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Opinión

Mamá, hija, hermana: La transición del alma, por Julio Borges

 

Madrid estos días no es solo Madrid. Para los venezolanos del exilio se ha convertido en una extensión del país, en una plaza donde el dolor se reconoce sin vergüenza y la esperanza se pronuncia en voz alta. La visita de María Corina Machado —su gira completa, sus encuentros, sus gestos, su paso por espacios políticos e institucionales y su abrazo con la diáspora— es un temblor íntimo en millones de familias que llevan años viviendo el desarraigo.

Porque Venezuela no se rompió únicamente en lo político y en lo económico. Venezuela se rompió en el alma. Se rompió en la confianza, en la palabra, en la idea de futuro. Se rompió en la familia. Veinticinco años de dictadura no solo vaciaron hospitales y escuelas: vaciaron mesas. Dejaron una silla sobrante en cada comida. A un hijo en otro huso horario. A un abuelo esperando medicinas. A un preso político convertido en silencio. A un duelo sin abrazo. Pero también dejó a un pueblo que no se rinde.

Cuando un joven, una señora y un niño llora al verla, y mis hijos se emocionan al saludarla, es porque todos pensamos en la familia y los amigos que dejamos, en el abuelo que no despidieron, en todo lo vivido y también, en lo no vivido, pero sobretodo ven esperanza en el futuro, en vivir en el país que nos arrebataron a 8 millones de venezolanos obligados a huir y al que ellos sueñan regresar y reconstruir con todos los venezolanos.

Las dictaduras, cuando caen, casi nunca caen por una fórmula técnica. Caen cuando ocurre lo que parece imposible: cuando un pueblo se pone de pie y encuentra un liderazgo moral que no se vende, no se asusta y no se cansa.

Maria Corina es a ratos hermana, a ratos madre, a ratos hija de un país herido porque combina dos cosas raras en política: firmeza y cuidado. Firmeza para no arrodillarse. Cuidado para no convertir la lucha en odio. Esa mezcla toca especialmente a las mujeres venezolanas, las que sostuvieron hogares en dos países: trabajando doble, mandando remesas, criando los hijos que las acompañaron mientras su corazon sufría por los que se habían quedado. Ellas saben que un país no se reconstruye solo con petróleo: se reconstruye con vínculos, con dignidad y con verdad.

Madrid se volvió, esta semana, en una especie de capital emocional de Venezuela. Esta visita reordenó ese desorden: recordó que el exilio no es destino, que puede ser misión; que lo que hemos sufrido sirve para volver a levantar lo que destruyeron.

Es imposible entender este momento sin honrar al pueblo. Porque la gran gesta de Venezuela no solo la protagonizan líderes: la protagoniza la gente. Los que marcharon sin armas frente a balas. Los que documentaron el voto. Los que defendieron actas. Los periodistas que se enfrentaron a la censura. Los estudiantes que se negaron a callar. Los militares y políticos presos y exiliados por negarse a traicionar su conciencia. Veinticinco años de violaciones de derechos humanos no lograron quebrar la voluntad de ser libres.

Quiero nombrar especialmente a Edmundo González Urrutia: con su serenidad de padre y de abuelo, representa la Venezuela decente, tranquila, firme, que no busca revancha, sino República. Todos los venezolanos han tenido que sacrificar algo, Maria Corina y Edmundo encarnan con su testimonio ese sacrificio y algo que el mundo necesita comprender: la democracia no es un lujo, es una necesidad humana. Es la condición para vivir sin miedo.

Hoy es 19 de abril, fecha en la que el país conmemora el inicio de su libertad. Que sirva esta fecha para proclamar que Venezuela está resucitando desde su alma.

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