Amanece en La Habana. Es Primero de Mayo, Día de los Trabajadores, y la gente comienza a congregarse desde temprano en cuatro puntos estratégicos de la ciudad para marchar con carteles y pancartas hasta los predios de la Tribuna Antimperialista, el escenario que Fidel Castro ordenó construir en el año 2000 para hablarle directamente a Estados Unidos o reclamar la devolución de Elián González, el niño de seis años que Cuba convirtió en un trofeo político frente a Washington. Parece todo tan lejano: Castro murió hace una década y Elián, de 32 años hoy, se graduó de ingeniero industrial y tuvo una hija. Hay ciertas cosas, sin embargo, que permanecen intactas: la eterna guerra fría con los estadounidenses y la advertencia a los cubanos de que, si se ausentan del desfile, podrían perder el poco salario del mes, incluso el puesto laboral, o ganarse que el jefe les mire con malos ojos.
