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Venezuela, una economía atrapada entre la parálisis y la inflación pese a la caída de Maduro

Una persona sostiene un cartel durante una manifestación de trabajadores y estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) para exigir mejoras salariales en Caracas (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

La economía no mejora en Venezuela. Todo el mundo espera que lo haga, pero los beneficios no terminan de llegar. Los precios prosiguen su escalada y la inflación anualizada del país —la más alta del mundo— promedia el 600%. Basta con ver el comportamiento del bolívar, la moneda local, para entender la gravedad del paciente. En lo que va de año, ha perdido cerca del 20% de su valor frente al dólar. En enero, el dólar oficial valía 367 bolívares; hoy ya se sitúa en 450 (y el denominado “dólar paralelo”, de enorme influencia en la formación de los precios, puede ubicarse hasta en 650). La moneda se ha devaluado en más de 9,000% desde 2022.

Por Alonso Moleiro | EL PAÍS

Los ingresos adicionales que percibe el fisco nacional tras el ataque militar de Estados Unidos y la captura de Nicolás Maduro —gracias a la flexibilización de las sanciones y a nuevas licencias para explotar petróleo— no han podido cerrar la brecha entre el dólar oficial y el dólar negro. El déficit fiscal de Venezuela es de 9 puntos del Producto Interno Bruto (PIB).

Personas participan durante una manifestación en Caracas (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

Las manifestaciones por el malestar económico y los graves rezagos sociales, que se han hecho crónicos, marcan la agenda de la protesta ciudadana. “Estamos reclamando un derecho humano básico, una obligación constitucional del Gobierno: la mejora general de las condiciones de vida de la población”, dice Gregorio Alfonso, miembro de la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela. “Cada vez que queremos movilizarnos al centro de Caracas, las autoridades buscan argumentos para impedirnos llegar”.

“Seguimos esperando las anunciadas mejoras”, ironiza José Abreu, de 78 años, inmigrante portugués con casi 60 años en el país, quien tiene una bodega en la urbanización El Bosque, en Caracas. “Jamás había visto una situación como esta en todo el tiempo que tengo en Venezuela”, afirma. “Uno compra mercancía a los mayoristas a una tasa para el dólar y, cuando tiene que pagarla, ya el bolívar perdió valor”. Abreu muestra una libreta en la que lleva pedidos de clientes que han solicitado crédito. “No tengo alternativa, tengo que fiar. Es la manera de poder vender un poco más. La mayoría de la gente paga. Hay gente que se lleva una cosita, paga un poco de lo que debe y se vuelve a perder unos días”, cuenta resignado.

“Algo se vende, claro, pero las ventas están lentas. Desde hace mucho, ya que la gente no está comprando”, afirma Silvia González, propietaria de un quiosco de periódicos y dulces. “Si mi familia no me mandara dinero desde España, no podríamos completar nuestros ingresos. A lo mejor habría tenido que cerrar”.

Trabajadores y estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) participan en una manifestación para exigir mejoras salariales en Caracas (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

En medio de este descontrol cambiario y de precios, el panorama salarial del país sigue siendo el mismo: precarizado y estático. El salario mínimo oficial, con el que se calcula la entrega anual de beneficios sociales, es de 160 bolívares, apenas unos centavos de dólar. El chavismo compensa la situación ofreciendo bonos sin efecto en las prestaciones sociales (como el “bono de guerra económica” o el “bono de alimentación”), que promedian unos 180 dólares al mes. El lenguaje chavista lo llama “salario mínimo integral” y puede incluir bolsas de comida.

Un obrero puede ganar en el sector privado unos 350 dólares mensuales. Un técnico especializado cobra cerca de 500 dólares al mes. Un jefe o un coordinador puede llegar a los 1.200. Solo la alta gerencia local podría aspirar a ganar 4.000 dólares mensuales o más. El sector privado —muy lastimado por las expropiaciones y sanciones oficiales de estos años— puede ofrecer aumentos esporádicos a determinados empleados o cálculos realistas para las utilidades de cada trabajador a finales de año. Aquel que puede, tiene dos y hasta tres trabajos. Una visita quincenal no muy ambiciosa al supermercado promedia los 200 dólares.

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