálculo personal o de expectativas defraudadas, se transforman en sus principales detractores.
Ese giro, presentado como “despertar moral” o “rompimiento valiente”, suele estar atravesado por las mismas lógicas que originaron el apoyo inicial. Visibilidad, monetización, posicionamiento en un nuevo nicho. El problema no es que alguien cambie de opinión -lo sano en democracia es poder hacerlo-, sino que la relación con la audiencia se construyó como dogma: “yo tengo la verdad, tú confías”. Cuando el dogma cambia de bando con la misma vehemencia, lo que se derrumba es la noción misma de coherencia.
Ustedes han calibrado el patético drama de Mario Silva pidiendo cacao, cuando su tónica habitual era la de un guapo de barrio, perdona vidas. La incoherente chapuza argumental de Michelo hablando de inmolarse por NM, de traiciones y perdones, y no se olviden de puntualizar la copiosa lluvia de lágrimas vertidas en streaming por la señora Urbaneja, al descubrirse su rol de falso abogado y de precario aporte académico para su rol de agente de influencia política. El resultado es una audiencia desorientada, que pasa de la devoción al resentimiento, y un clima público donde todo es reversible. Todo es negociable y nada parece asentarse sobre principios reconocibles.
Hay que decirlo sin matices: que un influencer sea opositor no lo vuelve automáticamente responsable, ni serio, ni útil para la calidad del debate público. Y ahí también hay un problema de fondo en Venezuela. Muchos creadores que se ubican “del lado correcto” -contra el régimen- reproducen las mismas lógicas que criticamos del aparato oficialista. La simplificación extrema, desinformación, teorías sin contraste, ataques personales, espectacularización del conflicto y una dependencia total del algoritmo y del escándalo. No hacen pedagogía política ni periodismo, hacen “contenido”. Algo que se parezca a la indignación del momento y que retenga a la audiencia, aunque sacrifique matices y rigor.
El resultado es doblemente tóxico. Por un lado, le regalan al poder un argumento perfecto para criminalizar y descalificar a todo el ecosistema opositor en redes, metiendo en el mismo saco a activistas serios, periodistas y tuiteros irresponsables. Por otro, dañan la causa que dicen defender: cuando prometen cosas que no ocurren, difunden bulos, fabrican expectativas irreales o convierten cada tropiezo en “traición”, terminan agotando a una audiencia ya cansada y reforzando el cinismo de fondo
En una sociedad sin medios fuertes ni instituciones confiables, esos influencers opositores inconsistentes llenan un vacío real; pero también profundizan la crisis de credibilidad y la sensación de que todo es propaganda, solo que con otra camiseta. Que estén contra la autocracia no basta: si replican sus métodos comunicacionales, terminan siendo parte del mismo problema estructural del ecosistema informativo venezolano.
Hacia la crisis de los influencers
Si sumamos ambos cuadros -los influencers del poder en Venezuela, que sustituyen la política por propaganda glamurizada, y la influencer internacional que pasa de adoradora a enemiga de Trump- emerge el mismo patrón. Figuras que ocupan un espacio de liderazgo sin asumir los costos ni las responsabilidades del liderazgo.
De allí la “crisis de los influencers”, puesto que la fidelidad se construye sobre emociones, no sobre criterios. El relato se adapta al interés del emisor, no a los hechos. La audiencia queda atrapada entre el fanatismo y la decepción, sin herramientas para distinguir convicción de oportunismo. Cuando este modelo termine de agotarse —y todo indica que se está acelerando— la factura no la pagarán solo los influencers. La pagará la confianza en la conversación pública digital. Y ese es el verdadero riesgo político de esta crisis. No es solo la caída de unas cuantas figuras, sino el descrédito de cualquier voz que intente influir con honestidad en un entorno acostumbrado al espectáculo.
Una crisis de influencers de esa magnitud, en un ecosistema ya polarizado y desinformado como el venezolano, terminaría de erosionar los pocos anclajes de confianza que quedan en el espacio informativo.
