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Opinión

José Vicente Carrasquero: Los Consulados de Venezuela no deberían ser escenarios de promoción del chavismo 

No se trata de actos culturales de Venezuela. No son actos inocentes de simpatizantes extranjeros. Y tampoco son postales exóticas de militancia importada.  

Cuando en Euskadi aparecen funcionarios venezolanos de la mano de Glenna Cabello, aún cónsul de Venezuela en Bilbao y hermana del señor Diosdado Cabello (sobre quien pesa una recompensa por su captura), el asunto deja de ser folclore ideológico y entra de lleno en el terreno de la provocación política a las comunidades de venezolanos de la diáspora. Más aún, cuando esas agendas se organizan con la cooperación de algunos refugiados vascos en Venezuela, entre ellos el señor Cubillas, acusado en el pasado de haber pertenecido a organización armada, residenciado en Venezuela desde de los 90, ex trabajador en la administración de Hugo Chávez, señalado además de haber sido un puente con la guerrilla colombiana, y que curiosamente volvió a residenciarse en el País Vasco de acuerdo a lo publicado por una investigación periodística.  

Ése es el punto central. No hablamos de una solidaridad abstracta con Venezuela. Hablamos de agendas anuales de “actos culturales de la resistencia” organizados por la Sra. Cabello, integrante del poder chavista, en una tierra que conoce demasiado bien el dolor que ha generado la violencia armada, y que además ha permitido que miles de emigrantes venezolanos se establezcan.  

Conviene decirlo sin rodeos: la presencia de Sra. Cabello en ese tipo de actos no es un dato decorativo. Es un símbolo claro de provocación a la comunidad de la diáspora venezolana. Representa la pretensión del chavismo de ocupar espacio público en democracia sin cargar con su expediente moral ni su legitimidad de origen. Pretende presentarse como una opción política más, como una sensibilidad entre otras, como una causa internacional razonable. Pero el chavismo no llega con las manos limpias. Llega precedido por la ruina de Venezuela, por la persecución de sus opositores, por la expulsión de millones de personas y por un historial particularmente indecente de indulgencia, cobijo o convivencia con militantes de organizaciones armadas en diferentes países.  

La Sra. Cabello, desde que ocupó el cargo en Bilbao ha organizado todos los años eventos de propaganda a la dictadura venezolana. La metodología es la misma, invitación de representantes del grupo en el poder en Venezuela, para que participen en “actos culturales de solidaridad” en diversas ciudades y pueblos del País Vasco. En esta ocasión, le ha tocado el turno a la vocera de la dictadura, la señora ALBANYS  MONTILLA, viceministra de las Comunas, tal y como pueden verlo por internet en páginas web www.resumenlatinoamericano.org y www.elkartasunkeinua.com  También han organizado eventos para presentar el libro “Venezuela, del Bloqueo al Asalto”, cuyo autor es un profesor de la universidad del País Vasco.   

La continua propaganda en las calles a favor de la dictadura venezolana, ha generado la reacción creciente de venezolanos, que por iniciativa propia retiran dicha propaganda. Pero eso ha tenido en algunos pueblos reacciones como colocación de amenazas con pancartas que rezan así: “Escuálido, vamos a por ti.” Y esta frase importa. “Escuálido” no es un insulto cualquiera. Es una palabra producto de la fábrica agresiva de Chávez; es un término usado durante años para degradar al disidente, marcarlo y justificar su hostigamiento. No hace falta probar más de lo que hoy puede probarse para entender lo esencial: el chavismo no sólo exporta propaganda; exporta también su lenguaje de señalamiento, odio y cultura de intimidación. Y cuando ese lenguaje aparece precisamente en el entorno de los actos organizados por la Sra. Cabello, la escena adquiere un significado político aún más provocador y desafiante. 

Nadie serio está obligado a afirmar, sin prueba suficiente, que detrás de cada amenaza haya un miembro, en este caso, de la izquierda vasca. Ésa sería una ligereza innecesaria. Pero tampoco hay obligación alguna de fingir ingenuidad política. El contexto importa y mucho. Importa que algunos antiguos refugiados vascos en Venezuela sigan participando en el engranaje bien aceitado de la maquinaria del chavismo, y más aún, del castrismo que también trabaja en mancomunidad en estas “agendas culturales”. Lo verdaderamente obsceno es el intento de normalizar todo esto. 

Presentarlo como convivencia plural. Como expresión legítima de diversidad ideológica. Como una más entre las muchas causas que se manifiestan en el espacio público vasco. No. Hay que resaltar que hay causas que llegan manchadas. Hay actores que no son neutrales. Y hay apellidos que, puestos en cierto contexto, dicen mucho más de lo que sus portadores quisieran admitir. Cabello, en Bilbao, no significa diplomacia, significa poder chavista, propaganda y promoción de odio. Y aquellos refugiados que vivieron en Venezuela y cooperan con la Sra. Cabello, significan la persistencia de una complicidad que jamás fue moralmente aclarada.  

Ni Bilbao, ni las ciudades vascas, deberían prestar su espacio cívico para ese blanqueo. No deberían convertirse en escenarios donde el chavismo posa como corriente respetable mientras sus víctimas son insultadas y amenazadas en la calle. No debería tolerarse que quienes huyeron de un régimen violador de DDHH se encuentren de nuevo, ya en Europa, con el mismo lenguaje de hostigamiento que los persiguió en Venezuela. Porque en ese punto ya no estamos ante un debate político. Estamos ante otra cosa: la importación de una cultura de amedrentamiento.  

Exhortamos a que el Gobierno español no siga aceptando que la hermana de Diosdado Cabello — uno de los rostros más siniestros del régimen— tenga visibilidad política e institucional en el Consulado de Bilbao, es decir, en el País Vasco, España.  

Es hora también, de que sea considerada en Venezuela la remoción del  Canciller venezolano, Yván Eduardo Gil Pinto, cuyo ministerio financia parte de esta línea de acción en el mundo, en  Europa, en el País Vasco y en España. 

Y ésa, precisamente ésa, es la línea que no debería cruzarse jamás. 

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