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Los regímenes no siempre caen: a veces aprenden a sobrevivir mejor.
Hay momentos en la historia en los que la realidad se disfraza de una eficacia inquietante. Momentos en los que lo que parece evidente —el fin de una era, el colapso de un régimen, el inicio de una transición— no es más que una ilusión cuidadosamente administrada. Venezuela atraviesa uno de esos momentos.
Desde fuera, la narrativa es seductora. La salida de Nicolás Maduro, la recomposición del poder en Caracas, la sustitución de figuras clave dentro del aparato militar y la tímida flexibilización frente a exigencias estadounidenses han sido interpretadas como señales inequívocas de una transición. La tentación de creerlo es enorme. Europa quiere creerlo. Washington quiere gestionarlo. América Latina quiere celebrarlo. Pero la política rara vez es lo que parece a primera vista.
Porque lo que ocurre hoy en Venezuela no es, en rigor, una transición. Es algo más ambiguo, más sutil y, por eso mismo, más peligroso: una mutación del poder bajo presión.
Las transiciones auténticas implican una transformación del sistema: reglas nuevas, árbitros independientes, instituciones que dejan de ser instrumentos de un grupo para convertirse en patrimonio de todos. Requieren, sobre todo, algo que el poder rara vez concede sin resistencia: la posibilidad real de perder. Nada de eso ha ocurrido todavía.
Lo que sí ha ocurrido es una reorganización meticulosa del mando. Un desplazamiento de piezas que no altera la esencia del tablero. La sustitución de Vladimir Padrino López por Gustavo González López al frente del Ministerio de Defensa no es la señal de un desmontaje, sino la evidencia de una sofisticación. El poder no se retira: se repliega, se reorganiza, se vuelve más eficiente.
El cambio no es ideológico. Es funcional.
Durante años, el chavismo gobernó apoyado en una lógica militar visible, casi teatral: uniformes, jerarquías, desfiles, declaraciones de lealtad. Hoy, en cambio, el énfasis se desplaza hacia una lógica menos ostentosa pero más eficaz: la inteligencia. El control ya no descansa tanto en la fuerza bruta como en la información, en la vigilancia, en la capacidad de anticipar fracturas antes de que se conviertan en amenazas.
Es, si se quiere, una evolución natural de los sistemas que sobreviven demasiado tiempo: abandonan la retórica épica y abrazan la administración pragmática del poder.
Este giro no es casual. Responde a una realidad psicológica que suele pasar inadvertida: el chavismo ya no opera desde la seguridad de quien se sabe dueño del juego, sino desde la ansiedad de quien teme perderlo todo. Ha entrado en lo que podríamos llamar un “dominio de pérdidas”. Y en ese terreno, los actores políticos se vuelven más arriesgados, más flexibles, más dispuestos a sacrificar símbolos que antes consideraban intocables.
El relevo de figuras históricas, la disposición a cumplir parcialmente con exigencias externas, la apertura controlada en sectores estratégicos de la economía: todo ello responde menos a una conversión democrática que a una lógica de supervivencia.
Aquí es donde la narrativa internacional se vuelve peligrosa. Porque confundir adaptación con transición no es un error menor: es un error estratégico.
La camarilla de Delcy Rodríguez no está entregando el poder; está ejecutando, de manera calculada, las exigencias de la administración Trump —estabilización, recuperación y eventual convocatoria electoral— como una estrategia para prolongar su permanencia.
La relación con la Casa Blanca es el mejor ejemplo de esta ambigüedad. Hay, sin duda, una cesión de autonomía, un Estado tutelado. El margen de maniobra de Miraflores ya no es el de hace una década. Pero esa cesión no es una rendición, sino una inversión: el poder entrega parte de su libertad externa para preservar su control interno.
Es una soberanía condicionada, sí, pero también calculada.
En este nuevo contexto, el enemigo del régimen ha cambiado. Ya no es, al menos no en primer plano, el adversario externo: el imperialismo yanqui. Es la fragmentación interna. El caos. La posibilidad de que las tensiones acumuladas dentro del propio sistema —entre facciones políticas, militares y económicas— terminen por desbordarlo.
Por eso la prioridad ya no es la confrontación ideológica, sino la gestión del orden. Menos discurso, más control. Menos épica, más administración.
Este desplazamiento tiene implicaciones profundas. Una de las más interesantes es el aparente “retorno a los cuarteles”. Durante años, la militarización de la vida política venezolana fue uno de los rasgos más visibles del régimen. Hoy, ese protagonismo parece atenuarse. Pero conviene no precipitarse: los militares pueden retirarse del escenario sin abandonar el poder.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos en los que el uniforme desaparece del balcón, pero permanece en la sala de mando.
El riesgo, entonces, no es solo la continuidad del poder, sino su transformación en algo más difícil de identificar y, por tanto, de desafiar: un sistema menos visible, más técnico, más silencioso.
Un poder que ya no necesita exhibirse para imponerse.
En este equilibrio precario conviven actores con intereses divergentes: Washington, que busca estabilidad con condiciones; el interinato en Caracas, que busca sobrevivir; la Fuerza Armada, que busca preservar su cohesión; y figuras como Diosdado Cabello, cuya influencia representa una amenaza latente para cualquier intento de recentralización del poder.
Es un equilibrio inestable. Y como todo equilibrio de este tipo, puede romperse en cualquier momento: por un incumplimiento, por una purga interna, por una explosión social.
La pregunta, entonces, no es si Venezuela está cambiando. Lo está. La pregunta es en qué dirección.
Y aquí conviene recuperar una vieja lección de la historia: los regímenes autoritarios no siempre caen cuando parecen debilitados. A veces, en lugar de derrumbarse, aprenden. Se adaptan. Se vuelven más flexibles, más pragmáticos, más resistentes.
La ilusión de transición es peligrosa precisamente porque tranquiliza. Porque permite creer que el problema está en vías de resolverse, cuando en realidad solo está mutando.
¿Cómo distinguir, entonces, una apertura real de una continuidad disfrazada?
No por los discursos, ni por los nombres, ni por los gestos simbólicos. Sino por algo mucho más simple y mucho más difícil: si el poder acepta, de verdad, la posibilidad de perder.
Ese es el único test que no admite simulaciones.
Mientras ese momento no llegue, lo que Venezuela vive no es una transición.
Es una adaptación. Y, como toda adaptación eficaz, puede extender la vida del sistema mucho más de lo que sus adversarios —e incluso sus observadores— están dispuestos a reconocer. Mientras no se defina un cronograma claro para la fase final —elecciones—, persiste el riesgo de que el statu quo se consolide: un autoritarismo reciclado, ahora revestido de legitimidad externa.
Antonio de la Cruz
Director ejecutivo de Inter American Trends
