
Desde hace tiempo se sostiene que la esencia del chavismo no es un misterio. Lo que señalábamos no era clarividencia, sino observación cruda: advertimos que este movimiento carecía de base intelectual; era un reciclaje del castro-comunismo, impulsado por el resentimiento, la ambición de poder y un profundo afán destructivo.
Hoy, ese diagnóstico se queda corto. Lo que enfrentamos no es una simple degeneración política, sino la naturaleza criminal del régimen en su estado más puro. Cada letra escrita sigue sangrando verdades: el chavismo no es una ideología. No ha parido una sola idea filosófica original; solo experimentos obsoletos. Su verdadera columna vertebral es la sumisión del individuo ante una estructura dictatorial y mafiosa.
Esta ausencia de principios morales convirtió al régimen en un organismo criminal milimétricamente diseñado. Sin proyecto de país, su “meta” real ha sido la mutación de Venezuela en un Estado fallido, sustentado en el saqueo, la represión y el terror. Como analiza el profesor Pedro Guillermo Itriago Camejo, doctor en Ciencias Políticas de la UCV, este proceso de desinstitucionalización es intencional. Según el pensamiento de Itriago, la destrucción institucional no es accidente, sino el método para que la ley deje de ser límite y pase a ser instrumento de sometimiento. Bajo esta lógica, asistimos a la consolidación de lo que puede definirse como la institucionalización del Estado-Mafia.
Capturado el Estado por esta dinámica criminal, la administración pública se transforma en gestión de intereses delictivos. En este ecosistema, la lealtad sustituye al derecho y el miedo desplaza a la justicia. La amoralidad y la traición no son defectos, sino requisitos para el ascenso. Así, figuras como Delcy Rodríguez no ocupan sus puestos por capacidad, sino por eficacia operativa dentro de un aparato que no gobierna, sino que devora; que no protege al ciudadano, sino que lo declara su enemigo.
Si el análisis parece abstracto, el caso de Víctor Hugo Quero Navas le pone rostro a la tragedia. Secuestrado por la DGCIM el 1 de enero de 2025 en Plaza Venezuela, Víctor murió bajo custodia estatal meses después, el 24 de julio.
El régimen no se detuvo en el asesinato: intentaron borrar su existencia enterrándolo en secreto, como un “NN”, en una fosa común. Mientras Víctor yacía bajo tierra, su madre, Carmen Teresa Navas, de 82 años, fue condenada a una agonía deliberada. Durante meses recorrió cárceles y morgues destrozada, mendigando una respuesta que los funcionarios, cínicamente, ya conocían. Imaginemos el cuadro: una anciana bajo el sol y la lluvia, cargando su desesperación mientras le cerraban las puertas. Le robaron el derecho al duelo y el consuelo de una oración frente a un féretro.
Esto no fue un “exceso operativo”; es la metodología del terror: usar la tortura psicológica contra la familia como arma de dominación.
En las entrañas del poder, las lealtades se desmoronan. Las negociaciones de alto nivel, donde se transan nombres y cuotas de poder, demuestran que el chavismo sobrevive a base de traiciones internas. Saben que el modelo es insostenible y, mientras buscan herederos, la traición es su única moneda de cambio; por eso sacrificaron a Maduro. Por eso intentan maquillarse con retóricas de “reforma”, pero no hay jabón capaz de lavar tanta suciedad. Las advertencias del pasado no eran exageradas; eran el diagnóstico exacto de una tragedia anunciada.
Afortunadamente, la oscuridad tiene fecha de vencimiento. La resiliencia venezolana es una fuerza que ninguna maquinaria criminal derrotará para siempre. La historia no se detendrá en el dolor de doña Carmen; se escribirá el día de la rendición de cuentas. Habrá justicia por decencia humana. El sacrificio de Víctor Quero será el cimiento de una nación donde ninguna madre vuelva a caminar sola buscando a un hijo desaparecido.
La luz ya viene, y la verdad será nuestro camino.
La noticia no descansa y nosotros tampoco
