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OpiniónRobert Carmona-Borjas:

Robert Carmona-Borjas: El Escudo de las Américas y la batalla por el hemisferio 

La historia no siempre anuncia sus grandes virajes con ceremonias ni con solemnidades visibles. A veces los revela a través de una decisión que, a primera vista, algunos subestiman porque no alcanzan a comprender su verdadero alcance. La decisión del presidente Donald J. Trump de colocar a Kristi Noem al frente de una responsabilidad central dentro de El Escudo de las Américas pertenece a esa categoría. No se trata de un gesto cosmético. No se trata de un movimiento de imagen. No se trata de una designación pensada para alimentar titulares pasajeros. Se trata del reconocimiento de que la amenaza más seria que enfrenta hoy el hemisferio occidental no puede seguir siendo analizada en compartimentos aislados. No estamos ante una suma de problemas separados. Estamos ante una estructura de descomposición regional en la que el crimen organizado, la corrupción política, la captura institucional, la trata de personas, el narcotráfico, el colapso del Estado de derecho y la degradación de la soberanía democrática se han convertido en partes de un mismo engranaje. Quien no entienda eso, no está malinterpretando un nombramiento. Está malinterpretando el tiempo histórico que vivimos.

Durante demasiados años, el hemisferio ha sido interpretado con una fragmentación intelectual que ya no solo resulta insuficiente, sino peligrosa. El narcotráfico fue tratado como un problema de seguridad. La migración irregular como un asunto humanitario o administrativo. La trata como un fenómeno criminal especializado. La corrupción como una enfermedad moral de la política. El deterioro de las instituciones como una crisis de gobernabilidad. Pero esa lectura parcelada ha impedido ver lo esencial: que todas esas realidades se alimentan entre sí y que, en buena parte de América, han terminado conformando una misma arquitectura de poder.

Hoy el problema del hemisferio no es únicamente la existencia de organizaciones criminales transnacionales. El verdadero problema es la fusión del crimen con estructuras políticas, la alianza entre economías ilícitas y élites corruptas, la penetración del sistema judicial por intereses mafiosos, la utilización de la legalidad como fachada de dominación y la consolidación de regímenes que acceden al poder por cauces formalmente democráticos para luego vaciar desde adentro las bases mismas de la democracia. En varios países, los carteles ya no son simples enemigos externos del Estado. Han pasado a formar parte de su ecosistema. Financian, infiltran, amenazan, compran, protegen, ejecutan y, en no pocas ocasiones, gobiernan de hecho en asociación con poderes públicos degradados o capturados.

Por eso El Escudo de las Américas tiene la posibilidad de convertirse en una de las iniciativas geopolíticas más importantes de nuestra era.

Si se le interpreta únicamente como una estrategia contra el narcotráfico, se le disminuirá antes de que despliegue todo su potencial. Si se le reduce a una política de contención migratoria o a una respuesta de fuerza frente a redes criminales, se habrá comprendido apenas una parte del desafío. Su verdadera trascendencia reside en otra parte. Reside en la posibilidad de que, por fin, el hemisferio comience a enfrentar el problema allí donde verdaderamente se encuentra su centro de gravedad: no solo en las rutas, ni en las cargas, ni en los operativos, sino en las estructuras políticas, judiciales, financieras e ideológicas que permiten al crimen arraigarse, protegerse, multiplicarse y presentarse a sí mismo bajo la máscara de la soberanía o del discurso social.

Ese es, precisamente, el punto que muchos críticos de Kristi Noem no entienden.

Sus detractores han preferido la caricatura porque la caricatura siempre resulta más fácil que el pensamiento. Han intentado leer su designación desde la superficialidad del comentario político inmediato, sin advertir que la misión que se le ha confiado no es secundaria ni decorativa. No es un cargo accesorio. No es un apéndice menor de la política interna estadounidense. Lo que está en juego es la seguridad hemisférica en el sentido más amplio del término: el control de fronteras, sí, pero también la seguridad marítima, la coordinación de inteligencia, la protección de rutas comerciales, la resiliencia institucional, la lucha contra redes criminales transnacionales, la defensa de la legalidad y la preservación de la estabilidad de los Estados aliados frente a procesos de infiltración, captura o descomposición.

Su experiencia en Homeland Security no es un dato marginal dentro de esta ecuación. Es una de las razones que hacen comprensible y coherente su presencia en este esfuerzo. Porque quien entendió seriamente la naturaleza de Homeland Security jamás pudo creer que se trataba solo de migración. Se trataba de algo mucho mayor: de vulnerabilidad estratégica. Se trataba de comprender que una frontera no es una línea abstracta, sino un punto de presión a través del cual se desplazan personas, armas, drogas, dinero, inteligencia hostil, operaciones de influencia y mecanismos de penetración criminal. Se trataba de comprender que el debilitamiento del control fronterizo no es una simple falla administrativa. Es una invitación al desorden. Es una recompensa para el crimen. Es una señal de permisividad para quienes viven de erosionar la capacidad soberana de los Estados.

De allí que su papel dentro de El Escudo de las Américas no deba leerse como una designación convencional, sino como parte de una visión más ambiciosa. Una visión que entiende que el problema hemisférico no puede seguir abordándose con los lenguajes diplomáticos agotados del pasado.

