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Lo ejecutaron por violar y asesinar a una monja cuando tenía 17 años y una década después el ADN demostró su inocencia

Johnny Frank Garrett, acusado de la violación y asesinato de la hermana Tadea Benz, es escoltado por la policía el 2 de septiembre de 1982. La hermana Tadea Benz fue asesinada el 31 de octubre de 1981 (Foto AP)

 

El difícil, sino imposible, saber quién dijo la verdad sobre las últimas palabras de Johnny Frank Garrett antes de ser ejecutado con la inyección letal el martes 11 de febrero de 1992 en la Unidad Penal de Huntsville, Texas. Según el comunicado oficial del Departamento de Justicia Criminal de Texas “el delincuente se negó a hacer una última declaración”; en cambio, algunos periodistas que asistieron a la ejecución, entre ellos el enviado de APB News, incluyeron en sus crónicas una cita presuntamente textual: “Me gustaría agradecer a mi familia por amarme y cuidarme. El resto del mundo puede besarme el culo”, habría dicho.

Por infobae.com

Johnny Frank Garrett tenía 28 años cuando fue ejecutado por un crimen cometido cuando apenas había cumplido 17 y era menor de edad. La noche del 31 de octubre de 1981, mientras los chicos de Amarillo, Texas, golpeaban disfrazados las puertas de las casas para pedir las tradicionales golosinas de Halloween, alguien violó y asesinó a Tadea Benz, una monja católica del Convento de San Francisco de esa ciudad. La hermana Tadea era una anciana de 76 años y apenas pudo oponerle resistencia a su asesino, que después de violarla la cosió a cuchilladas.

Entre las incontables traiciones del destino que Johnny Frank Garrett sufrió en su corta vida, quizás la peor haya sido que esa misma noche, pero más temprano, entró a robar al convento y alguien lo vio cuando se iba. Los peritos encontraron sus huellas dactilares por todas partes. Eso, sumado a que la policía ya lo había pescado varias veces por cometer pequeños robos y que era un chico de muy pocas luces, hizo que lo detuvieran el 9 de noviembre y los acusaran de la violación y el asesinato. En los interrogatorios, Garrett admitió de inmediato haber entrado a robar – y haber robado – pero negó una y otra vez haber matado a la monja. Para peor, cuando allanaron la casa donde vivía con su familia, los policías encontraron un cuchillo similar – de cocina, de una marca muy común – que el asesino había abandonado ensangrentado en la escena del crimen.

Con todo eso en su contra, nadie creyó en la inocencia de Johnny, que en los interrogatorios mostró tener múltiples personalidades, como la de su alter ego Aaron Shockman, y aseguraba que hablaba con fantasmas, como el de su difunta tía Bárbara. No consideraron que pudiera estar mentalmente trastornado, en todo caso pensaron que era un actor consumado que con esa puesta en escena intentaba escaparle al castigo. Le hicieron pericias psiquiátricas que pusieron en duda su cordura peo, de manera insólita, sus defensores no las presentaron en el juicio donde un jurado lo condenó de manera unánime a morir con una inyección de veneno en la sangre.

Durante una década, organizaciones opuestas a la pena capital, peritos psiquiátricos, Amnistía Internacional y hasta el papa Juan Pablo II pidieron por su vida sin éxito. Cuando lo ejecutaron tenía 28 años y seguía recibiendo la visita de su tía Bárbara y otros difuntos en su celda del pabellón de la muerte. La historia podría haber terminado ahí, con su muerte y un cúmulo de dudas sobre si al condenarlo no se había cometido una injusticia, hasta que en 2004 un análisis del ADN extraído de la evidencia encontrada en el lugar del crimen y sobre el cuerpo de la malograda hermana Tadea demostró que el asesino era otro. Para Johnny ya era tarde, porque sus huesos llevaban más de una década bajo tierra.

El secreto de Johnny

Johnny Frank Garrett nació en Amarillo en la nochebuena de diciembre de 1963, pero su llegada al mundo no fue la de un bendecido. Su infancia no tuvo nada de feliz: fue abusado sexualmente por sus padres y una de sus abuelas, que también lo entregaron para ser grabado en películas pornográficas. De todo eso, lo de las películas terminó siendo decisivo para que no pudiera defenderse durante el proceso judicial ni darles más peso a sus pedidos de clemencia luego de ser condenado. “Johnny estaba más aterrorizado de ser reconocido en las películas pornográficas que había hecho cuando era niño que de su inminente ejecución”, escribió en sus apuntes la psiquiatra forense Dorothy Lewis, que lo entrevistó varias veces mientras realizaba un estudio sobre catorce menores de edad condenados a muerte.

La doctora Lewis era una estudiosa del llamado trastorno de identidad disociativo, también conocido como trastorno de personalidad múltiple. Se la llamaba de manera asidua como testigo experta de la defensa durante los juicios de varios asesinos de alto perfil, donde sostenía que algunos asesinos eran impulsados a cometer sus crímenes por personalidades alternativas. Su teoría era y es objeto de controversias, aunque el caso de Johnny Garrett parecía encajar en ella casi a la perfección.

Al principio, Lewis creía que Garrett era esquizofrénico, tenía daño cerebral y estaba profundamente enfermo. Pero cuando lo vio en una entrevista televisiva hablando de cómo su difunta tía Barbara le habló en su celda, cambió su opinión y empezó a creer que tenía múltiples personalidades. Decidió entonces viajar a Huntsville para impedir su ejecución. “El Estado de Texas está a punto de ejecutar a un hombre loco por un acto cometido por un niño loco”, sostenía.

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