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Poesía en movimiento o el eco del pasado

¿Qué es la memoria poética? No creo que sea un recuerdo sesudo ni la mera historiografía a secas de lo que acontece. Es un relámpago que pone el tiempo en suspensión. En su balanza nuestras torpezas se diluyen en favor del triunfo del instante. Algo de una importancia mayor de lo que se presupone. Cuando los zodiacos concuerdan, quedamos anclados a ese destello excesivo de alegría. No es tan solo una manera de verbalizar lo vivido, es el eco de lejanas melodías donde late el pentagrama de la sangre. Al quedar enfrascados en su luz, es como si el ayer perdiese el sesgo de todo prejuicio para volverse manzana encendida en nuestras manos.

Puede que resulte tópico y redundante, aunque necesario por razones de rigor filológico, abordar la memoria poética como si se tratara de un campo perfectamente delimitable (con distintas variables, coordenadas de funciones y una mínima trabazón metodológica). Sin embargo, toda tentativa de análisis que ahora pudiera presuponerse queda, desde ya, alejada de mi propósito, que no es otro que asumir la inestabilidad de aquello que, por definición, se resiste a una fijación categorial estricta. Así, la memoria, en su función poética, representa un mosaico donde cada inscripción es, simultáneamente, indicio de otra inscripción anterior. Esta dinámica de regresiones nos lleva a creer que el recuerdo es, a su vez, el eco difuminado de una palabra, de un gesto, de una pujante subjetividad donde se extiende el imperio del yo.

No es casual que Ricoeur haya insistido con tanta vehemencia en el carácter narrativo de la memoria, porque más que hechos, nos dedicamos sin tregua a contar historias, crónicas que de alguna forma se organizan y brotan siempre fuera de cálculo. En este sentido, se diría que la memoria poética archiva y reconfigura el pasado como quien colecciona monedas extranjeras en cajones saturados de postales y sellos, intuyendo que su valor es incierto pero persistente en el recorrido vital de la experiencia. Existe en todo un remanente, una zona de lo no contabilizado que opera como la estructura latente del sujeto que se sabe acechado por azarosas conexiones temporales. Y, en cualquier caso, si hay alguna verdad es la verdad de lo que queda, ese vestigio que no responde a una función netamente instrumental, sino a una lógica de la significación diferida que se adentra en el ideal de la desmesura.

Me parece que Derrida acierta al plantear la cuestión memorística en términos de viaje y huella, asumiendo que toda presencia está habitada por una ausencia, como si el tiempo aplicara, de manera hipnótica, un protocolo del borrado que nunca es del todo completo. Pero desde otra perspectiva, aunque no divergente, creo que se puede situar la memoria en el flujo de la duración, donde pasado y presente son estratos en correlación sucesiva que funcionan como nebulosa embrionaria, como una agenda donde las identidades van escribiéndose en distintos días y años y espacios, surgiendo así un palimpsesto donde cada capa no elimina lo escrito, sino que lo sostiene como partícula de otras materias que reaparecen sin un origen definido con nitidez.

La magia de la poética de la memoria, o de la memoria poetizada, es que el recorrido donde el yo se afirma cuando vuelve la mirada hacia atrás produce un movimiento que fragmenta la existencia en ráfagas, y no en sentido lineal ni fosilizado, sino expandido, atomizado, totalizador. Por eso ficcionar la propia biografía es el trampantojo que tienta a todo espíritu atravesado por el idealismo. Cada recuerdo es, así, despiece de otros recuerdos, instancias sin asignación estable que eclosionan sobre la superficie de la conciencia como datos incompletos. El poeta entonces recompone desde cero una especie de puzle, su castillo de naipes sobre el frágil andamio del poema. Precisamente Freud, que debido a la precariedad del laboratorio montó una consulta donde arraigó la fuerza del psicoanálisis, concibió el aparato psíquico como sistema de reescrituras, como una apnea de profundidad, de subconsciente, de naufragio hasta llegar a la idea de que la subjetividad propaga siempre una provisional certeza (o ilusión) acerca de quiénes somos y cuál es nuestra misión en el mundo.

Es así que, insistentemente, se me representa la memoria poética como un juego de llaves sin correspondencia, un conato perpetuo de conectar lo disperso en el cauce lógico de la coherencia lineal. Pero a veces es mejor no aspirar a la plenitud del sentido y dar a la inventiva el extraño privilegio de acumular fósiles hasta descubrir la morfología completa de un determinado suceso. Creo firmemente que ese descubrimiento estético en el poema es puramente individual. Porque cuando se intenta trazar la frontera conceptual entre lo que designamos estrictamente como “historia” y la esfera íntima de la “memoria”, se hace patente que esta última obedece, sobre todo, a las modulaciones y derivas personales del yo poético, quedando, así, desmarcado de las urgencias pragmáticas de cada época.

Por consiguiente, la identidad del yo poético, fuera del alcance transubjetivo, asume un peso medular, y se niega a ser subsumido dócilmente bajo las taxonomías del constructo comunitario. El acto de rememorar es irreductiblemente singular. Y aun cuando el propio discurrir de la lírica fragua una genuina memoria poética donde irradia un eco del pasado hacia el horizonte plural y variado de los receptores, el torrente estético del poema no invalida un axioma evidente, a saber: que la instancia creadora es siempre un yo soberano (descrito en la tautología a = A). No obstante, este carácter intransferible de la evocación dista mucho de ser una forma de enclaustramiento. Se trata, más bien, de un proceso de maduración endógena que materializa en la expansión simbólica de la recepción literaria.

Y, mientras tanto, nos sigue amaneciendo sin necesidad de registro, y sigue girando el mundo mientras en él giran vinilos en salones de hotel que hacen girar los cuerpos en la cama como peonzas en una avenida con farolas y mar al fondo. Y en esta entrópica simultaneidad, la memoria ilumina una sospecha, que la palabra que adorna lo que somos persiste sedimentando las horas que no pueden ser reducidas a una función cuantificable. Debemos comenzar por el deslinde, ya que a partir del arte de recordar mal, de la medida sin objeto, de la tensión entre pérdida y significación aparece una sugerente forma de gnosis. Y lo insólito del poema es que su memoria recupera, sin querer, algo que estaba dentro de uno mismo. 

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