Image default
Gehard Cartay RamírezOpinión

La revolución cubana: ¿fin de la farsa?, por Gehard Cartay Ramírez

Todo pareciera indicar que la farsa sexagenaria de la llamada Revolución Cubana está aproximándose a su final, al igual que el actual régimen venezolano, hasta hace poco tutelado por aquélla.

Cuba ha terminado siendo un Estado fallido y un país donde el hambre y la miseria acogotan a la gran mayoría de sus habitantes. Un país paralizado totalmente, sin energía eléctrica ni de ningún otro tipo y donde la gasolina que se le enviaba gratuitamente desde Venezuela era revendida para beneficiar a la cúpula podrida en el poder. Un país en ruinas, demolido por la casta oligárquica corrupta que lo maneja desde hace 67 años, luego de haberle “chuleado” miles de millones de dólares en todo este tiempo a los soviéticos, a los europeos y a nosotros los venezolanos. Toda esa mil millonaria ayuda se la cogieron los Castro y su grupito, sin que haya beneficiado en algo al sufrido pueblo cubano.

La verdad es que la dictadura castrocomunista de Cuba, instaurada desde 1959, ha sido siempre una larga pesadilla que durante mucho tiempo fue ensalzada, elogiada y señalada como “una utopía posible” por gente de izquierda –autocalificados de “progresistas” (¿?)–, intelectuales y artistas de renombre mundial, muchos de los cuales nunca pisaron el suelo cubano, pero que, sin embargo, se atrevían a poner todo su prestigio en la defensa y enaltecimiento de una de las peores dictaduras latinoamericanas.

Sólo después que los terribles datos de la realidad cubana se colaron por los intersticios que lentamente comenzaron a abrirse fue cuando algunos de estos intelectuales y antiguos propagandistas comenzaron admitir que aquel “paraíso comunista” era una gigantesca mentira, sostenida con los recursos de un Estado manejado por la familia Castro y sus protegidos, que nada han hecho por superar las difíciles condiciones de vida en aquella isla.

Mario Vargas Llosa fue uno de los primeros en denunciar tal pesadilla y, poco a poco, algunos lo fueron secundando hasta que comenzó a consolidarse la opinión mayoritaria de que en Cuba nunca se produjo una transformación verdadera en beneficio de su pueblo y que, en realidad, lo que sus gentes han sufrido en estos sesenta largos años constituye un capítulo insólito de pobreza, esclavitud y hambre.

Pero la realidad ha demostrado que la llamada Revolución Cubana ha sido siempre un mito y una mentira, es decir, una farsa histórica como pocas. Si hubo gente que la ensalzó durante mucho tiempo presentándola como un ejemplo para el mundo  es porque, definitivamente, resulta muy cierto aquello de que “nadie experimenta en cabeza ajena”.

Y es que, durante varias décadas, como queda dicho, a muchos de esos propagandistas no les conmovía el sufrimiento y la opresión del pueblo cubano. Hoy, cuando Venezuela padece una experiencia que tiene algunas similitudes –y sobre la cual, insisto, hubo una indudable influencia de la cúpula castrocomunista–, también existen afuera quienes que no reconocen aún la tragedia venezolana actual por razones ideológicas y también crematísticas, como tampoco lo hicieron con la cubana en su momento.

Porque, por desgracia, todavía existen ciertos izquierdistas de otras latitudes que niegan la gravísima crisis de Cuba y aún hablan maravillas del proceso chavomadurista. Allí están, por ejemplo, los voceros de Podemos y otros grupos extremistas en España, financiados desde su origen por el régimen venezolano, a quienes –por supuesto– no les duele en modo alguno la actual tragedia de Venezuela, como no les importó tampoco la tragedia de Cuba, ni antes ni ahora.

Esa misma situación ya se había producido con los casos de las revoluciones soviética y china, sin faltar también lo sucedido en Europa Oriental y en Corea del Norte. También entonces se cantaron loas a aquellas experiencias y se desplegaron redes de propaganda y apoyo a nivel mundial, algo en lo que siempre han sido expertos los comunistas. Aquella empresa llegó a niveles paroxísticos que incluyeron una lamentable jaculatoria “poética” de Pablo Neruda al “padrecito” Stalin, entre otras actuaciones que hoy pertenecen a la historia universal de la infamia. Al final, la “modélica” Unión Soviética se derrumbó como un castillo de naipes y la China maoísta adoptó un capitalismo salvaje en lo económico, sin dejar de ser una dictadura comunista, injerto que, al parecer, le ha funcionado.

Se podría decir que todo lo señalado forma parte de la solidaridad automática de cierta izquierda mundial con las dictaduras que asumen tal etiqueta, por lo cual nunca aceptan que son asesinas, ni que empobrecen al pueblo, ni que violan los derechos humanos, ni que son corruptas, y aducen siempre son mejores que las democracias “burguesas”, todo ello en virtud de que su carácter izquierdista las dota de una supuesta “superioridad moral” por el sólo hecho de serlo. Todo lo cual concluye siempre en que sus críticos sean juzgados como derechistas, fascistas, imperialistas, reaccionarios, oligarcas, etc., etcétera.

Por lo visto, en el caso cubano, sus panegiristas terminarán haciendo el ridículo histórico, no sólo porque la llamada Revolución Cubana fue desde sus propios inicios una gran farsa que empobreció a aquel país como nunca antes, sino, además, porque hoy pareciera que vive sus últimos momentos.

Related posts

Argentina: nunca más, 50 años después

VenezuelanTime

Humberto García Larralde: ¿Dónde Estamos?

VenezuelanTime

Orlando Viera-Blanco: Ella eligió bien… Gracias

VenezuelanTime