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OpiniónRafael García Márvez

Rafael García Marvez: Caminar con pies de plomo, la columna recta y la cabeza erguida

“Ir adelante por su camino desafiando el cansancio y la desconfianza y la debilidad y la muerte…aunque me canse, aunque no pueda, aunque reviente, aunque me muera”.  Santa Teresa de Ávila

Con la mano anquilosada como consecuencia de varios meses privado de libertad, esto es un grotesco eufemismo de la representación que mejor se ajusta a la verdad cruda y simple que es estar preso. Injustamente preso, retomo “la pluma” para expresarme por estos medios de comunicación como lo he venido haciendo desde hace varias décadas; en otras palabras, hace más años que días. Por supuesto, caminando con pies de plomo, puesto que cualquier traspiés puede ser visto como un hecho merecedor de un severo castigo… Pero no se trata en estos casos secuela de la grafofobia, trastorno psicológico caracterizado por el miedo intenso e irracional a escribir; que por lo general y a menudo provoca temor a cometer errores y ser juzgado por los verdugos inclementes y extremadamente crueles de los lectores. Naturalmente que estas incómodas y públicas exposiciones pueden provocar en nosotros ataques de pánico ante la necesidad de escribir que comúnmente afecta la vida diaria del escribidor para decirlo de una manera irracionalmente despectiva, pero de refilón también para sacarle el cuerpo a la cacofonía o a las disonancias desagradables al oído de los lectores. El miedo, que, en este caso específico, está más allá de la cobardía o del hombre pusilánime, valga el sinónimo como refuerzo de la expresión, es fundamental validar que nuestra seguridad física y emocional es una prioridad dominante. Nadie, sin quebrantos de salud mental, se dirige voluntariamente sobre sus pasos hacia el cadalso o patíbulo. Por tanto, lo natural sería, pero tristemente no es así, que nadie debería sentirse en peligro por el simple hecho de exteriorizar libremente sus ideas y al mismo tiempo reconocer que ese miedo es el primer paso para decidir cómo manejar la realidad con sensatez dentro de un mar aventuradamente tormentoso.

En fin, es digno de destacar que el mérito radica en estar parado allí, imperturbable; que contrariamente y a pesar del miedo que en esos momentos podamos sentir demuestra coraje, sin dejar que la sensación nos intimide, pero, insisto, sin caer en el terreno temerario vedado para los japoneses kamikazes. Pues, el miedo es una alarma que nos protege ante posibles peligros por lo que no es precisamente ni mucho menos una debilidad. En otras palabras, los lectores deben interesarse en hacer el esfuerzo en centrarse más en lo que no dijimos que en lo que tímidamente nos atrevimos a decir…

garciamarvez@gmail.com

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