
México ocupa el lugar número 8 del mundo en exportaciones y Estados Unidos es su primer destino comercial, un país que puede engullir toneladas de mercancía de toda clase. Vivir al lado de Donald Trump también tiene alguna ventaja. A los vecinos del norte les gustan los coches y tienen dinero para comprarlos, pero hace tiempo que cedieron parte de su capacidad productiva en favor de México, donde la jornada laboral le sale más rentable al empresario. En Cuatitlán Izcalli, a una hora y pico de la capital Mexicana, una torre se corona con una marca símbolo del añejo poderío económico de Estados Unidos, la Ford. Allí trabajan miles de obreros y una conversación en español monopoliza sus jornadas laborales y seguramente la de sus cocinas cuando llegan a cenar: los aranceles de Trump. “No se habla de otra cosa”, dice uno de ellos a las puertas de la impresionante factoría. Cómo no, si las tasas que quiere imponer el republicano a las exportaciones mexicanas tienen en vilo a medio país, con su presidenta, Claudia Sheinbaum, a la cabeza.