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I. El rumor de los que no se rindieron
No sin cierta vergüenza —una vergüenza leve, casi cómica, como la que se siente al ser sorprendido en un acto de nostalgia del que uno ya debería haberse curado— debo confesar que fue en esas horas muertas de la madrugada, cuando el país duerme y solo los fantasmas se atreven a caminar, que volví a preguntarme por aquellos hombres. Esa estirpe de inadaptados que, contra toda razón, contra toda posibilidad, contra la evidencia misma de la derrota, decidieron enfrentarse al poder más sólido que había conocido Venezuela.
Porque no rendirse, en ellos, no era un simple acto de terquedad. Era una forma de estar en el mundo. Una manera de habitar la existencia que se nutría de fuentes más hondas que el cálculo político o la ambición de poder. No rendirse era, para estos hombres, la única respuesta posible a la pregunta por la dignidad. Era la convicción —no siempre consciente, no siempre formulada, pero siempre presente— de que hay cosas que un hombre no puede aceptar sin dejar de ser lo que es. La libertad, sí. La justicia, también. Pero sobre todo, algo más íntimo, más difícil de nombrar: la fidelidad a sí mismo, el pacto secreto que cada uno hace con su propia sombra, la promesa de no traicionar eso que se es aunque el mundo entero se empeñe en demostrar que esa fidelidad es inútil.
¿De qué se nutría ese espíritu? Se nutría, en primer lugar, de la memoria. De esa memoria larga que los venezolanos parecemos haber perdido, esa capacidad de recordar no solo las fechas y los nombres, sino el olor de las derrotas, el peso de las humillaciones, la textura de las esperanzas frustradas. Ellos recordaban. Recordaban la Venezuela que había sido antes de Gómez, la de los generales liberales y los caudillos federales, la de las montoneras y los alzamientos. Recordaban a sus padres y abuelos contando historias de guerras que parecían epopeyas. Y ese recuerdo les impedía aceptar el silencio como forma de vida.
Se nutría, también, del resentimiento. Pero no de ese resentimiento pequeño que envenena el alma y convierte a los hombres en seres mezquinos, sino de un resentimiento más noble, más limpio: el que nace de la conciencia de una injusticia. El que produce la certeza de que el orden establecido no es solo opresivo, sino también ilegítimo. El que lleva a mirar a los poderosos no con envidia, sino con desprecio. Ese resentimiento —que los aristócratas conspiradores como Armando Zuloaga Blanco sentían a los andinos como advenedizos que ocupaban su lugar; que los militares profesionales como Delgado Chalbaud sentían hacia el nepotismo que bloqueaba su carrera luego de la pelea con su compadre Juan Vicente Gómez; que los jefes regionales como Rafael Simón Urbina o Emilio Arévalo Cedeño sentían hacia el centralismo que desconocía sus fueros— era el combustible de su rebeldía.
Se nutría, además, de la arrogancia, de esa soberbia decimonónica. De ese orgullo viril, casi primitivo, que lleva a los hombres a preferir la muerte a la humillación. El orgullo de no doblegarse, de no pedir perdón, de no aceptar que otro decida por uno lo que está bien y lo que está mal. El orgullo que llevó a Racamonde a seguir escribiendo versos en La Rotunda, sabiendo que cada palabra podía ser la última. El orgullo que llevó a Urbina a lanzarse sobre Curazao con 250 hombres, sabiendo que las probabilidades de éxito eran mínimas. El orgullo que llevó a Arévalo Cedeño a mantenerse en armas durante años, durmiendo en el monte, comiendo lo que encontraba, resistiendo.
Pero se nutría, sobre todo, de la esperanza. De una esperanza que no era optimismo —porque el optimismo, cuando se enfrenta a la evidencia, se convierte en estupidez—, sino otra cosa, más rara y más difícil: la convicción de que el futuro no está escrito, de que la historia no ha terminado, de que por más sólido que parezca el poder, siempre hay una grieta por donde puede colarse la libertad. Una esperanza que no se alimentaba de cálculos racionales, sino de algo parecido a la fe: la fe en que el sacrificio de hoy no será en vano, la fe en que otros vendrán después, la fe en que la semilla sembrada en la derrota germinará en la victoria de los que vienen.
