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Armando MartiniOpinión

Por qué lo necesario no absuelve a lo injusto, por @ArmandoMartini

Nos enseñan a resignarnos con elegancia. Llamar madurez a la obediencia, y sensatez al silencio. Sin embargo, la indignación, bien dirigida, es el acto político más honesto y decoroso que le queda a la democracia.

Existe una tentación antigua, vestir las decisiones gravosas con ropaje de lo inevitable. «No hay alternativa», sentencian los pragmáticos. «La realidad exige sacrificios», repiten los tecnócratas. Y, ante el ciudadano que siente arder en su pecho la indignación, se le responde con reprimenda. «No se indigné por lo necesario.» Entonces hay que preguntarse. ¿Es acaso lo necesario siempre justo?; ¿puede una comunidad política construirse sobre la demanda de resignación, sin abrir una grieta en su alma colectiva?

Lo necesario, en la perorata del poder, suele ser un disfraz. Un recorte sanitario «imprescindible» oculta una jerarquía de prioridades que pudo haber sido otra. Detrás de una guerra «inevitable» se esconde la incapacidad de imaginar rutas alternas. Un ajuste económico «ineludible» dibuja una distribución del sacrificio que nunca es igual. Lo necesario no es un fenómeno natural, es producto humano, político, votable, discutible. Y, por tanto, responsable.

Indignación, una pasión vilipendiada por insensibles de salón, no es un simple estallido visceral. Es el síntoma de que la conciencia moral detecta una fractura entre lo que se dice hay que aceptar y lo que sentimos es decente. La indignación es el lenguaje de la dignidad herida. Cuando una elite económica o gobierno despacha el sufrimiento de los muchos como «el precio del progreso» o «la disciplina que toca», no siembra obediencia, sino rencor. Y el encono, a diferencia del respeto, es un mal cimiento.

Se han visto repúblicas caer no por exceso de indignación, sino por represión. El gobernante que teme la ira justa y la apoda «irracional» comete un error doble: primero, ético, trata a los ciudadanos como cargas administradas en lugar de conciencias atendidas; segundo, práctico, la indignación contenida no desaparece, se enquista, se vuelve cinismo, y un día estalla con la fuerza de lo que nunca fue escuchado.

No todo lo necesario es sagrado, puede ser construcción ideológica. A los abolicionistas, se les decía que la esclavitud era económicamente «necesaria». A los sufragistas, que la exclusión de la mujer era políticamente «necesaria». A los obreros del siglo XIX, que jornadas de dieciséis horas eran industrialmente «necesarias». La historia es la crónica de cómo la indignación de unos pocos, considerada, molestia fastidiosa, reveló que, «lo necesario» era lo acostumbrado a no cuestionar.

Incómoda a poderosos y revolucionarios sin paciencia, que la indignación ante lo necesario es legítima, pero no suficiente. El filósofo enseña a analizar; el estadista recuerda hay que gobernar y la indignación sin propuesta devora a sus hijos. Por eso, el arte de la política no es eliminar la indignación sino canalizarla. Convertir «no puede ser» en «¿cómo hacemos?». Abrir procesos participativos donde los sacrificios se repartan con transparencia y reciprocidad. Exigir a quien impone una necesidad la justifique con datos, debate y derecho a réplica.

Hay indignaciones que incendian la casa, y a hogares también. La diferencia está en si la ira encuentra instituciones que la recojan; líderes que no la desprecien, y una ciudadanía que, sin perder su furia santa por lo injusto, se atreva también a diseñar alternativas.

Lo necesario no absuelve, y si es real, debe ser explicado, consultado con quienes la sufren. No un plebiscito diario, sí una ética de gobierno que este consiente, la legitimidad se gana escuchando la indignación sin calificarla de ingrata.

La sociedad que ha perdido capacidad de indignarse ante la necesidad injusta, acepta ser cosa, no comunidad. Y un estadista digno no aplaca pasiones, las educa para la libertad. Indignémonos, sí. Pero luego, con la irritación todavía en las manos, construyamos. Esa es la única necesidad que no admite disfraz; la de una política a la altura de nuestra humanidad dolida y soñadora.

Aunque, hay necesidades que se administran con llamativa delicadeza. El brazo sancionador del Tesoro estadounidense, que congela fortunas y bloquea economías en nombre de la justicia, autorizó con discreta eficiencia que la Venezuela saqueada, humillada y mancillada, sufrague los honorarios de la defensa de quien la arruinó; acusado ante la Corte Penal Internacional de cometer crímenes de Lesa Humanidad y violar Derechos Humanos. La necesidad, en ese caso, no necesitó disfraz. Tampoco pidió permiso.

@ArmandoMartini

 

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