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OpiniónRosa María López de Marín

Nadie sustituye al alma la rebelión de la madurez del docente y el rescate de la dignidad, por Rosa María Lopez de Marin


 

El arte, cuando es un espejo de la vida, suele recordarnos verdades incómodas a través de la gran pantalla. Hay una historia emblemática en el cine contemporáneo donde la mujer en la cúspide de su madurez profesional es amenazada con ser desechada por el sistema. El argumento soterrado es el de siempre: la edad, el desgaste, la prisa de un entorno voraz que pretende sustituir la experiencia acumulada por el brillo de lo nuevo. Sin embargo, en medio de esa tormenta surgen lecciones de lealtad en personas que, en lugar de ponerte el pie, te dan la mano en silencio, y se teje así una red de apoyo para buscar nuevas oportunidades.

La dignidad del ser es eso: crear redes de apoyo, darnos cuenta de que todos somos necesarios y que, cuando descubrimos el valor personal, somos capaces de verlo en el prójimo sin egoísmos. Así descubrimos que Dios nos dio talento a todos y que la verdadera evolución no se alcanza desde el canibalismo personal o profesional, ni desde la competencia salvaje, ni alcanzando el éxito por el camino más corto. Al respecto tenemos vasta experiencia, dolorosa experiencia.

Es una premisa tan simple como profunda: si tú me das la mano, ambos subimos; pero si elegimos pisarnos para intentar sobresalir, sin meritocracia, el peso del ego o de algo más terminará hundiéndonos a todos. Como, de hecho, nos está ocurriendo.

Esta necesidad de sostenernos cobra una urgencia dramática cuando miramos las heridas abiertas de nuestra realidad venezolana. No podemos ser indiferentes ante el dolor profundo de los hogares que se apagan; tragedias humanas de las madres de hijos secuestrados y presos políticos, entre otras. Ese sufrimiento que late en silencio en nuestra sociedad nos obliga a despertar. No es posible seguir educando en la superficie de un currículo desvinculado de esta realidad.

«Moral y Luces» son nuestras primeras necesidades. Pensarán qué es eso; a algunos les resonará, a otros les sorprenderá. Los invito a que investiguen qué es eso. No es posible continuar educando en la tríada niño-escuela-hogar solo en la superficie, repito, mientras el entramado social y el emocional de nuestra sociedad sangra.

Frente a este panorama, la madurez del docente no puede quedarse en la queja pasiva ni en el aislamiento. Lo veo a diario en la diáspora dolorosa de profesionales brillantes sirviendo en el extranjero. El trabajo honrado jamás descalifica; lo que descalifica y desgarra es la vulnerabilidad a la que son expuestos: acoso implacable, cosificación y maltrato de quienes confunden el servicio con el derecho de vulnerar la dignidad del otro. Esta dolorosa experiencia que vivimos dentro y fuera de nuestras fronteras nos tiene que abrir los ojos a todos de una vez por todas.

Es un llamado urgente a quienes hoy aspiran a cargos políticos y pretenden asumir el liderazgo del país: debemos tener un respeto sagrado por el sufrimiento de nuestra nación, que ha soportado durante 27 años un vulgar secuestro de la dignidad. Por eso, resulta alarmante ver que, ante la expectativa del cambio y el liderazgo de María Corina, muchos vuelvan a la vieja práctica de andar buscando cargos por mera ambición, sin entender que sin meritocracia no hay derecho a gobernar. No podemos permitirnos una nueva equivocación, ni que la ligereza o el oportunismo guíen el destino de nuestra amada Venezuela.

La historia nos mostró la cara más perversa y peligrosa de la demagogia irracional. No olvidemos que fue el voto de un pueblo encandilado el que condenó a Sócrates a beber la cicuta. Si no construimos desde la conciencia y el mérito, rescatando la dignidad, corremos el riesgo de repetir nuestra propia tragedia.

Pero, después de una noche oscura que parece no terminar, siempre viene un amanecer, y el dolor no tendrá la última palabra en el sentir de los venezolanos. Las heridas que sangran dejarán huellas, pero nuestro espíritu no se ha quebrado. Dios nos dotó de talentos incalculables y de una resiliencia medida científicamente, donde hemos aguantado «la pela» gracias, entre otras cualidades, al sentido del humor, desafiando cualquier lógica implacable.

No estamos nadando en un pozo sin fondo, estamos atravesando el desierto que precede a la Tierra Prometida. Sanar es el próximo paso: amor, conciencia del ser y solidaridad. Esperanza, porque la dignidad no se destruye; solo está podándose para florecer.

Este artículo, La rebelión de la dignidad, no se escribe desde un cómodo escritorio; se vive en el barro de la realidad. Este próximo sábado, contra viento y marea, contra todo pronóstico y por encima de mis propias batallas personales, daré inicio al segundo taller con 20 docentes en Antolín del Campo. ¡Allí estaremos! Aportando un granito de arena firme para el rescate de la educación en el estado Nueva Esparta y de toda Venezuela. Con mística y profesionalismo seguiremos pariendo futuro en esta Tierra de Gracia, abonando la semilla en esos niños que aprenderán a leer y escribir, y en esos pescadores que ansían avanzar en la vida hacia una Venezuela libre.

Estamos preparando la tierra y cuidando la raíz para que, cuando llegue el momento del nuevo liderazgo con María Corina, no encuentre solo desiertos, sino frutos ya sembrados listos para florecer. Porque, frente a un sistema que intentó despojarnos de todo, nuestra mayor urgencia es y será educar desde el alma. Nadie sustituye al alma. Y la nuestra sigue en pie.

Rosa Maria Lopez de Marin

Docente Especialista y Terapeuta Emocional.

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