
Hay situaciones necesarias de esclarecer, porque no basta con correr la arruga. Sobre todo, tratándose de la feligresía católica que deposita su confianza en el obispado.
Hija de Edmundo González, Mariana González de Tudares denunció en su momento que intentaron extorsionarla para liberar a su esposo Rafael implicando los espacios (SIC) del arzobispado de Caracas. Horas después, la diócesis arzobispal negó la especie a través de un comunicado muy breve y, ciertamente, vago, sin contundencia.
Otras horas más tarde, sorprendió a la opinión pública la fotografía tomada en una misión diplomática que incluye al excarcelado Rafael Tudares y a su esposa. Y, en la escena, aparece monseñor Raúl Biord, arzobispo de la ciudad capital.
Afortunadamente, en tres días se produjo la liberación, pero quedó un amargo sabor de los hechos que nos confunden todavía más sobre el papel de monseñor en el curso absolutamente ineludible de los acontecimientos políticos. Tiene un rol que desempeñar, nadie está pidiéndole hacer proselitismo político, pero ese rol le toca cada día más definirlo; por cierto, lejos estamos de sugerir siquiera que, directa o indirectamente, tenga que ver con alguna intención o actividad delictiva, pero luce necesario y le rogamos que se aclaren completamente las cosas para que tomen las previsiones del caso, al menos.
En estas mismas páginas, saludamos su designación arquiepiscopal, atendida la sugerencia del amigo Freddy Millán Borges (https://lapatilla.com/2024/07/01/luis-barragan-biord-castillo/); e, incluso, una o dos semanas antes del mes en curso, acudimos a una misa que dio Biord en un sector popular de la metrópoli con motivo de la designación del novel sacerdote Jesús Herrera como administrador de la parroquia. Suscribimos esta nota como católicos empeñados en ser practicantes y como ciudadanos que deseamos confíar en nuestros pastores a plenitud, pues, es amarga la sensación que quedó luego de la justa excarcelación del señor Tudores.
