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El primer teniente, Francisco Mogollón Pérez, fue “llamado al botón”, es decir, convocado para recibir una orden que debía obedecer, sin chistar, emanada de su superior inmediato, en este caso, el capitán, Julián Talavera Ramírez.
—-¡Teniente Mogollón Pérez, Francisco! ¡Aaaatención, firrrrm…! A partir de este mismísimo instante, usted deberá informarme, “en el término de la distancia”, cuando algún, militar o civil le exprese, a viva voz, por escrito o por cualquier otro medio, la mínima inconformidad, contra la conducción de nuestra “Transición Democrática”.
Por ejemplo: Está encendido, el televisor instalado en el casino del acantonamiento del referido teniente primero. De pronto, la programación ordinaria, es interrumpida con el anuncio que, después de casi doce años, el ministro de la Defensa ha sido reemplazado. Los presentes escuchan la noticia en absoluto silencio, sin embargo han estallado en una estruendosa carcajada cuando el locutor ha tenido la ocurrencia de asegurar que el nuevo ministro es garante del respeto a los derechos humanos.
En circunstancias como tales —le enfatiza su referido superior al primer teniente Mogollón Pérez— usted estará obligado, so pena de ir preso, a reportarme, de inmediato, el nombre, apellido, grado de cada uno de los respectivos televidentes, así como los decibeles a que ascendió cada una de las carcajadas.
Lo último que suponía el referido tenientico, Mogollón, apenas estuvo de vuelta en su cuartel, era la visita sin previo aviso, de su amigo fraterno, compadre doble, “alto-pana”, excondiscípulo de la Academia Militar, primer teniente Urdaneta Zerpa, José, quien tan pronto estuvo a solas, con Mogollón Pérez, comenzó a echar fuego por la boca contra la sedicente Presidenta (e).
De nada le sirvieron al imprudente Urdaneta Zerpa, las muecas, señas, morisquetas, que le hacía su referido compadre, advirtiéndole del sistema de escuchas, videocámaras, del enjambre de soplones, sobre todo, que los espiaban. Hasta que Urdaneta Zerpa ¡al fin! cayó en cuenta y para disimular, se retiró con la promesa de una supuesta invitación a almorzar, en familia, el próximo fin de semana.
Huelga decir, que a minutos apenas, de concluida aquella plática indiscreta, el teniente Mogollón fue hecho ¡Preso, carj…! por el delito de lesa Revolución de no haber delatado, de manera instantánea, a su mencionado compadre, quien, a su vez, había sido chantajeado por su capitán Talavera, para que sirviera de señuelo contra Mogollón, y no ir preso como su mencionado “hermano del alma”.
El cronista, tiene evidencias, plurales, vehementes, concordantes, “de visu” —no referenciales o de oídas—, del referido sistema de delaciones y extorsiones, como política de Estado, para someter al estamento militar venezolano y aquí llegamos adónde no quisiéramos haber llegado:
Que el blindaje de semejante control, es la herencia maldita de la KGB, que la vieja y poco noble URSS, le impuso desde un comienzo a Fidel Castro, cipayo por su ADN, y que este último aceptó gustoso para aferrarse al Poder; que de aquellas lluvias han venido los presentes lodos del G2 través de sus sapos enviados a Caracas.
Dichos extranjeros, espías de los espías locales, deben ser deportados, ipso facto, sin aviso y sin protesto, al lugar de donde vinieron.
Ninguna transición que se diga “democrática” puede tolerar, menos aún, alentar el referido intrusismo extranjero. Los códigos Penal y Militar de Venezuela, castigan acciones semejantes con la severidad de hasta 30 años de prisión.
Esos casi 200 militares venezolanos, presos o, mejor dicho secuestrados actualmente, a quienes se les han negado los beneficios de la fementida Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, no son más que rehenes de tal injerencismo foráneo.
Si la Fiscalía General de la República no sabe de la existencia, en Venezuela, de los chivatos del G2 ni tampoco sabe dónde están, puede comunicarse con el suscrito cronista, quien como medio mundo en Venezuela, está en capacidad de suministrarle las direcciones de los hoteles y pensiones de mala muerte que les sirven de madriguera. Nos abstenemos de hacerlo a través de esta misma crónica, por refractarios que somos de los linchamientos, mediáticos, físicos y hasta supuestamente jurídicos.
Tampoco aspiramos a que les impongan 30 años de cárcel. Después de todo, los infelices intrusos, se encuentran sometidos a situación esclavitud contemporánea, por la narcotiranía entronizada en La Habana que los explota.
Lo que sí demandamos es que, aparejada a la liberación de todo preso político, incluidos los mencionados militares, se deporte, sin dilación, hasta el último invasor extranjero, vengan de dónde vengan, chinos, rusos, iraníes, del ELN y de las FARC, del fundamentalismo musulmán incluidos, por supuesto, los referidos delatores del G2 cubano.
@omarestacio
