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Cerca del estadio, pero lejos del Mundial: desigualdad y persecución migratoria en Los Ángeles

Francisco Sosa, vecino del SoFi Stadium, en Inglewood. Gabriel Osorio

 

Desde el patio frontal de Francisco Sosa se puede ver la imponente coraza metálica del estadio SoFi, en Los Ángeles, California. En esa cancha se disputarán ocho partidos del Mundial de la FIFA, pero la cercanía no le sirve de mucho a Sosa, quien ya se ha resignado a ver los juegos del torneo más caro de la historia por televisión. “No hay dinero ahorita”, dice el estadounidense de 41 años y ferviente seguidor de la selección mexicana. Cuando se entera de que un palco de lujo para el partido entre Estados Unidos y Paraguay llegó a ofrecerse en hasta 112.500 dólares, su reacción fue inmediata: “¡Fuck! Es demasiado”.

Por El País

La ausencia de los vecinos del SoFi en las tribunas refleja la desigualdad social de esta comunidad de mayoría hispana y clase trabajadora, hoy cada vez más codiciada por desarrolladores e inversionistas que ven en el estadio una mina de negocios. Los acecha el fenómeno de la gentrificación y, según activistas, los desalojos presuntamente injustificados se han vuelto más frecuentes. Estas familias, eso sí, cargarán con el caos y el tráfico desbordado que generará el Mundial y que se prevé se extienda por varias cuadras a la redonda. El recinto está en Inglewood, un suburbio que se localiza a tan solo tres kilómetros del caótico aeropuerto de Los Ángeles.

Algunos habitantes de la zona cuentan que ni siquiera intentaron conseguir entradas para los partidos que tendrán lugar a unos pasos de sus viviendas. Sus bolsillos, dijeron, ya no resisten el cada vez más elevado nivel de vida de California. La situación se ha agravado por una inflación que parece no tener fin y con el reciente encarecimiento de la gasolina, ligado a la tensión bélica con Irán (cuyo conjunto nacional jugará en el SoFi).

“No hay dinero”, repite Francisco Rosales, un zacatecano de 75 años que vive justo frente a la entrada principal del estadio angelino, al otro lado de la avenida Prairie. Para sumarse a los hinchas acomodados que alquilaron palcos desde 23.000 dólares, este anciano compara que tendría que vender su modesto hogar, que pagó con muchos sacrificios durante 30 largos años gracias a su sueldo de jardinero.

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