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Armando MartiniOpinión

Negociaciones con quienes tienen el aguijón en el alma, por @ArmandoMartini

Hay fábulas incómodas, y una trágica por su desnudez. La del escorpión y la rana, que algunos narran como alacrán y sapo. Lectura obligada donde se discuta el destino de los pueblos. La premisa es simple. El alacrán le pide al sapo que lo cruce a la otra orilla del río. El sapo, temeroso pero seducido por la elocuencia del psicópata, accede bajo la lógica, “si me picas, ambos nos hundimos”. A mitad de camino, siente el pinchazo mortal. Mientras se ahogan, el anfibio pregunta por qué, y el asesino responde con cinismo, “es mi naturaleza”.

En Venezuela, la tragicomedia lleva décadas. El guion original fue importado desde La Habana, porque, si de alacranes se trata, el castrismo es el espécimen supremo. Arruinada por la opresión comunista, Cuba le pidió a la próspera Venezuela que la cruzara el río de la posguerra fría. En cuanto la garrapata ideológica estuvo a bordo, clavó el aguijón. Hoy, ambos regímenes se hunden en el mismo fango de miseria y desespero.

A pesar de la evidencia forense, la estulticia insiste. La oposición bifronte y los empresarios de doble lealtad poseen un talento inigualable para repetir errores. Hoy, otra vez, a punto de traicionar la libertad y democracia, exploran garantías de papel mojado, propiciando acuerdos alevosos que aseguran, “Esta vez sí cumplirán”. El alacrán se sabe alacrán y muere picando.

El capital creyó que nada pasaría. “No nos expropiará; si lo hace, arruina la producción y se queda sin votos”. El chavismo, sonriente, aseguró respeto. Luego nacionalizó, confiscó, expropió y envió a sus dueños al exilio o a la quiebra. Sin embargo, acicalados y emperifollados asisten a “reuniones”, convencidos de que les devolverán empresas inexistentes, mutiladas, o en manos de testaferros. Son colaboradores útiles para la cena del alacrán.

La fábula venezolana tiene, además, una variante dolorosa. “Levantemos parcialmente las sanciones, a ver si así se portan bien”. Y en cuanto el régimen recibe un respiro, viola Derechos Humanos y comete crímenes de Lesa Humanidad. La última ocurrencia fue ofrecer elecciones a cambio de fondos congelados. ¿Qué ocurrió? Se apropiaron del dinero, encarcelaron a incautos, convocaron sufragios, perdieron y se los robaron. ¿Sorpresa? Ninguna. Es su naturaleza.

El alacrán hizo lo único que sabe hacer. Pero necios de pedigrí y analistas de corto vuelo lloran desconcertados: “¡Nos engañaron!”. No señor. A usted no lo engañaron. El alacrán no engaña; pica. El verdadero engaño es la torpeza de creer que un depredador se vuelve vegetariano por firmar un memorándum de entendimiento.

La política internacional alcanza ribetes shakesperianos, repleta de cándidos que creen anular la esencia del mal con razonamientos y concesiones. Ofrecieron sanciones levantadas y puentes de plata. ¿Qué hizo el régimen? Afianzó su dictadura. Nada de extrañar, es una corporación delincuente cuya razón de ser es perpetuarse, aunque el precio sea la desintegración del país. Pensaron que la Unión Soviética no invadiría Afganistán; que el nazismo respetaría el Pacto de Múnich; que Rusia, tras anexionarse Crimea, se detendría ante Ucrania. La traición al pacto no es un accidente táctico en ciertos regímenes; es su atributo. Por eso, las negociaciones con quienes han hecho del ardid su código genético están condenadas al fracaso. El alacrán no busca la orilla; busca el ahogo compartido, la destrucción mutua.

A estas alturas del desastre, lo más bochornoso de esta fábula, son los domesticados, sedientos de migajas, que siguen ofreciendo su espalda. “Demos otra oportunidad”, invitando al verdugo a un nuevo festín con la excusa de la convivencia. Esta ceguera voluntaria nos arrastra hacia la profundidad.

La lección es brutal, pero imperativa. No más diálogos sin condiciones reales. Y aquí reside la enseñanza más amarga para la política contemporánea. El alacrán tampoco gana, también se ahoga. “Entonces, ¿qué queda? ¿La confrontación? ¿El aislamiento?” No. La fábula no exhorta al suicidio ni a la guerra; enseña que hay que dejar de ofrecer el lomo. La oposición digna, con principios, valores y la comunidad internacional tienen la obligación ética de no seguir legitimando un régimen cuyo hábitat natural es el fraude, la represión y la ruptura de todo pacto.

El sapo no cruzará el río cargando al alacrán. Atravesará cuando comprenda que el único camino es dejarlo en la orilla, sin coartada democrática que lo ampare. Y si eso significa que se asfixia en el veneno de su propia mentira, que así sea. No será culpa nuestra. Será, como dicta la inmutable biología política, su naturaleza.

@ArmandoMartini

 

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