
En Specimen Days, obra publicada en 1882, el poeta estadounidense Walt Whitman reconstruyó el primer magnicidio en Estados Unidos. Whitman vivía en Washington D.C. durante la Guerra Civil y trabajaba como empleado público y voluntario en hospitales. Admiraba profundamente a Lincoln y también le dedicó poemas.
Por infobae.com
“El 14 de abril de 1865 parece un día agradable en todo el territorio (…) La larga tormenta, tan oscura, tan fratricida, tan llena de sangre (…) había terminado al fin con el amanecer de una victoria absolutamente nacional, y la caída total del secesionismo (…) El general Robert E. Lee había capitulado bajo el manzano de Appomattox (…) los primeros pastos, las primeras flores, habían nacido (…) El popular diario de Washington, el pequeño Evening Star, había esparcido en cien lugares de toda su tercera página: ‘El Presidente y su esposa asistirán al Teatro esta noche’ (…) Llegaron en buena hora, y presenciaron la obra desde los grandes palcos del segundo piso, engalanados con la bandera nacional (…) La pieza se llama Nuestro primo americano (…) En el intervalo sobrevino el asesinato de Abraham Lincoln, con la discreción y simpleza de cualquier ocurrencia ordinaria (la apertura de un capullo o una vaina en medio de la vegetación, por ejemplo). Llegó el sonido de un disparo que no todos los presentes escucharon (…) Una figura súbita, un hombre, se yergue con manos y pies, se detiene un momento en la barandilla, salta hacia abajo al escenario, cae descompuesto pues el espolón de su bota se ha atorado en el espeso cortinaje —la bandera americana—, se desploma sobre una rodilla, se recupera prestamente, se levanta (…) y así la figura, John Wilkes Booth, el asesino, vestido con paño liso y negro, descubierta la cabeza, la cabellera espesa, brillante, y sus ojos centelleantes de luz y osadía (…) sostiene elevado en una mano un gran cuchillo, se da vuelta hacia el público, y lanza las palabras Sic semper tyrannis, y desaparece».
Aquella noche de viernes del 14 de abril, hace 161 años, un actor de fama irregular, John Wilkes Booth, le quitó la vida al decimosexto presidente de los Estados Unidos: el hombre que había conducido a su país al final de la Guerra de Secesión —Norte contra Sur, 1861 a 1865—, el conflicto más sangriento de la historia estadounidense, con cientos de miles de muertos y un país entero marcado por cicatrices que tardarían generaciones en cerrar.
Días antes, el general Robert E. Lee había rendido su ejército ante su par, el general Ulysses S. Grant, en la pequeña localidad de Appomattox. El gesto selló el derrumbe militar de la Confederación y el triunfo de la Unión. Y se abrió así una nueva etapa: el inicio del proceso que llevaría a la libertad legal de millones de esclavos, consagrada meses después en la Decimotercera Enmienda a la Constitución.
Entonces, se resquebrajó la economía del Sur, sostenida durante décadas por los campos de algodón, llenos de espinas y manos negras esclavas que trabajaban de sol a sol. El sistema que había enriquecido a plantadores y comerciantes comenzó a caerse a pedazos. La Confederación fracasó en su intento de romper el país. La Unión sobrevivió.
La Guerra Civil estadounidense había comenzado en abril de 1861, con el ataque confederado a Fort Sumter. Durante cuatro años, el conflicto se extendió por campos, ríos y ciudades, dejando un rastro de muerte y destrucción. La Unión, liderada por Lincoln y favorecida por su capacidad industrial y demográfica, fue imponiéndose lentamente, batalla tras batalla.
Cuando las armas callaron en abril de 1865, el país respiró con alivio. Pero la paz era frágil, reciente.
Y entonces llegó el disparo.
Un campesino autodidacta
Abraham Lincoln había nacido el 12 de febrero de 1809 en una cabaña de troncos cerca de Hodgenville, una zona rural de Kentucky. Era hijo de colonos modestos en una frontera dura, áspera, donde la supervivencia era un trabajo cotidiano.
Solo asistió a la escuela de manera esporádica. Se calcula que, en total, recibió menos de un año de educación formal.
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