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El día que condenaron al destripador de Yorkshire, el sepulturero que asesinaba prostitutas porque se lo ordenaba “la voz de Dios”

El 22 de mayo de 1981, Peter William Sutcliffe fue declarado culpable de asesinar a trece mujeres e intentar asesinar a otras siete entre 1975 y 1980. . Fue condenado a 20 penas concurrentes de cadena perpetua, que se convirtieron en una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional en 2010

 

Peter Sutcliffe, un hombre simple y con pocas preocupaciones, llevaba años cavando tumbas en el cementerio de Bingley, un pueblito rural a 250 kilómetros al norte de Londres, cuando escuchó por primera vez “la voz de Dios”. En ese momento no la llamó así, pero fue el principio. Dejó caer la pala en el pozo que estaba preparando para recibir un ataúd y prestó atención. La voz estaba ahí y le hablaba suavemente, lo llamaba desde algún lugar que no podía identificar. Trató una y otra vez de precisar de dónde venía, porque estaba seguro de que le hablaba a él. Siguiendo el sonido llegó hasta una tumba descuidada, cubierta de yuyos, donde descansaban los restos de un polaco vecino del pueblo que había muerto muchos años antes. En la lápida había grabada una cruz. Sutcliffe se quedó parado frente a la tumba, escuchando, y no tuvo dudas: la voz surgía de las entrañas de la Tierra, precisamente desde esa sepultura.

Por infobae.com

Esa mañana Sutcliffe, que acababa de cumplir 29 años y dividía las horas de su día entre su trabajo de sepulturero y la práctica obsesiva del fisiculturismo en el gimnasio del pueblo, no entendió qué le decía la voz, que era casi un murmullo. A la noche, en el pub –donde todos los días bebía una pinta de cerveza, y no más, después de la jornada laboral– Peter les contó a unos amigos su experiencia con la voz y uno de ellos le sugirió que podía ser “la voz de Dios”. El buen sepulturero no había pensado en esa posibilidad, pero apenas escuchó el comentario estuvo seguro de que era así: ese día, en el cementerio, Dios le había hablado, aunque no sabía qué pretendía de él.

Durante las semanas siguientes la voz siguió hablándole de a ratos, siempre en el cementerio. Peter empezó a entender sus palabras. Eran cosas buenas: le decía que era un buen hombre, que por eso le hablaba, que lo había elegido. Después la voz comenzó a acompañarlo a todas partes, le hablaba en los momentos más inesperados, hasta que una tarde, de nuevo en el cementerio, le dijo que lo había designado para cumplir una misión a la que no podía negarse: debía limpiar el mundo de prostitutas y tenía que hacerlo de manera terrorífica para que las mujeres temieran caer en la tentación de cometer ese pecado. Dios quería que fuera su instrumento para propinarles un castigo ejemplar.

El almanaque transitaba los días de octubre de 1975 cuando Peter Sutcliffe, el hombre al que todos llamarían “El destripador de Yorkshire”, empezó a matar. En los seis años siguientes asesinó a trece mujeres e hirió gravemente a otras siete. En muchos casos les mutiló los genitales, les abrió el abdomen y les extrajo los órganos. Esos fueron los casos comprobados, porque se sospecha que hubo muchos más, incluso dos fuera del Reino Unido.

Asesino por mandato divino

Para entonces, la personalidad de Sutcliffe había cambiado a ojos vista, un cambio brusco que sorprendió gratamente a sus padres y también a su esposa Sonia, con quien se había casado en 1974. Por primera vez en su vida tomó una iniciativa productiva y se propuso sacar la licencia de conductor profesional con la idea de trabajar como camionero. Hasta entonces, salvo la obsesión por cultivar su físico en el gimnasio, el bueno de Peter había demostrado ser un bueno para nada. Nunca había durado mucho en un trabajo: siempre lo echaban por su desinterés y sus ausencias reiteradas y sin justificación. Primero de un molino harinero, después de un taller mecánico, más tarde de una fábrica donde lo tomaron como obrero no calificado. El único empleo que le había durado era el de sepulturero y eso porque, mientras la tumba estuviera cavada en la tierra, nadie controlaba qué hacía Peter el resto del tiempo.

Su familia nunca imaginó que esa sorprendente iniciativa no tenía que ver con sentar cabeza y mejorar su nivel de vida, sino que era un instrumento para cumplir con la misión que le había encomendado “la voz de Dios”. Como camionero, se podría mover con libertad para matar a las demoníacas prostitutas que poblaban las calles y las rutas de la región. Y Peter no sólo obtuvo la licencia de conducir, también consiguió el trabajo.

El 30 de octubre cometió su primer crimen. Levantó con su camión a Wilma McCann, de 28 años, y la mató en los alrededores del barrio de Chapeltown en Leeds. Cuando los forenses revisaron el cadáver comprobaron que le habían amputado burdamente los genitales y que le habían abierto el abdomen con un instrumento tosco para sacarle los órganos, que quedaron esparcidos cerca del cuerpo.

Un rosario de prostitutas

Peter Sutcliffe esperó casi tres meses para perpetrar el segundo asesinato. El 20 de enero de 1976 requirió los servicios de Emily Jackson, de 43 años, a la que mató igual que a Wilma y cuyo cadáver destripado fue encontrado también en las cercanías de Chapeltown. A partir de entonces cometería por lo menos once asesinatos más y siete mujeres salvarían milagrosamente su vida.

El modus operandi era casi siempre el mismo. Merodeaba las zonas rojas con su vehículo, requería los servicios de una mujer, las subía al camión y las golpeaba en la cabeza, casi siempre con un martillo, para desmayarlas. Luego las bajaba en una zona desolada, la pateaba dejando las marcas de sus botas sobre el cuerpo, la remataba partiéndoles el cráneo con el martillo y las mutilaba y evisceraba.

La naturaleza truculenta de los crímenes hizo que pronto se bautizara a ese asesino desconocido como “El Destripador de Yorkshire”, evocando al nunca capturado “Jack el Destripador”, el asesino en serie que asoló las zonas rojas de Londres en el siglo XIX. Sin embargo, los modus operandi de uno y otro eran diferentes. Mientras Jack utilizaba preferentemente bisturíes para destripar a sus víctimas y demostraba tener conocimientos profundos de la anatomía humana, Sutcliffe usaba instrumentos al alcance de cualquiera, como sierras metálicas, destornilladores o cuchillos de cocina, y sus “intervenciones quirúrgicas” eran toscas. Su arma letal preferida eran los destornilladores, cuyas puntas aguzaba para blandirlas a manera de puñales. Su encarnizamiento era tan tremendo que en una autopsia los forenses llegaron a contar cincuenta y dos puñaladas infligidas sobre el cuerpo de una de las víctimas.

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