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Miguel Méndez FabbianiOpinión

Miguel Méndez Fabbiani: La “Trampa de Tucídides”

En los cenáculos de poder multinacional, pocas expresiones han sido tan explotadas mediáticamente por la diplomacia China contemporánea, como la mal llamada “Trampa de Tucídides”.

El seudo concepto teórico, popularizado por el politólogo Graham Allison, describe la tendencia histórica según la cual una potencia emergente y una potencia hegemónica terminan precipitándose hacia una guerra inevitable cuando el ascenso de la primera amenaza la primacía de la segunda.

No obstante, detrás de esa sospechosa construcción académica, presentada con ropaje analítico y gravedad escolástica, subyace hoy una operación de legitimación estratégica cuidadosamente instrumentalizada por la poderosa República Popular China.

En términos estrictamente pentagonales, la teoría funciona menos como real advertencia histórica que como un artefacto retórico arrojadizo de eficiente coerción psicológica.

Una sofistería destinada a normalizar la expansión militar china en Asia-Pacífico.

La noción hunde sus raíces en Tucídides, quien en su Historia de la Guerra del Peloponeso sostuvo que el ascenso de Atenas y el temor que ello infundió en Esparta hicieron inevitable la guerra.

Allison extrapoló aquella observación clásica al enfrentamiento civilizador contemporáneo entre China y Estados Unidos, especialmente en su obra Destined for War.

Sin embargo, la extrapolación adolece de una peligrosa simplificación estructural: éste presupone que las potencias militares actúan mecánicamente bajo compulsiones históricas inevitables, relegando a un segundo plano la naturaleza económica e ideológica de los regímenes, sus correspondientes doctrinas militares y sus ambiciones revisionistas.

Tal lectura argumentada recuerda aquella advertencia vigente del inmortal filósofo Carl von Clausewitz, según la cual, la guerra no es un accidente histórico, sino la continuación de la política por otros medios.

Y Pekín, precisamente, ha convertido esa continuidad en doctrina de Estado mediante una estrategia gradual de incrementada presión marítima, guerra híbrida y coerción económica.

Una diatriba catilinaria revestida de una desgastante prudencia confuciana.

Un estudio promovido desde el Centro Belfer de Universidad de Harvard, según el cual doce de dieciséis transiciones hegemónicas históricas culminaron en guerra, fue rápidamente elevado a dogma mediático por ingenuos comentaristas occidentales y por los eficientes aparatos propagandísticos chinos.

Pero el problema cardinal que nos ocupa reside en que dicha estadística, además de metodológicamente discutible, ignora los factores concretos que detonaron cada conflicto.

La Primera Guerra Mundial no estalló simplemente por la emergencia alemana frente al Reino Unido; fue el resultado de un complejo entramado de alianzas, nacionalismos epidémicos y gravísimos errores estratégicos.

La guerra ruso-japonesa tampoco respondió a un automatismo estructural, sino a una decisión ofensiva deliberada del belicoso Japón imperial.

La historia, como enseñaba Raymond Aron, jamás se repite de manera mecánica: los Estados interpretan, calculan y deciden. Toda tentativa de reducir la complejidad estratégica a un determinismo histórico constituye una falacia, a los más, una mera elucubración a lo menos.

Resulta particularmente revelador para los que gustamos del análisis prospectivo que el propio Xi Jinping invoque reiteradamente la “Trampa de Tucídides” en sus encuentros diplomáticos con Washington.

Durante su reciente cumbre con el Presidente Donald J Trump, Xi preguntó si ambas naciones podrían evitar caer en ella.

El gesto alisio, aparentemente conciliador, encierra en realidad una sutileza estratégica profundamente calculada: desplazar la responsabilidad del conflicto hacia una supuesta lógica sistémica inevitable, diluyendo así la responsabilidad concreta de las acciones chinas en el Mar de China Meridional, Taiwán y el Indo-Pacífico.

