
En tiempos de crisis, suele presentarse una seducción de apariencia racional; la de postergar la libertad en nombre de la urgencia material. Pero, lejos de ser una solución, constituye una trampa histórica que condena a las sociedades a cambiar hambre por servidumbre. Y, lo que sigue, es la estafa del pragmatismo sin principios. Una reflexión sobre los fundamentos éticos y políticos que deben guiar cualquier reconstrucción genuina.
Quienes sacrifican la libertad en nombre de la estabilidad económica suelen perder ambas. La historia es testigo de este intercambio fallido e ilusorio. El autoritarismo contemporáneo con frecuencia se disfraza de resignación, a veces distinguido y con portafolio. Ya no llega con uniformes, se viste de tecnocracia. Se presenta con gráficos, promesas de inversión y un lenguaje que exige, silencio político y del espíritu. Sobre Venezuela, se cierne un peligro más refinado que la represión, la aterradora idea de que el hambre puede saciarse mientras la dignidad y el alma están encadenadas. La tentación de sacrificar la democracia no es pragmatismo, sino un signo tamizado de rendición. Equiparar esta renuncia con «realismo», es capitulación elegante.
A cambio de hacerse el loco, ante los tribunales sometidos y urnas intervenidas, se exhiben indicadores macroeconómicos y flujos de capital. Pero una discusión que omite la libertad no es técnica, es fundacional. El comercio sin derechos no es progreso sostenible, es un mercado distorsionado que consolida privilegios. No debe confundirse la quietud impuesta con estabilidad. Un país que abre cuentas bancarias mientras cierra espacios cívicos es un espejismo institucional con fecha de caducidad. El comercio sin libertad no es progreso; es contrabando de dignidad.
La historia derrocha ejemplos de naciones que, por falta de carácter, sacrificaron sus derechos. Cuando el pragmatismo se divorcia de los principios y la moral, no nace el orden, sino la tiranía financiada, una autocracia con estados contables presentables y conciencia inexistente. Esa lección no admite revisiones oportunistas.
Ceder al cinismo, a la fatiga moral que justifica pactos con el argumento de que «el pueblo no come votos» es un error histórico. El capital no invierte en principios abstractos, pero tampoco florece en la incertidumbre jurídica. La libertad no es un lujo pospuesto, es el cimiento de toda prosperidad duradera. Construir sobre su ausencia y llamar «idealismo» a ese atajo es edificar sobre arenas movedizas.
El recto proceder exige rechazarlo, no basta con desear un buen fin como la recuperación material, los medios deben honrar la dignidad humana y el contrato social. Legitimar estructuras que violan derechos fundamentales, por «eficaces» que parezcan, es traicionar la justicia sobre la que se edifica una república. El camino correcto fortalece instituciones, restaura la soberanía popular y somete el poder a la ley. Transigir, es perder la brújula moral que distingue una reconstrucción auténtica de una rehabilitación del despotismo.
El dilema no es entre economía y democracia, sino entre dos modelos de sociedad, uno que prioriza una reconstrucción rápida pero excluyente, y otro que entiende que la recuperación solo será estable si es justa, participativa y legítima. El pan sin libertad no conduce al desarrollo compartido, lleva a la esclavitud moderna. Una economía que crece bajo el yugo político no produce ciudadanos, engendra consumidores pasivos y súbditos.
Una «apertura económica» sin libertades políticas no es desarrollo, es, con demasiada frecuencia, el reparto de rentas entre élites nuevas y desechos pasados. El silencio electoral y la democracia decorativa no alimentan a largo plazo, condenan a la desigualdad estructural. Los datos globales son consistentes, las crisis humanitarias ocurren en regímenes cerrados, no en democracias funcionales.
Si permitimos que las agendas de inversión dicten el ritmo de las libertades, habremos cometido un fraude contra la idea misma de sociedad justa. Aceptar que primero debe llegar el mercado y luego -quizás- la libertad, equivale a concederle al autoritarismo una prórroga con lenguaje contable. Una nación que recupera pozos petroleros, pero mantiene cárceles llenas de disidentes no se ha recuperado, solo ha maquillado su opresión.
La comunidad internacional no puede ser cómplice de esta fantasía rentable. La cooperación económica debe ligarse a avances tangibles en libertades civiles, justicia independiente y elecciones libres. Los estómagos se llenan de manera sostenible cuando las manos son libres para trabajar, crear y exigir derechos. Todo lo demás es gestión tecnocrática del sometimiento.
Pensar en estabilidad a costa del olvido ético es una temeridad histórica. La prosperidad sin democracia no es pragmatismo; es humillación con buena contabilidad. Y, como enseña la historia, termina siendo frágil, desigual y efímera.
Venezuela debe reconstruirse completa, libre para comerciar, pero sobre todo para decidir. Si permitimos que se apague la luz de la libertad en nombre de un realismo mal entendido, la historia -y nuestro futuro- no nos absolverá.
@ArmandoMartini