En la credibilidad pública. La confianza ya venía dañada por la propaganda estatal, la polarización y las fake news; si los influencers políticos se desploman como referentes, el mensaje para la audiencia es brutal: “nadie es creíble”. Eso empuja a la gente a dos extremos: Al cinismo absoluto (“todo es mentira”) o refugio en burbujas afectivas, donde se cree solo lo que confirma la identidad del grupo, no lo que está mejor verificado.
Se afecta el espacio público. Cuando el protagonismo pasa de partidos, gremios y medios a influencers sin reglas, el espacio público se convierte en una arena de espectáculo, no de deliberación. En Venezuela ya se ve cómo mítines, debates y hasta instituciones (como la Asamblea) se abren a creadores de contenido que priorizan performance sobre sustancia; si esa capa colapsa, lo que queda es ruido sin referentes mínimos de conversación compartida.
Y por supuesto que hay un notable impacto sobre el futuro de medios y periodismo. Paradójicamente, una crisis de influencers puede ser una ventana de oportunidad para el periodismo profesional… pero solo si este se adapta con rapidez. Los medios tradicionales en Venezuela ya están diezmados por censura, cierres y asfixia económica, pero siguen teniendo algo que el ecosistema digital no puede improvisar: metodologías de verificación, criterios editoriales y responsabilidad jurídica. En un entorno saturado de contenidos volátiles, los medios que logren combinar rigor con formatos digitales ágiles (streamings, coberturas en vivo, boletines, fact-checking en tiempo real pueden reposicionarse como “la segunda lectura”. Ese lugar al que se acude cuando el ruido de los influencers ya no basta.
Si no lo hacen, el vacío lo llenará algo peor: no un nuevo periodismo, sino redes dominadas por propaganda, IA generativa sin control y operadores anónimos, donde la conversación pública venezolana termine completamente desanclada de la realidad. Esa crisis de los influencers es, en buena medida, la cara comunicacional de la crisis general del sistema venezolano en una transición truncada, una autocracia electoralizada y un espacio público devastado.
La percibo como la expresión de una transición que no cuaja. Diversos análisis describen a Venezuela como una “transición democrática que no fue” o una “autocracia electoral en crisis”. Se hacen –o se harán- elecciones, pero sin garantías, con represión, control de instituciones y derechos políticos mutilados. En ese contexto, la irrupción y posterior crisis de los influencers no es un accidente. Es el síntoma de una sociedad que busca nuevas voces porque las institucionales están capturadas, pero las encuentra en un mercado comunicacional sin reglas, muchas veces cooptado o manipulado.
El chavismo ha ido desmontando, durante más de dos décadas, el espacio público democrático. El cierre y compra de medios, Ley Resorte, bloqueos de portales, persecución a periodistas y ahora intentos de regular redes mediante leyes como la de “antifascismo”. Lo que queda es una autocracia que se presenta como democracia electoral, donde el debate abierto se sustituye por propaganda oficial, desinformación y manipulación digital a gran escala, incluida la operación de ejércitos de cuentas y narrativas coordinadas. ## Sociedad plural sin medios ni foro
Al mismo tiempo, hay una sociedad plural, con resistencias, movimientos sociales y una oposición diversa, pero sin medios plurales ni un espacio público robusto donde expresarse. Esa combinación -pluralidad social sin canales, autoritarismo que se pinta de democrático, transición que se promete y no llega- es el caldo de cultivo perfecto para que los influencers llenen el vacío, y para que su posterior crisis actúe como un espejo de la descomposición general.
En otras palabras: la crisis de los influencers no está al margen del proceso venezolano. Es la forma en que esa crisis política, institucional y cultural se manifiesta hoy en el terreno donde todavía queda algo de aire, el ecosistema informativo digital.
Alfredo Alvarez/ CNP 5289.

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