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Las últimas cuatro nominadas al Oscar: sociopatía, horror político, poesía y un enigma

Esta semana se corona con la ceremonia de los Premios Oscar. El tiempo ha vuelto a tirarnos a la lona, así que en esta entrega haremos una crónica express de las películas nominadas restantes, con respecto a las seis que hemos comentado en este mismo espacio. Lo haremos en un subjetivo orden jerárquico de mayor a menor oportunidad en los galardones. La selección de este año es hartamente variada, fiel a las tendencias de corrección política y de abarcar la mayor cantidad de géneros posible. En este último grupo están un producto poderoso de casi arrolladora energía, una película latinoamericana, un filme poético y un supuesto blockbuster. Esta vez privilegiaremos nuestro juicio por sobre la objetividad detallada acerca de estos títulos. Así que… ¡Acción!

Sueños y delirios americanos

Lo disruptivo adquiere potencia de tren de Alta Velocidad en Marty Supreme, de Josh Safdie, su primer filme en solitario, hecho casi a la medida del astro juvenil del momento, tanto que algunos han llegado a opinar que la historia de Timothée Chalamet y la del tenista hiperambicioso, narcisista, inescrupuloso, manipulador, dotado y de rauda inteligencia, pero con el sentido moral y la empatía de un sociópata, no difieren demasiado. Probablemente todo sea producto de la envidia masculina, pero Safdie sabe aprovechar cada gramo de ese aura y del innegable carisma del actor para su película, la cual descansa briosamente sobre su cuerpo. La actuación casi eléctrica de Chalamet y el ritmo desenfrenado de Safdie construyen una narración, perfectamente sintonizada con la psicología del personaje y su desesperada tentativa de escalar a una cima que, salvo por su talento, está absolutamente fuera de sus posibilidades. 

El mismo Safdie ha declarado que Marty Supreme es un retrato descarnado del proverbial “sueño americano”, la fantasía y la cultura de que en Estados Unidos puedes ser lo que quieras, siempre y cuando tengas constancia, fuerza y visión de individuo. Es un asunto recurrente en el cine de ese país y ha sido contado de diferentes maneras, desde su exaltación épica a su crítico desmentido: desde El Gran Gatsby hasta el Caracortada de Pacino y De Palma; desde The Mountainhead de Ann Rynd, Gary Cooper y King Vidor (1949) hasta Saturday Night Fever con John Travolta. Marty Supreme tiene un poco de todos estos filmes en el encanto del personaje, los ribetes delirantes de la historia que va del sueño desquiciado a la pesadilla casi sin transición, la fuerza titánica del personaje y su capacidad amoral para sortearlo todo. 

El Estados Unidos vencedor de la Segunda Guerra Mundial, su economía pujante pero desigual en su distribución, los prejuicios raciales, la obsesión de los estadounidenses con las mascotas, el Japón levantándose tercamente de sus cenizas en el deporte, la exaltación del talento deportivo (beisbol, fútbol americano, natación, gimnasia, tenis de mesa) en esta cultura, el oropel falso de las estrellas de cine, la arrogancia y prepotencia de los empresarios y negociantes, todo se revuelve abigarradamente en Marty Supreme, como una vorágine que tiene como epicentro la figura nerd, con rostro de Benny Goodman, del ambicioso tenista, que no puede dominarse a sí mismo ni ver el abismo por el cual está constantemente a punto de caer.

Safdie y Chalamet logran el prodigio de que un personaje tan intragable irradie, a pesar de su ferocidad y reprensible conducta, un magnetismo que nos arrastra por las dos horas largas de su historia tumultuosa e increíble.

Las últimas cuatro nominadas al Oscar: sociopatía, horror político, poesía y un enigma
Flyer: Marty Supreme

Horrores no precisamente secretos

De las fantasías delirantes de la potencia más poderosa del planeta descendemos a la Latinoamérica atrapada en sus taras políticas e idiosincráticas. Kleber Mendonça Filho escribe y dirige una película que se apoya, al tiempo que lo deconstruye, en el proclamado realismo mágico de nuestro continente: cadáveres abandonados al sol, la policía indiferente al insólito suceso, una pierna humana depositada en el vientre de un tiburón, que luego vaga sola por la ciudad agrediendo a malhechores y desvergonzados, todo en el marco de una dictadura tan típicamente nuestra donde estos extravíos imaginarios cobran factibilidad pues se enmarcan dentro de un horror aún mayor que persigue personas, las ejecuta, las desaparece, las encarcela, y en el cual la corrupción administrativa y de justicia imposta instancias, dispone prebendas, esconde y protege a sus propios enemigos, mientras hace que una clandestinidad se oculte y active por los intersticios que el poder descuida.

Amparada en una fotografía que reproduce luz y color envejecidos, los de los cincuenta años transcurridos, El agente secreto nos retrotrae a ese pasado reciente que no puede ni olvidarse ni terminar de erradicarse. La película nos devuelve a esos años que la asocian con esa joya del año pasado, Aún estoy aquí, de Walter Salles: los terribles años setenta de las dictaduras militares suramericanas, pero mientras esta película se erige sobre la crudeza casi de documental, la de Mendonça Filho lo hace sobre la exageración, la contraposición de la pesadilla imaginaria contra la fáctica vestida de milicia, armada y oscura como un calabozo o una tenebrosa desaparición.

