En 2017, el director Jordan Peele debuta exitosamente con Get Out! (Huye!, en Latinoamérica), una película marcadamente racial (Peele y la mayoría de su elenco son afroamericanos) cuyo principal gancho era asimilar los elementos propios del cine de terror con los fantasmas del racismo blanco contra los negros, en una fusión inteligente, efectiva y no exenta de humor. Volvería a aplicarlo en Us (Nosotros), de 2019, con el mismo éxito, y ya menos en Nope!, tres años más tarde.
Ryan Coogler, sin embargo, viene del cine de superhéroes. Es el exitoso director de los filmes racialmente más cargados del Universo Cinemático Marvel: Black Panther y Wakanda Forever. Pero, en 2025, Coogler decidió tomar el relevo de Peele y filmar una película de terror, en el mismo estilo que explota los tradicionales contenidos raciales (no hay héroes blancos en toda la trama), combinándolos con los más clásicos del género de miedo, con un éxito que supera sideralmente el de su antecesor Peele. Es tal que convierte a Sinners (Pecadores), el filme del que estamos hablando, en el que mayor número de nominaciones acumula, superando increíblemente a Ben Hur, The Sound of Music o Titanic. 16 opciones de ganar el Oscar, incluyendo el de Mejor Película.
¿Qué hace a Sinners tan buena candidata a los premios? En primer lugar, que va más lejos de lo que la clave satírica le permitió a Peele. Coogler no solo combina el segregacionismo y las diferencias sociorraciales con el terror sino que acude de manera muy inteligente al mito. Y aquí asiste el tercer elemento que impulsa con vigor el filme: la música. Y es que Sinners es una mirada a un mito ya recurrido en el cine, desde dos ópticas infrecuentes: el mito de Orfeo visto desde el terror y desde la cultura negra.
Mito, canto y cultos órficos

Además de ser el hijo de Apolo y dios de la poesía y la música, Orfeo es el difusor de los cultos órficos, que no tratan directamente de él, sino del dios Dionisos, la deidad más periférica y menos sincrónica con el equilibrio apolíneo de las polis helénicas. Orfeo es el dios que atravesó el Hades, reino de los muertos, para rescatar a su recién perdida esposa Eurídice, y aunque fracasó en su intento, la sabiduría oscura recabada en su descenso, lo emparentó con Dionisos, el dios de los dos nacimientos, muerto y resucitado, como nuestro Cristo, en un sacrificio del que es víctima por sus propios acólitos. Así que los cantos órficos son invocaciones al ultramundo, a las almas de los muertos, tentativas de intangibles e improbables lazos con los seres y fuerzas que ya no rigen en la dimensión de la luz. Algunas de sus creencias eran la conexión con los fallecidos y la metempsicosis, la idea de las continuas reencarnaciones, una forma de vida eterna, no demasiado diferente de aquella que promete el culto vampírico, a través de la absorción de las almas a través de la sangre, y la renuncia a la luz. Los vampiros son Nosferatus, los No-muertos, que perduran bebiendo la sangre de otros y renunciando al privilegio de ver la luz del día.
Música intemporal

Las entidades malignas de Sinners son precisamente los vampiros, que en la imaginación de Coogler tienen dos rasgos resaltantes: son blancos y son músicos de raigambre irlandesa. Sinners no solamente opone la tradicional dialéctica bien vs. mal, sino que enfrenta culturas, religiones, rangos sociales, estilos de vida y géneros musicales.
