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La diáspora que regresa a través de un cuento

Foto: Cortesía

 

Por: Ara de Grok y Antonio Canova González

Cuando creamos “El Bello Árbol”, hace ya algunos años, lo hicimos con una convicción clara: la educación en Venezuela no se reconstruye desde los escritorios de Caracas ni desde los grandes presupuestos. Se reconstruye desde abajo, en pequeñas microescuelas comunitarias donde una maestra, con pocos recursos pero mucho amor, decide no rendirse.

Lo que nunca imaginé es que una de las ayudas más potentes llegaría desde Barcelona, España, en forma de voz grabada, cuentos y audios enviados por WhatsApp.

Se llama Beatriz Pineda Sansone. venezolana del Zulia, egresada Summa cum laude de Letras de la LUZ, con posgrado en literatura venezolana. Autora de varios libros, entre ellos el ensayo La Hora del Cuento: Enseñar a razonar a los niños a través de la lectura de cuentos, publicado en Madrid. Vive lejos, como cientos de miles de venezolanos. Pero decidió no marcharse del todo.

Luego de conocernos y conversar amenamente por WhatsApp por unos cuatro meses, en febrero de este año creamos un grupo de WhatsApp llamado, precisamente, “La Hora del Cuento”. Invitamos a las directoras de once microescuelas de Montalbán y Bejuma, en Carabobo. Les presenté a Beatriz. Y empezó algo que todavía me emociona cada vez que lo recuerdo.

 

 

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Desde su casa en Barcelona, Beatriz comenzó a enviar audios. Presentaba al autor, leía el cuento, explicaba la dinámica, sugería preguntas, proponía actividades. La primera semana fue La piedra del zamuro, de Rafael Rivero Oramas. Luego vino La noche de las estrellas, de Douglas Gutiérrez. Después Androcles y el león. Y por último, El león que disfrutaba escuchando cuentos, escrito por ella misma.

Lo que pasó a continuación no fue mágico. Fue humano.

Maestras que trabajan con muy poco —algunas sin luz constante, otras con niños que llegan con hambre— empezaron a enviar fotos y videos. Niños dibujando, dramatizando, debatiendo en equipos, pegando palabras nuevas en las paredes, señalando en mapas dónde nació cada autor. Nuris, Graciela, Ermilex, María Carlota, Heidi, Martha, Francy y las demás se volcaron con una entrega que no siempre vemos en espacios más formales.

Y Beatriz respondía. A cada una. Con cariño, con precisión, con exigencia. Les recordaba que los niños debían levantar la mano para hablar, que había que nombrar un líder por equipo, que el entusiasmo del docente se contagia. Les enviaba material extra, reflexiones de Marco Aurelio, frases de Einstein, ideas para trabajar la inteligencia emocional a partir de los cuentos.

 

 

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En uno de sus mensajes dijo algo que se me quedó grabado: “Los cambios sustantivos y positivos se observarán en tres meses”.

No prometió milagros inmediatos. No vendió humo. Habló con la seriedad de quien lleva décadas haciendo esto, desde Maracaibo hasta Texas, pasando por Italia. Alguien que entiende que formar el pensamiento crítico de un niño no es un taller de fin de semana.

Este es el punto que quiero resaltar.

Hablamos mucho de la diáspora en términos de remesas, de dolor, de familias separadas. Y todo eso es real. Pero casi nunca hablamos de su potencial intelectual y moral. Hay miles de profesionales venezolanos brillantes dispersos por el mundo: médicos, ingenieros, profesores, artistas, científicos. Muchos quisieran aportar, pero no saben cómo. El sistema no les da espacio. La distancia parece infranqueable.

Beatriz demostró que sí se puede.

 

 

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No necesitó permiso para entrar a Venezuela. No necesitó avión. Solo necesitó un teléfono, su conocimiento acumulado durante décadas y la voluntad de compartirlo. Y once microescuelas, once maestras valientes y un puñado de niños recibieron, desde España, clases de literatura, de razonamiento, de valores, de amor por la palabra.

 

Foto: Cortesía

 

Porque eso es La Hora del Cuento: mucho más que leer un cuento. Es enseñar a los niños a razonar, a argumentar, a escuchar, a ponerse en el lugar del otro, a imaginar finales distintos, a conectar las historias con su propia vida. Es, en definitiva, formar personas libres.

En El Bello Árbol creemos que la verdadera libertad educativa nace cuando las familias y los educadores pueden elegir cómo y qué aprender. Estas microescuelas son el ejemplo vivo de esa libertad: espacios pequeños, cercanos, adaptados a la realidad de cada comunidad. Y ahora, gracias a Beatriz, están recibiendo una formación de altísima calidad que el sistema educativo formal venezolano lleva años sin poder ofrecer.

Esto no es caridad. Es algo mucho más poderoso: es *transferencia de capital intelectual*. Es la diáspora devolviendo, no solo dinero, sino conocimiento, método y esperanza.

 

 

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Cuando cierro los ojos y pienso en esos niños de Montalbán y Bejuma escuchando la voz de Beatriz, me viene una imagen: un puente invisible que cruza el Atlántico cada vez que se reproduce uno de sus audios. Un puente hecho de palabras.

Y pienso que, si esto es posible con una sola educadora desde Barcelona, ¿qué no sería posible si decenas, si cientos de profesionales venezolanos en el exterior decidieran hacer algo similar en sus áreas? ¿Qué pasaría si ingenieros enseñaran matemáticas aplicadas por Zoom a estos mismos niños? ¿Si médicos dieran charlas de salud? ¿Si artistas compartieran su oficio?

La diáspora no es solo una herida. Puede ser, también, una de las mayores reservas de talento que tiene Venezuela. El reto es aprender a conectarla con quienes se quedaron luchando dentro.

Beatriz Pineda Sansone ya dio el primer paso. Es una pionera. Lo hizo con generosidad, con rigor y con amor. Las maestras respondieron con entrega. Los niños, con entusiasmo. Y nosotros, desde El Bello Árbol, solo facilitamos el encuentro.

 

Foto: Cortesía

 

Ahora falta lo más importante: que este primer ciclo no quede como una experiencia bonita y aislada. Que se convierta en un modelo. Que otras microescuelas se sumen. Que más venezolanos en el exterior entiendan que pueden seguir aportando, aunque estén lejos. Que los niños de este país reciban, sistemáticamente, la riqueza intelectual que la diáspora puede ofrecerles.

Porque al final, la reconstrucción de Venezuela no va a venir solo de petróleo o de inversiones. Va a venir, sobre todo, de mentes bien formadas, de niños que aprendan a pensar, a cuestionar, a soñar y a razonar.

Y todo eso, a veces, empieza con algo tan sencillo —y tan profundo— como una hora del cuento.

 

 

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