Wagner Moura debe transitar del pasado al futuro, como también lo hace a su manera Fernanda Torres en Ainda estou aquí, y explicar, hasta donde es posible, una historia de muchas aristas, pero que en el fondo es la de la disolución de una familia perseguida por la criminal asociación de un estado represivo y unos industriales corruptos que se apropian de las estructuras e iniciativas oficiales. La narración desperdigada entre grabaciones inconexas, recortes de periódico, rumores, testimonios recuperados arma un rompecabezas donde las lagunas las cubre lo inverosímil cotidiano, los tiroteos descabellados y callejeros, la anomia criminal y policial, y la sangre desbordada.  Eso que para el mundo es realismo mágico es la sombra de nuestra inacabable pesadilla diaria. Ese perfil narrativo que oscila entre la alucinación y lo más crudamente sólito da méritos a El Agente secreto para estar tan cerca de los premios de este año y los que ya ha obtenido.

Las últimas cuatro nominadas al Oscar: sociopatía, horror político, poesía y un enigma
Flyer: El agente secreto

El bosque de símbolos

En una edición distinta, al lado de películas menos intensas, audaces, aglutinadoras de épocas, modernidad y violencia, Train Dreams, el fascinante filme de Clint Bentley, sería mi favorita de estos premios. Se trata de una película que pareciera no necesitar nada más que colocar la cámara enfrente de los seductores paisajes, los cielos atravesados de las copas de los árboles o los innumerables crepúsculos que la empapan durante casi toda la proyección, pero no. Conducidos por la corriente gentil, casi serena de sus imágenes y su narrativa, puede apreciarse, sin demasiado esfuerzo, en primer lugar, una intención de asimilar el ritmo de la película al de la vida de su protagonista, como en aquella ambición del cine de la Nouvelle vague francesa, pero sin perder las mínimas intrigas ni la sensibilísima humanidad de sus personajes. La de Robert Grainier es la vida de un hombre sembrada de cosas, avatares, personas, experiencias que le llegan más que él ir en pos de ellas: el trabajo, los trenes, los cambios en su derredor, el bosque en el que decide vivir y que atraviesa permanentemente, los ríos que fluyen incesantes también como la historia misma, el amor, la familia, la felicidad, el fuego, la pérdida, la ausencia, la soledad, la pesadumbre, la amistad que para él tiene el mismo signo fatal de lo pasajero, los fantasmas de sus haceres y sus omisiones, la culpa, el esfuerzo, las idas y los regresos, la espera igualmente infatigable, la voluntad de no disolverse en el dolor que lo agobia, la vida itinerante que le da lo que tiene y lo que fue, y de la misma manera silente e imprevista se lo arrebata.

Es notable cómo Bentley logra adosar los frondosos diálogos y parlamentos de sus personajes con las imágenes, sus pasajeras subtramas con los horizontes o los planos generales de los árboles erectos o derribados y los símbolos que van diseminándose por el filme: el bosque mismo, uno y múltiple; las botas clavadas en los árboles como testimonio de la fugaz presencia humana frente a la constancia de los robles y las secuoyas, los paisajes que se perfilan contra las entradas de las grutas, las puertas abiertas o entreabiertas o las ventanas, los que se entremeten raudos por las compuertas de los trenes en movimiento hasta llegar gradualmente al mirador de la observadora forestal. Grainier ha ido ascendiendo sin darse cuenta desde la tierra laberíntica hasta la altura más allá de los árboles que corta hasta lograr ver el más infinito horizonte. Al final lo vemos contemplando el mundo en emulación del célebre astronauta, en visión 360. Hermoso mensaje para quienes, como él hemos perdido de manera abrupta e incomprensible lo que daba sentido y justificaba la existencia: ese paisaje total, ese horizonte que se curva, ese soñar sobre la vieja metáfora del tren que nos traslada de una estación a otra de la vida, y donde no hay más destino que el viaje mismo. La vida no es lo que queremos o perseguimos, sino lo que nos otorga o arrebata en su mera contingencia.

Los faros de este viaje de Train Dreams son la paciente y atormentada figura de Joel Edgerton tratando de descifrar el sentido de lo que le ocurre; Felicity Jones, más encantadora que nunca, apropiándose de los matices crepusculares que delinean sus imágenes; la figura patriarcal, como de fantasma desde siempre de William H. Macy como el leñador veterano; la breve pero balsámica intervención de Kerry Condon, que lo redime en la sintonía del mismo dolor inalienable y del que ella también es superviviente, y por supuesto la poética y en muchos momentos virtuosa fotografía del brasileño Adolpho Veloso, que deja penetrar la luz incluso en los momentos más sombríos de la trama y da al bosque esa silueta simbólica de la dialéctica fugacidad/permanencia. Imágenes, escritura e historia que hacen de Train Dreams un verdadero poema visual.

Las últimas cuatro nominadas al Oscar: sociopatía, horror político, poesía y un enigma
Flyer: Train Dreams

Epílogo a toda velocidad

No puedo dejar, en estas líneas finales, disculparme con los fans de Brad Pitt (entre los cuales, me cuento) y de las carreras de Fórmula 1, que alguien me enseñó a amar, y que cuando se fue se las llevó con ella, por liquidar tan brevemente la última nominada a los Oscar: F1, de Joseph Kosinski, y es que, por lo hartamente predecible de su trama y peripecias y por lo decepcionante en el plano técnico que resulta, pues se queda lejana en su intento de transmitir visualmente el frenesí y la pasión de la velocidad que este deporte concentra; me resulta absolutamente incomprensible qué hace en este podio de 10 polémicos, vigorosos, inspirados, emocionantes e importantes filmes de la temporada. 

Las últimas cuatro nominadas al Oscar: sociopatía, horror político, poesía y un enigma
Foto cortesía: F1

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