
Hay países que sobreviven a la pobreza, la penuria, al desorden político, inclusive, se sobreponen a las guerras y renacen de las cenizas; al enfrentar con valor, sacrificio, constancia y disciplina. Sin embargo, existe una desgracia difícil de revertir; la degradación moral. Cuando se pierde el sentido del honor, la noción de justicia y la vergüenza cívica, nos acercamos al peligroso límite donde incluso la victoria se vuelve estéril. Una enfermedad profunda, corrosiva, dolorosa, la pérdida de la ética.
La indecencia convertida en costumbre, la mentira en método, y la indiferencia en refugio. No se trata únicamente de corruptos que se enriquecen con la miseria, ni de quienes trafican alimentos, medicinas, y menesteres prohibidos, como si comerciaran almas. Es la estructura institucionalizada del cinismo y la desvergüenza, donde los valores que daban sentido, trabajo, recato, pudor, mérito y justicia son reemplazados por el descaro, obediencia servil, picardía e impunidad.
Moralmente inaceptable, exclama el cielo, lleno de inquietud y razón. Insoportablemente doloroso, responde magullada el alma desde el corazón. Hay dolencias que se soportan y hambre que se engaña, pero hay heridas que no cicatrizan, esas que perforan el alma. No llora por falta de pan, lo hace por la desnudez de su conciencia, la pérdida de su proceder, por verse y no reconocerse. Pero no está condenada.
Resulta injusto ver cómo, alguna vez, orgullo de América Latina, se hunde en una especie de resignación colectiva. La sociedad parece haber aprendido a convivir con la indignidad. Se sobrevive, pero no se vive. Se emigra, pero no se escapa. Se calla, pero no se olvida. Y en el ínterin, los responsables se disfrazan de patriotas, platican de soberanía, entregan enseres y utensilios migratorios a la rapiña delincuencial.
Sin embargo, lo indignante no es la escasez ni la inflación, sino la modorra moral, que permite que la humillación se normalice. Es ver cómo una madre mendiga, mientras jerarcas disfrutan lujos y alardes. Cómo el talento huye porque su futuro depende de la sumisión política y no del esfuerzo. Y escuchar cómo la palabra “honestidad” se pronuncia con sorna, como vestigio ingenuo de otros tiempos.
Se pueden perder recursos, infraestructuras y hasta territorio, pero mientras se conserve la dignidad moral, hay chance para levantarse. Hemos sido sometidos a una demolición espiritual. Se destruyó la confianza, se adulteró la educación, se pervirtió la justicia, y se corrompió la política hasta convertirla en quincalla de lealtades compradas. Lo intolerable es la impudicia con que exhiben lo robado frente a una ciudadanía exhausta de insuficiencias. Es la obscena naturalidad con la que se pretende convencer al ciudadano de que la indignidad es el destino, y la humillación es la costumbre.
El drama no está solo en las cifras del hambre ni en las estadísticas del éxodo. Está en la mirada vacía de quien ya no cree. En el silencio cómplice del que teme perder lo poco que tiene. En la sonrisa hipócrita del que aplaude para sobrevivir, en la mentira como hábito, la injusticia como norma, y la mediocridad como requisito de ascenso. Ese es el rostro trágico que amenaza su misma esencia. Una sociedad cansada, agotada de angustias, desmoralizada, sin rumbo, que ha dejado de distinguir entre lo que es aceptable y lo que no lo es. La ruina material es una catástrofe; la moral una tragedia.
Pero la decadencia no es eterna. Todo ciclo de infamia encuentra su límite cuando la conciencia colectiva se sacude y resuelve decir basta. Se necesita, un cambio político, también, una resurrección moral. Una rebelión de principios. Un retorno a lo elemental, a la verdad, a la justicia y al decoro. No hay transición sin ética, ni libertad sin moral. Arrebataron la fe en el otro, en sí misma, en el mañana. Borraron la noción de lo justo; enseñaron que la vida es subsistir, no vivir.
El enemigo más temible no está en las fronteras, ni en conspiraciones, existe en el espíritu resignado que ha sembrado la idea fatal de que nada puede cambiar. La regeneración moral no será un acto espontáneo, ni una concesión. Será ardua, requerirá del temple que forja a los pueblos libres, disciplina en los principios, claridad en los objetivos, y valor, mucho valor, para enfrentar a quienes se benefician de la degradación.
Duele ver a la patria mendigar respeto, lo que es, moralmente inaceptable. Pero el reconocimiento de esa verdad puede ser, paradójicamente, el primer paso hacia su redención. Porque un pueblo que aún se indigna no está perdido; apenas, espera el momento para resurgir. Ninguna tiranía resiste para siempre y cuando recobremos el alma, -y lo haremos-, rescataremos el destino.
@ArmandoMartini

