
A simple vista, la Luna parecía un lugar inmune a nosotros. Sin aire, sin agua, sin vida. Un mundo detenido, donde nada ocurre si no lo empuja un meteorito o el lento vaivén de la luz solar. Durante siglos fue el ejemplo perfecto de lo inalterable. Hasta que fuimos allí.
Por larazon.es
Entre 1969 y 1972, las misiones del Programa Apolo depositaron en la superficie lunar algo más que banderas y experimentos: dejaron instrumentos capaces de escuchar, durante años, los susurros térmicos del regolito. En las misiones Apolo 15 y Apolo 17, los astronautas enterraron sondas que medirían la temperatura del subsuelo con una precisión inédita. Eran termómetros en un desierto absoluto. Y lo que registraron no era exactamente lo que esperaban.
La temperatura bajo la superficie lunar (a unos pocos centímetros o decenas de centímetros de profundidad) comenzó a subir. No de forma brusca, ni espectacular, sino lenta, persistente. A lo largo de años, el suelo se fue calentando varios grados. Lo suficiente como para desconcertar a los científicos.
En un primer momento, la explicación parecía esquiva. La Luna no tiene atmósfera que atrape calor. No existen las cuatro estaciones como en la Tierra. No hay actividad geológica significativa que redistribuya energía. Todo allí es, en principio, estable. Solo una cosa había cambiado: los astronautas.
Caminaron, cavaron, instalaron equipos, se movieron una y otra vez sobre un terreno que llevaba miles de millones de años sin ser perturbado. Y al hacerlo, alteraron una de las propiedades más delicadas de la superficie lunar: su estructura.
El regolito, ese polvo fino y oscuro que cubre la Luna, actúa como un aislante extraordinario. Sus granos, sueltos y poco compactados, reflejan gran parte de la luz solar y dificultan que el calor penetre en profundidad. Es, en cierto modo, una manta térmica natural. Pero cuando los astronautas lo pisaron, lo removieron o lo compactaron, esa manta dejó de comportarse igual.
El suelo alterado se volvió ligeramente más oscuro y más denso. Absorbía más radiación solar y permitía que el calor se transmitiera con mayor facilidad hacia abajo. Como si alguien hubiera sacudido una alfombra milenaria, cambiando su forma de atrapar la luz. Y los sensores lo registraron.
A lo largo de los años, las mediciones mostraron ese calentamiento progresivo. No era un fenómeno global, ni mucho menos. Era local, limitado a las zonas donde se habían instalado los experimentos y donde los astronautas habían trabajado. Pero era real: habíamos dejado una huella térmica en otro mundo.
Décadas después, al revisar aquellos datos olvidados durante años en archivos, los científicos comprendieron que no estaban viendo una anomalía lunar, sino un efecto humano. De acuerdo con un estudio publicado en Journal of Geophysical Research, la Luna reflejó menos luz solar de vuelta al espacio, lo que elevó la temperatura de su superficie entre 1 y 2 grados Celsius.
“Durante la instalación de los instrumentos, es posible que se haya alterado el entorno térmico de la superficie donde se realizan las mediciones – señala Seiichi Nagihara, líder del estudio -. Este tipo de consideración se tiene muy en cuenta en el diseño de la próxima generación de instrumentos que algún día se desplegarán en la Luna”.
En pocas palabras, si la idea es crear una base permanente en nuestro satélite natural, habrá que contemplar este efecto, uno medible, real y capaz de producir efectos para los que todavía los astronautas (y las agencias espaciales en su conjunto) no están preparados.
Puede que este sea uno de los mayores desafíos para el futuro: los trajes están preparados, los hábitats están siendo evaluados en nuestro planeta y los dispositivos de supervivencia han demostrado su capacidad… lo que aún no sabemos es cuánto podemos cambiar la Luna y cómo ello afectará la permanencia humana allí. Será, sin duda, un efecto dominó.
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