Y aquí es inevitable decir una verdad incómoda. Las estructuras tradicionales llamadas a defender el orden hemisférico han fracasado en la magnitud del reto. La Organización de los Estados Americanos, a pesar de su importancia histórica y de la nobleza formal de sus principios, ha demostrado una insuficiencia alarmante para transformar sus declaraciones en consecuencias reales. Ha terminado siendo, demasiadas veces, un espacio donde la preocupación se enuncia pero no se impone; donde la legalidad se invoca mientras es violentada; donde la democracia se proclama mientras los regímenes aprenden a vaciarla sin pagar un costo proporcional. En paralelo, otras instancias internacionales, llamadas en teoría a custodiar la justicia y la integridad del orden global, han revelado una selectividad ética y una inconsistencia política que han minado gravemente su autoridad moral.

El resultado de esa debilidad institucional está a la vista. Dictaduras abiertas, gobiernos para-autoritarios, élites cleptocráticas, redes de narcotráfico, estructuras de trata, aparatos judiciales capturados y operadores políticos del crimen han aprendido no solo a coexistir, sino a reforzarse mutuamente. Han convertido el lenguaje de la soberanía, de la no injerencia y hasta de los derechos en una cobertura para la impunidad. Han descubierto que los organismos internacionales suelen ser lentos cuando deben defender el bien y extraordinariamente cautelosos cuando deben confrontar el mal.

Por eso, una estrategia hemisférica seria ya no puede limitarse a emitir comunicados ni a producir gestos de preocupación. Tiene que crear presión. Tiene que generar incentivos. Tiene que establecer consecuencias. Tiene que hacer visible que pertenecer a una comunidad hemisférica de cooperación profunda no es compatible con la captura de las instituciones, con la tolerancia estructural al narcotráfico, con la connivencia con redes criminales o con la demolición gradual del Estado de derecho.

En su expresión más alta, El Escudo de las Américas no debería quedarse en una simple alianza de seguridad. Debería evolucionar hacia una arquitectura hemisférica de confianza democrática. Una alianza en la que la cooperación en inteligencia, los beneficios comerciales, la integración estratégica, la protección de infraestructura crítica, la coordinación financiera, la lucha contra el lavado de dinero, la defensa fronteriza y el apoyo institucional estén vinculados a estándares verificables de conducta democrática, independencia judicial, integridad pública, combate real a la corrupción y acción efectiva contra las economías criminales transnacionales.

Ese sería el verdadero salto histórico.

Porque el hemisferio ha tolerado por demasiado tiempo una anomalía profundamente destructiva: que gobiernos que manipulan elecciones, capturan tribunales, asfixian la separación de poderes, normalizan la corrupción o conviven con redes criminales sigan reclamando los beneficios del trato internacional ordinario, como si la destrucción del orden republicano fuera una simple variación ideológica y no una amenaza real para la estabilidad regional. Han querido acceso sin confianza, cooperación sin transparencia, comercio sin garantías, legitimidad sin honor y diplomacia sin responsabilidad.

Ese ciclo debe terminar.

Un nuevo orden hemisférico digno de ese nombre debe distinguir con claridad entre gobiernos que protegen la libertad y gobiernos que la depredan; entre Estados que se esfuerzan por combatir la corrupción y Estados que se alimentan de ella; entre sistemas que respetan la soberanía como expresión del imperio de la ley y regímenes que la invocan como coartada para blindar estructuras criminales o despóticas.

Si El Escudo de las Américas se construye con esa seriedad, sus efectos irán mucho más allá de la interdicción de cargamentos o del fortalecimiento del control territorial. Cambiará los incentivos políticos del continente. Le hará saber a toda dirigencia de la región que el camino hacia una relación más profunda con los Estados Unidos y con sus aliados no pasa por la retórica antiestadounidense, ni por la manipulación populista, ni por la connivencia con carteles disfrazada de política social, ni por el vaciamiento progresivo de la democracia desde el poder. Pasará, por el contrario, por la disciplina institucional, la integridad verificable, la responsabilidad de Estado y la defensa auténtica de la libertad.

Eso sí representaría una ruptura estratégica con los fracasos del pasado.

Y también respondería una de las preguntas fundamentales de nuestro tiempo: si las democracias del hemisferio occidental todavía conservan la voluntad de defenderse no solo frente a una agresión clásica, sino frente a una conquista más lenta, más sinuosa y más corrosiva, ejercida por economías criminales, aparatos de corrupción, oportunistas ideológicos y regímenes que erosionan la libertad bajo apariencia de legalidad.

No estamos ante un tema secundario. No es una discusión reservada para especialistas ni una nota marginal de la política exterior. El futuro del hemisferio dependerá de si los Estados sometidos todavía al imperio de la ley recuperan la decisión de actuar como tales; de si las instituciones recobran el coraje de distinguir entre lo justo y la comodidad de la neutralidad; y de si los Estados Unidos están dispuestos a ejercer el liderazgo con la gravedad que exige esta hora.

El presidente Trump ha colocado ya ese reto sobre la mesa hemisférica.

La pregunta no es si la amenaza existe. La pregunta es si las naciones libres de América están preparadas para enfrentarla con claridad, firmeza y perseverancia.

Porque la verdad ya no puede seguir siendo esquivada: la batalla por el hemisferio no es solo una batalla contra rutas de narcotráfico, redes de trata o imperios criminales. Es una batalla para decidir si las Américas serán gobernadas por repúblicas soberanas sometidas al imperio de la ley, o si terminarán siendo entregadas, lenta pero sistemáticamente, a una alianza transnacional de corrupción, coacción y miedo.

Eso es lo que El Escudo de las Américas debe impedir.

Y si lo consigue, no se limitará a reforzar fronteras.

Habrá contribuido a salvar el hemisferio.

 

@CarmonaBorjas

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