El hambre feroz fue lo que hizo que Jonathan David Muir llegara a un pacto con otro de los presos al interior de la cárcel cubana donde está detenido: a cambio de dos paquetes de refresco Zuko le ofrecía sus chancletas, blancas y negras, talla 42, a la medida de un adolescente de 16 años. No le estaba retribuyendo con poco, sino con las únicas chancletas que tenía. Su padre, el pastor Elier Muir, pudo adquirirlas con esfuerzo, con el escaso presupuesto casi siempre destinado a la comida o los medicamentos: “No tiene zapatos; gracias a Dios que esas chancletas le han durado bastante”, dice él. Semanas antes, Jonathan se las había puesto para tomar las calles del municipio de Morón junto a una turba de vecinos molestos, tras más de dos días de apagón eléctrico. Cuando lo detuvieron, la instructora penal se fijó en su calzado y le preguntó: “¿Tú participaste en la manifestación con esas chancletas?”.
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