
Un reciente trabajo publicado por The Wall Street Journal ha vuelto a poner sobre la mesa el caso de Chevron en Venezuela, destacando el papel desempeñado por Ali Moshiri durante y después de su gestión como presidente de la compañía en el país.
El reportaje recoge opiniones diversas, incluyendo las de un reducido grupo de actores políticos que históricamente han rechazado la permanencia de la operadora norteamericana. Sin embargo, más allá de esas posiciones, los hechos parecen apuntar en otra dirección.
Chevron no solo decidió quedarse en Venezuela cuando otras empresas se retiraban; convirtió esa permanencia en una estrategia sostenida en el tiempo. Hoy, sigue siendo la única gran petrolera estadounidense con operaciones activas en el país, en un entorno que ha estado marcado por sanciones, incertidumbre jurídica y volatilidad política.
Esa condición de “excepción” generó una doble reacción: por un lado, una mayoría que valoró la continuidad; por otro, un grupo minoritario que llevó la crítica a extremos, acusando a la empresa de operar bajo intereses geopolíticos más que empresariales. Incluso denominándolos barriles de sangre o agentes de la CIA. En retrospectiva, muchas de esas afirmaciones lucen más ideológicas que sustentadas en resultados.
La decisión de Chevron, lejos de ser coyuntural, respondió a una visión de largo plazo. Mantener activos en uno de los países con mayores reservas petroleras del mundo implicaba asumir riesgos, pero también preservar una posición estratégica para el futuro.
Esa política no terminó con la salida de Moshiri. Fue continuada por ejecutivos como Javier La Rosa, quien la profundizó y, actualmente por Mariano Vela, quienes han tenido que gestionar la operación en una suerte de “carrera de obstáculos”, adaptándose a cambios regulatorios y operando bajo un esquema de licencias sucesivas.
Ali Moshiri llegó a Venezuela en 2001, en un momento de transformación política y petrolera bajo el gobierno de Hugo Chávez. Le correspondió dirigir operaciones en un entorno donde el precio del crudo ascendía rápidamente, pero también donde las reglas del juego comenzaban a modificarse.
Chevron heredaba entonces un portafolio relevante de activos: yacimientos en Oriente y Occidente, operaciones costa afuera en Falcón, participación en la plataforma deltana y asociaciones en mejoradores, todos obtenidos durante la apertura petrolera.
Con el aumento de los precios del crudo, también llegaron cambios no previstos en los contratos: mayores cargas fiscales, ajustes en la participación accionaria y nuevas condiciones operativas. En ese contexto, la gestión de Moshiri se caracterizó por la negociación y la búsqueda de soluciones prácticas.
Entre los casos más relevantes destacan:
La respuesta a la declinación del gas en el Lago de Maracaibo, impulsando el suministro desde el yacimiento Chuchupa en La Guajira colombiana, mientras avanzaba el proyecto de interconexión gasífera interna.
Su rol en el acercamiento entre los presidentes Hugo Chávez y Álvaro Uribe para viabilizar acuerdos energéticos.
El caso del Campo Boscán, donde se estructuró un esquema de financiamiento cercano a 2.000 millones de dólares, combinando recuperación de deuda con nuevas inversiones, fórmula que luego sería replicada.
Su rol en el acercamiento entre los presidentes Hugo Chávez y Álvaro Uribe para viabilizar acuerdos energéticos.
El caso del Campo Boscán, donde se estructuró un esquema de financiamiento cercano a 2.000 millones de dólares, combinando recuperación de deuda con nuevas inversiones, fórmula que luego sería replicada.
Estos episodios reflejan una constante: la progresiva sustitución de reglas contractuales rígidas por soluciones negociadas caso por caso.
El propio Wall Street Journal ha señalado recientemente aspectos polémicos del rol de Moshiri, incluyendo su influencia como asesor informal en temas relacionados con Venezuela en círculos de poder en Estados Unidos.
Estos elementos han alimentado interpretaciones políticas sobre la actuación de Chevron. Sin embargo, también evidencian el nivel de conocimiento y acceso que alcanzó durante su trayectoria.
Ya retirado de Chevron, Moshiri impulsa actualmente iniciativas de inversión a través de un fondo orientado al desarrollo de proyectos petroleros y gasíferos en Venezuela, con capital levantado y a la espera de condiciones regulatorias y autorizaciones.
Su interés confirma que, pese a las dificultades, el potencial energético del país sigue siendo un factor de atracción para inversionistas con visión de largo plazo.
A la luz de los acontecimientos, la permanencia de Chevron en Venezuela puede interpretarse como una decisión acertada desde el punto de vista estratégico. La empresa logró preservar activos, mantener operaciones y posicionarse en un escenario de eventual recuperación del sector.
Ello no excluye el debate sobre los costos de operar en entornos complejos ni las tensiones entre pragmatismo empresarial y contexto político. Pero sí obliga a reconocer que, en una industria donde las decisiones se miden en décadas, la constancia puede ser tan determinante como la oportunidad.
En ese marco, la gestión de Moshiri no solo fue relevante para Chevron, sino también para Estados Unidos y para Venezuela.
Moschiri sigue apoyando a proyectos en Venezuela, convencido de la participación nacional, asociándose con empresas venezolanas
fue Presidente de Fedecamaras, Consecomercio y la Cámara Petrolera de Venezuela
@eromeronava
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