En el complejo tablero de la política, donde las percepciones suelen pesar más que los hechos, existe una maniobra tan tentadora como peligrosa: jugar en posición adelantada. El término, rescatado de la gramática del fútbol, describe a aquel jugador que, en su afán por marcar el gol de su vida, se sitúa por delante de la línea defensiva del adversario antes de que el balón le sea entregado. El resultado en la cancha es predecible: el silbato suena, la jugada se anula y el ímpetu se transforma en frustración. En la política, sin embargo, el costo de este offside no es solo un tiro libre en contra; puede significar el aislamiento absoluto o el fin de una carrera ascendente.
Jugar posición adelantada no es sinónimo de ser rápido o diligente. La velocidad en política es una virtud; la precipitación, un vicio. El actor que se adelanta suele estar movido por una mezcla de mesianismo y desconfianza. Cree, fervientemente, que su visión es la única válida y que los tiempos de la unidad —siempre más lentos y deliberativos— son un lastre para sus ambiciones.
Esta conducta se caracteriza por la ruptura del consenso. Mientras un equipo de coalición o una dirección nacional, trabaja en la construcción de una plataforma sólida, el «adelantado» decide dar un paso al frente de manera unilateral. Anuncia candidaturas que nadie ha validado, filtra acuerdos que aún están en fase de borrador o, peor aún, establece alianzas paralelas con el adversario bajo la premisa de que «él sabe lo que hace».
Si miramos el panorama regional, el ejemplo de Colombia con la consulta del pasado domingo nos deja lecciones valiosas. Figuras como Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo lograron sumar más de 5 millones de votos porque respetaron el proceso. Hubo otros, en cambio, que intentaron jugar posición adelantada meses antes, proclamándose ganadores antes de que se abrieran las urnas o intentando dinamitar la consulta mediante ataques personales. ¿El resultado? Quedaron fuera de juego, mientras que quienes esperaron el momento del «pase» preciso hoy ostentan la legitimidad del voto popular.
En Venezuela, la historia es aún más cruda. Hemos visto a lo largo de décadas cómo el ego de ciertos dirigentes los ha llevado a anunciar rutas mágicas o salidas inmediatas sin contar con el respaldo de sus aliados. Estas posiciones adelantadas no solo han confundido a la ciudadanía, sino que han servido en bandeja de plata la excusa perfecta para que el sistema autoritario anule las jugadas de la alternativa democrática. El reconocimiento reciente de ciertos actores internacionales a figuras del oficialismo, como el caso de Delcy Rodríguez por parte de Washington este marzo de 2026, obliga a una lectura milimétrica. Quien intente capitalizar este evento jugando posición adelantada para beneficio propio, sin una estrategia de unidad nacional, corre el riesgo de ser visto como un oportunista por la comunidad internacional y por el propio electorado.
Para identificar a quien juega adelantado, debemos observar tres rasgos fundamentales:
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El Secuestro de la Narrativa: El actor intenta imponer un hecho cumplido. «Yo ya decidí, ahora súmense ustedes», es su lema implícito.
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La Desconexión con la Base: Generalmente, estas jugadas se hacen en las cúpulas o en redes sociales, ignorando el sentir y la organización de las estructuras partidistas.
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La Vulnerabilidad Estratégica: Al adelantarse, el dirigente queda expuesto. Se convierte en el blanco primario de los ataques del gobierno, perdiendo el «escudo protector» que brinda la acción colectiva.
La política es, ante todo, un ejercicio de ritmo. Saber cuándo hablar es tan importante como saber cuándo callar. En la construcción de una alternativa seria para toda Venezuela, la disciplina estratégica es innegociable. Jugar en posición adelantada puede generar un titular de prensa hoy, pero asegurar un olvido político mañana.
El verdadero estadista entiende que el balón debe circular por todo el campo. Entiende que la fuerza de cualquier plataforma de cambio reside en que el gol sea el resultado de un pase colectivo, donde el mérito se comparta y la victoria sea sostenible.
No nos dejemos seducir por el brillo efímero de la primicia o el anuncio solitario. En un país que clama por instituciones sólidas y liderazgos confiables, la mayor audacia no es saltarse la fila, sino tener la entereza de marchar al paso de la unidad. Aquellos que hoy juegan posición adelantada deben recordar que, en este estadio llamado Venezuela, el pueblo es un árbitro implacable que ya no acepta goles marcados fuera de las reglas del consenso y la transparencia.
Construyamos el triunfo paso a paso, con la mirada en el arco, pero siempre con los pies detrás de la línea de la coherencia.
Noelalvarez10@gmail.com
