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La saña contra Ramón Centeno: cuatro años preso por ser periodista

Ramón Centeno habla durante una entrevista con EFE en Caracas (Venezuela). EFE/ Miguel Gutierrez

 

Por María José Dugarte | la vida de nos

Enero siempre es un nuevo comienzo. Una oportunidad colectiva de hacer las cosas mejor, de volver a empezar, de trazar propósitos personales, de avizorar el porvenir. Para el periodista Ramón Centeno —nacido el 2 octubre de 1987— hay dos eneros que han sido más bien un renacimiento.

El primero fue el de 2021.

El 31 tuvo un accidente vial. Sufrió graves lesiones —le reconstruyeron la cadera y el fémur, y luego lo sometieron a fisioterapia para volver a caminar— pero salió con vida.

El segundo fue el de este 2026.

El 14, muy temprano, un militar llegó a su celda y gritó: “¡Vistan a Ramón Centeno que se va en libertad!”.

Siempre le dio pena que lo asistieran en ese proceso tan íntimo y cotidiano de cubrirse el cuerpo con ropa, pero no podía hacerlo solo. En la cárcel, había aprendido muchas cosas. A escuchar a otros y a sí mismo, a releer, a educar, a hacer mejores preguntas y, sobre todo, a aceptar su discapacidad motora (que se agravó debido a las condiciones de reclusión).

Mientras lo vestían, Ramón se preguntaba cómo sería volver a sentir el sol en su piel. Sonrió de solo imaginarlo. Las ocho veces que lo sacaron al mundo exterior durante los cuatro años de encarcelamiento fue para llevarlo al médico: entraba a un vehículo, se bajaba en un hospital; se montaba en el mismo vehículo, se bajaba en la cárcel. Las salidas solo significaban emergencia, dolor, sangre, medicamentos. Nunca hubo tiempo para apreciar la naturaleza, la tibieza del sol.

Ramón también pensaba en la luz natural, porque apenas llegó al Comando Nacional Antidrogas de Caracas quedó inmerso en la oscuridad. No es una metáfora. Los funcionarios sellaron la única ventana que había en su celda para que no se colaran los rayos de sol ni el viento.

Aquella mañana todo pasó muy rápido. Estaba absorto, dudoso. Se debatía entre creer o no creer.

Pero sí, era verdad. Ya fuera de los barrotes, bajo el sol, abrazando largo a Omaira Navas, su madre, sintió por fin que no era un sueño.

“Estoy libre”, se dijo.

A Ramón Centeno lo conocían como El Bolígrafo. Se sentía cómodo con ese mote porque desde niño encontró en la escritura una forma de vida: le parecía fascinante registrar su vida y la de otros. Contar el mundo se le antojaba una tarea necesaria. De hecho, fue la palabra escrita lo que le permitió reflexionar y darse cuenta de su sentido de justicia y servicio.

—Yo veía que mi casa era de cemento, con techo de zinc y patio, pero mis vecinos no tenían eso, vivían en ranchos, y me dolía. Me decía: “¿Por qué ellos no viven igual que yo?”.

Ramón habla ahora desde una cafetería caraqueña. Es la tarde de un día lluvioso de este enero que ha resultado infinito. Todavía está en el proceso de apropiarse de su libertad, de su tiempo. Es paradójico que le cueste asimilar que ya todo pasó. Necesita hablar. Se explaya recordando, tratando de entender cómo es que terminó tras las rejas, porque no lo entiende aún. Trata de darle un sentido a su propia historia.

Cuenta que fueron sus inquietudes, poco comunes entre los jóvenes de su entorno, las que lo llevaron a un espacio en el que sintió que había posibilidades de ayudar al prójimo: a los 17 años cuando participó en la fundación de la juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en Guárico, el estado llanero donde nació y creció. Su militancia política le permitió impulsar la construcción de viviendas más dignas en su comunidad, y explorar el país.

—Viajé con Chávez por muchas regiones —recuerda—, conocí a mucha gente. Aprendí de socialismo y comunismo. Sentía que la revolución era el camino de la verdad; para mí, era una causa hermosísima. Dejé toda mi adolescencia y parte de mi adultez allí. Vivía en una burbuja.

A la par de su militancia política, Ramón estudió periodismo. Escribió en varios portales pequeños, fue corresponsal de la Agencia Venezolana de Noticias y, a sus 30 años, comenzó a cubrir sucesos en el diario Últimas Noticias. Vio cómo sus colegas perdían sus puestos de trabajo por el cierre de medios y cómo renunciaban por la censura.

Pero él, sin embargo, seguía pensando que estaba haciendo periodismo libre.

Esa burbuja en la que dice que vivía era endeble: explotó en febrero de 2022 justamente por ejercer ese oficio.

Ni siquiera él estaba a salvo.

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