Pekín procura construir una narrativa según la cual su expansión naval, su militarización insular y su presión sobre Taiwán serían simples manifestaciones naturales del ascenso de una potencia histórica. No agresión deliberada, sino “ ineludible destino geopolítico”.

En la tradición de Sun Tzu, la victoria más eficaz consiste en condicionar psicológicamente al adversario antes del combate. (Vencer sin luchar)

Una retórica diplomática cuidadosamente dosificada.

Mientras tanto, la intelectualidad académica occidental continúa dividida. Figuras como Joseph S. Nye, Lawrence Freedman y Victor Davis Hanson han cuestionado severamente la validez heurística de la teoría.

Sus críticas convergen en un punto esencial: la relación sino-estadounidense no reproduce las dinámicas de la Grecia clásica porque el verdadero problema no es el ascenso irresistible de China, sino la posibilidad de que una China levemente desacelerada y militarmente vulnerable, actúe agresivamente antes de que su ventana estratégica se cierre.

Ésa es precisamente la tesis desarrollada por Hal Brands y Michael Beckley: las potencias revisionistas suelen volverse más peligrosas cuando autoperciben su decadencia relativa, no cuando gozan de plena confianza expansiva.

Una observación que remite directamente a nuestro nunca bien ponderado Nicolás Maquiavelo, para quien los Estados temerosos de perder poder se vuelven particularmente temerarios en los oficios de Marte.

Una apotegma del entramado de poder moderno.

La dirigencia político militar china comprende perfectamente esa vulnerabilidad. Su economía experimenta signos de ralentización estructural; su envejecimiento demográfico avanza; la fuga de capital humano se acelera; y la coalición regional de contención encabezada por Washington, limita progresivamente la libertad estratégica de Pekín.

En consecuencia, la apelación permanente a la “Trampa de Tucídides” cumple una doble función: por un lado, busca persuadir a Occidente de aceptar una esfera de influencia china en Asia como concesión inevitable; por otro, intenta presentar cualquier rápida respuesta militar estadounidense como una impresentable reacción histérica desproporcionada.

Se trata, en esencia, de una sofisticada campaña de condicionamiento narrativo. Una estratagema imperial articulada con notable disciplina doctrinal.

Volviendo al concepto, los críticos más severos incluso sostienen que Allison malinterpretó tanto la historia moderna como la antigua Grecia.

El historiador Arthur Waldron y otros clasicistas argumentan que la Guerra del Peloponeso no fue el resultado inevitable del ascenso ateniense, sino una concatenación de errores políticos y decisiones racionales mal calculadas.

La famosa expedición ateniense a Siracusa, descrita por Tucídides como un acto de arrogancia imperial, demuestra precisamente que los imperios suelen sucumbir más por sus excesos internos que por amenazas externas.

Allí resuena la vieja intuición de Oswald Spengler: las civilizaciones perecen primero espiritualmente antes de hacerlo militarmente.

Una ataraxia ilusoria precede siempre al titánico derrumbe estratégico.

En última instancia, la verdadera cuestión no consiste en si Estados Unidos y China caerán o no en una improbable trampa histórica belicista, sino en comprender cómo Pekín ha convertido esa metáfora teórica, en un instrumento operativo de sutil guerra cognitiva.

La dirigencia del Partido Comunista Chino intenta convencer al mundo de que su expansión militar es inexorable, natural e incluso legítima. Pero la historia estratégica demuestra lo contrario: ninguna hegemonía regional se consolida sin coerción, intimidación o fuerza.

Y ninguna democracia marítima ha sobrevivido renunciando voluntariamente al equilibrio de poder. Como advirtió Thomas Hobbes, el temor mutuo entre potencias no genera armonía, sino preparación para el conflicto.

En consecuencia, aceptar la narrativa de la “Trampa de Tucídides” equivaldría a concederle a Pekín la prerrogativa moral de rediseñar el orden internacional bajo el pretexto de una fatalidad histórica.

Una execración estratégica que el Presidente Donald J Trump rechazará con absoluta claridad doctrinal.

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