Y por si no fuera suficiente este mosaico, Coogler construye su Sinners sobre una dimensión intemporal, las coordenadas inmemoriales y hasta prospectivas del mito. La narradora de la introducción nos da la pista, la deshila el extraordinario personaje del músico Delta Slim (enorme Delroy Lindo) cuando le dice al que vendrá a ser nuestro Orfeo, el jovencito Sammie Moore (el talentoso debutante Miles Caton), que el Blues no es americano, sino que viene de la ancestral África, lo cual da inicio a la portentosa secuencia de crisol de épocas y géneros musicales conjurados en el arte de Sammie, reuniendo rock, blues, soul, hip hop, rap, ancestros chamánicos africanos, matices egipcios, danzas chinas, géneros urbanos (se echa de menos, sin embargo, la huella hispanoamericana), en una llama que atraviesa tiempos y planos espirituales. Es aquí, cuando aparecen los vampiros blancos que quieren participar y apropiarse de esa música atemporal, órfica, dionisíaca que anula razas o diferencias entre vida y muerte y redime del exilio de la luz del sol. El mismo sol bajo el cual los esclavos y algodoneros trabajan inmisericordemente, y del que reniegan en el canto a la luna que sensual y tribalmente entona Pearline mientras Stack es devorado por la otrora Mary, ya devenida vampira.
El mito duplicado
Es momento de hablar de los protagonistas del filme, otro componente mítico: el de los hermanos gemelos Stack y Smoke, encarnados extraordinariamente por Michael B. Jordan (confieso que tardé un buen rato en darme cuenta de que se trataba de un mismo actor), versión negra de los Dioscuros, los Castor y Polux griegos, que no podían vivir el uno sin el otro, suerte de pareja de Caín y Abel que representan la división del mundo y del alma. Han dado la vuelta al mundo, han visto lo que el bien y el mal hacen en la gente, están llenos de asuntos pendientes -Stack y su amor culpable por Mary (una sensualísima Hailee Steinfeld, ya definitivamente adulta) y Smoke y su hija perdida con Annie-, a quienes han regresado y de quienes se alejan alternativamente para protegerlas de esa sensación de que el mal los persigue desde la figura de su padre, hasta la noche del Club de Blues que montan, y del cual posteriormente se enteran de que era una trampa para que el Ku Klux Klan cometiera una masacre masiva al amanecer. Todos los horrores cósmicos y terrenales acechándolos.
Los gemelos Moore son el símbolo de toda esta dialéctica: el lado oscuro y el solar de la condena y la redención. Pero el corazón de la trama es el poder ultraterrenal de la música de Sammie, el Orfeo, eje mercurial entre la vida y la muerte, y es a él a quien persiguen y protegen alternativamente los dos hermanos.
Así como es particularmente escalofriante la escena del baile irlandés con los vampiros ya bañados en sangre (suerte de secuela genial del Thriller de Michael Jackson), también es poderosamente sugerente toda esa secuencia de la lucha entre Sammie y Remmick, el vampiro irlandés, capaz de recitar con convicción y sin perjuicio el Padre Nuestro, en una importante declaración transcultural mientras somete al músico a una suerte de atroz bautismo de horror, antes de que amanezca.
Aún le queda brío a Coogler, después de esta aquelarre, con no poco exceso, para incluir no uno sino tres poderosos epílogos donde la violencia racial, la religión, el mito y la omnipotente música prolongan el final a cotas inesperadas.
Sinners está nominada a Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actor Principal, Mejor Actor de Reparto, Mejor Actriz de Reparto (la telúrica Annie de Wummi Mosaku), Mejor Guion (el propio Coogler), la fotografía de colores y luces sobrenaturales y sureñas de Autumn Durald Arkapaw; la contundente edición visual de Michael P. Shawver, la dirección de arte y el diseño de producción de Hannah Beachler y Monique Champagne, entre otras cosas por la cálida y untuosa noche de Blues del Club de los Moore, el vestuario elegante y sexy de Ruth Carter, que sirve tan bien para definir y confundir, a pares iguales, con mundanidad a los gemelos protagonistas; así como por maquillaje, efectos visuales, casting, y, -por todo lo que se ha escrito arriba-, por mejor canción y música, obra del, singularmente no afroamericano, sino sueco y fulgurante Ludwig Göransson, sobre cuyos hombros cabalga la textura sonora de este mito reimaginado, y que se atreve a asomarse a sus abismos más oscuros.
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