Escribo esto como católico que se niega a confundir fidelidad con silencio…
El presidente Trump enuncia la versión política contundente. El problema moral más profundo es aún más grave.
Un Papa debe predicar la paz. Esa es su función. Ningún cristiano serio le pide al Vicario de Cristo que bautice la guerra. Pero una voz moral pierde autoridad cuando su indignación se vuelve selectiva.
Lo que perturba a muchos de nosotros sobre el Papa León XIV no es que hable de paz, sino que tan a menudo hable con estruendo cuando el objetivo es Trump, el poder estadounidense o la aplicación de las leyes fronterizas, y con un lenguaje mucho más suave cuando los perpetradores son tiranías, perseguidores y regímenes autoritarios.
¿Dónde estaba esa misma severidad cuando Irán apuntó sus armas contra su propia gente en enero y llenó sus prisiones con los cuerpos rotos de los manifestantes? ¿Dónde estaba cuando jóvenes acusados de esas protestas fueron enviados al patíbulo? ¿Dónde está esa misma claridad moral inconfundible cuando los cristianos son masacrados en África, cuando los presos políticos en Venezuela son torturados, cuando la Iglesia en Nicaragua es estrangulada, o cuando Cuba continúa castigando la disidencia e encarcelando la conciencia?
Y si habla con tanta urgencia sobre la dignidad de los migrantes —un principio que ningún cristiano disputa—, ¿por qué su voz pública ha parecido tan poco animada por los años de desorden que convirtieron la crisis fronteriza en una grave cuestión de ley, soberanía y confianza pública?
Sí, el Papa ha pronunciado palabras de preocupación en algunos de estos casos. Pero la preocupación no es suficiente. La oración no es suficiente. La vaguedad diplomática no es suficiente. Un pontífice que puede invocar la ley, la moral y el lenguaje civilizatorio al reprender a Washington debería ser capaz de convocar la misma precisión al enfrentar a Teherán, Caracas, La Habana o Managua.
La Cátedra de Pedro no puede convertirse en un atril de indignación asimétrica. No puede sonar feroz ante las democracias y evasivo ante los déspotas. No puede reservar sus reprensiones públicas más agudas para aquellos que defienden fronteras, confrontan regímenes depredadores o resisten la agresión geopolítica, mientras ofrece fórmulas más suaves a aquellos que encarcelan opositores, persiguen al clero, aterrorizan a los creyentes y convierten la represión en arte de Estado.
Un papado que habla con el filo de un fiscal al confrontar un campo político y con la vacilación de un capellán al enfrentar el despotismo abierto no parece universal. Parece políticamente legible. Y eso es una grave lesión a la credibilidad de la Iglesia.
Esto no es una queja partidista. Es una cuestión de coherencia moral. La autoridad del papado no descansa en sonar agradable a las páginas editoriales, los salones diplomáticos o la izquierda secular. Descansa en hablar la verdad sin miedo y sin preferencia: contra la bomba, sí, pero también contra la cámara de torturas, el juicio espectáculo, la celda de prisión, la iglesia incendiada, la ejecución pública y el cristiano asesinado.
Si el Papa León desea ser escuchado como un pastor universal, que condene la tiranía con la misma fuerza con la que condena la guerra. Que denuncie al perseguidor con tanta claridad como reprende al soldado. Que defienda al encarcelado, al torturado y al masacrado con la misma visibilidad que da a sus críticas a Trump.
De lo contrario, la pregunta no desaparecerá: ¿estamos escuchando la voz de Pedro, o a un Vaticano cada vez más fluido en el vocabulario moral de una facción política?
La Iglesia no necesita un partidista. Necesita un pastor cuya conciencia sea tan universal como la verdad que dice servir.
