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Miguel Méndez FabbianiOpinión

Miguel Méndez Fabbiani: ¿Es Delcy una “Pitiyanqui”?

El término “pitiyanqui” pertenece a esa fauna verbal de la política hispanoamericana donde la retórica se vuelve una indiscriminada arma arrojadiza. El término es casi un vituperio, denuesto y escarnio simultáneos. La palabra, según el consenso filológico, surge de la contracción entre “petty” (pequeño, insignificante en inglés) y “Yankee”, designación popular de los estadounidenses en tierras tropicales.

Así, el pitiyanqui es, en la jerga de las izquierdas más inflamadas, el individuo que “rinde obediencia servil a Washington: un vasallo voluntario del poder norteamericano, un acólito del dólar, un cortesano de la Casa Blanca en su país.” Durante el siglo XX el término fue usado con fruición por diversas corrientes revolucionarias que veían en los Estados Unidos a una Roma hemisférica. En su retórica, el pitiyanqui no era simplemente un aliado diplomático del norte; era algo más ignominioso: un lacayo, un cuitado, un adlátere sumiso dispuesto a trocar su sacrosanta soberanía territorial por toda laya de favores dinerarios imperiales.

En la tradición discursiva del socialismo castrista caribeño, el pitiyanqui es el opuesto simbólico del revolucionario antiimperialista. El primero suplica benevolencia al poder extranjero; el segundo proclama “independencia” radical con tono hierático y tremolante. Y, sin embargo, como enseñaba la vieja dialéctica política, nada es más fértil en ironías que la historia de la «realpolitic”de la subregión caribeña.

En los círculos del poder venezolano comenzó a susurrarse que la propia Delcy Rodríguez, heredera del discurso paterno más inflamado del chavismo, habría abierto discretos canales de comunicación con Washington durante los meses previos al colapso militar que condujo a la captura del capo Nicolás Maduro. Investigaciones periodísticas sostienen que miembros de su entorno promovieron ante Estados Unidos la idea de un “madurismo sin Maduro”, intentando presentarla como una alternativa tolerable y digerible para una supuesta transición.

La ironía es de antología: La misma corriente que durante dos décadas denunció las malignidades del “imperio”, habría intentado persuadirlo de que su continuidad, purificada de ciertos personajes incómodos, era la opción más expedita, pragmática y salvífica para la idílica estabilidad venezolana.

Tal maniobra, de confirmarse en los términos más dramáticos que circulan en la rumorología política, equivaldría a un acto de felonía, prevaricación moral y apostasía ideológica contra el propio catecismo revolucionario del castro comunismo que profesaba su violento Sr. padre fallecido.

El episodio que más alimentó tales murmuraciones fue el encuentro entre la usurpadora de la jefatura del estado y el mismísimo director de la Central Intelligence Agency, enviado a Caracas por la administración de Donald Trump para explorar un nuevo marco de cooperación (Extradición de Diosdado y Padrino). En esa reunión, según versiones oficiales difundidas por agencias internacionales, se discutieron asuntos de seguridad regional, narcotráfico y eventuales oportunidades económicas para restablecer vínculos entre Caracas y Washington. Para el observador perspicaz y malicioso, el simbolismo era ineludible: la mala llamada revolución bolivariana que durante años denunció conspiraciones de Langley terminaba sus días pendencieros arrodillada a los designios del Tío Sam.

Y en ese inverosímil gesto diplomático, algunos vieron el germen de una metamorfosis política, casi un acto de transubstanciación ideológica. Las filtraciones sobre los contactos diplomáticos sugerían además un elemento particularmente sensible: el eventual acceso ampliado de empresas estadounidenses al sector petrolero venezolano como parte de un arreglo político a largo plazo (Eso cree ella). Nada más simbólico en la historia venezolana del siglo XX que el petróleo, su explotación y su desigual usufructo.

Durante décadas este recurso no renovable fue descrito por el chavismo como el botín que el “imperialismo Yankee” codiciaba. Pero ahora, según algunos análisistas de la bienpemsancia neo marxista, se planteaba su apertura parcial como garantía de estabilidad económica. La escena ionesca tiene mucho de rocambolesco: el mismo discurso que denunciaba la “rapacidad petrolera” de los capitalistas del norte terminaría invitando a sus corporaciones a participar en la reconstrucción de la industria que ellos destruyeron.

En la Venezuela post 3-E, la coherencia suele ser la primera víctima del realismo geopolítico que embargó a la cúpula castro chavista. Washington, por su parte, no ocultó su interés en asegurar cooperación venezolana en materia de seguridad y lucha contra el crimen organizado. El diálogo con Caracas incluía presiones para cortar vínculos con potencias rivales (chinos, rusos, iraníes y cubanos) y el desmontaje de redes criminales regionales cómo las FARC, ELN, Hezbolla, Hammas, Tren de Aragua y El Cártel de Los Soles. En ese tablero estratégico, el poder militar estadounidense, desde el Pentágono hasta los círculos del United States Department of State, buscan una transición gradual que mantuviera plena estabilidad interna y protegiera sus intereses energéticos.

Para los estrategas de la capital estadounidense, el objetivo era simple: evitar el colapso del Estado venezolano (Conflicto Civil) y garantizar que el Caribe venezolano no se convirtiera de nuevo en santuario de redes criminales o peligrosos rivales geopolíticos. Para los efervescentes retóricos del chavismo, en cambio, aquel diálogo representaba una abjuración, una capitulación inequívoca, una rendición incondicional, una total y absoluta contradicción ontológica.

Hay en todo esto un contraste casi literario de realismo mágico Uslarpietrista. La hija huérfana de un terrorista sanguinario que combatió con su vida al capitalismo estadounidense, una memoria política marcada por tragedias familiares y discursos incendiarios, aparece ahora en el centro de negociaciones con la potencia militar que su propia tradición ideológica demonizó. (Según ella los gringos le mataron a su papá) El destino, siempre irónico y caprichoso, parece disfrutar a mandíbula batiente de tales saltos dramáticos.

Donde antes resonaban erizadas consignas contra “el imperio”, ahora se escuchan reídas y mansas conversaciones diplomáticas, cálculos estratégicos moderados y acuerdos energéticos desventajosos. He aquí, pues, el dilema existencial que agita a los viejos revolucionarios: Si el pitiyanqui es, según la antigua definición, quien termina subordinando su política a la voluntad absoluta del despacho oval.

¿Qué calificativo merece quien predicó durante años la guerra sin cuartel contra “el imperio” y luego figura negociando desvergonzadamente su porvenir personal privado y el desmantelamiento total de su propio régimen narcoterrorista? La respuesta, no la dictará el autor.

El juicio final lo emitirá, la perspicacia sabía y el discernimiento proyectivo de usted querido lector.

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