Rafael Simón Urbina, Román Delgado Chalbaud, Emilio Arévalo Cedeño, Francisco Linares Alcántara (hijo), Armando Zuloaga Blanco, José María Ortega Martínez, Leopoldo Baptista, entre muchos otros. Nombres que el tiempo ha ido cubriendo de polvo, como esos muebles de casas antiguas que nadie se atreve a tocar por miedo a que se deshagan. Pero nombres que, cuando se los pronuncia en la madrugada, cuando el país duerme y solo los fantasmas caminan, todavía tienen poder. Todavía pueden encender una chispa. Todavía pueden recordarnos que hubo un tiempo en que los venezolanos sabían lo que significaba no rendirse.
No era la primera vez que acudía a sus historias —son, de algún modo, mi abrigo, esa biblioteca que en realidad es menos un lugar que una zona de sombras familiares, un refugio de voces que murmuran a través del papel—, pero esta vez lo hacía con una urgencia distinta. Como si necesitara entender no tanto lo que hicieron, sino lo que fueron. No sus batallas —que ya otros han contado—, sino esa cosa esquiva, casi inaprensible, que llamamos esencia. Esa mezcla de liberalismo heredado y nacionalismo resentido, de romanticismo decimonónico y pragmatismo de montonera, de valor personal y ceguera política, que los define y los limita, que los engrandece y los condena.
Y entender eso —entender lo que fueron— es entender también lo que hemos dejado de ser. Porque nosotros, los de ahora, los que vivimos en esta Venezuela de la derrota cotidiana y la resistencia cansada, ¿sabemos todavía no rendirnos? ¿O hemos aprendido a llamar «realismo» a lo que no es más que cobardía, y «prudencia» a lo que es pura y simple claudicación? ¿Nos queda algo de ese orgullo, de ese resentimiento noble, de esa memoria larga, de esa esperanza sin optimismos? ¿O nos hemos convertido en lo que ellos nunca fueron: dóciles, sumisos, adaptados?
Porque eso fueron ellos, ante todo: inadaptados. Hombres que no encontraron su lugar en el orden gomecista y prefirieron el exilio, la cárcel o la muerte antes que acomodarse. Hombres que llevaban la incomodidad en la sangre, que no podían estar quietos, que necesitaban conspirar como otros necesitan respirar. Hombres que, como escribió alguien, «tenían el honor de no tener razón», es decir, la grandeza de luchar por causas perdidas sabiendo que estaban perdidas, pero luchando igual.
Y aquí estoy. Tratando de glosar lo inglosable. De ponerle palabras —como quien se obstina en cazar humo con las manos— a esa constelación de hombres que no fueron héroes en el sentido clásico, ni tampoco villanos, sino algo más incómodo: fueron, sencillamente, los que no se rindieron. Los que prefirieron el exilio a la claudicación, la cárcel al silencio, la muerte a la sumisa paz de los cementerios. Fueron, en la frase certera de Humberto Tejera que rescaté en otro lugar, «la estirpe de los inadaptados».
Y hoy, cuando el país vuelve a dormir y los fantasmas vuelven a caminar, cuando la noche es larga y la madrugada parece no terminar nunca, vuelvo a preguntarme: ¿dónde están los inadaptados de ahora? ¿Dónde están los que prefieren el exilio a la claudicación, la cárcel al silencio? ¿O acaso nos hemos vuelto tan sabios, tan prudentes, tan realistas, que ya no necesitamos de ellos?
Lo que viene a continuación —conviene advertirlo desde ya, para que nadie se llame a engaño— es muy poco mío. O, mejor dicho, no es mío más que en parte, y en la parte menos sustancial: algún que otro subrayado aquí, un giro reescrito allá, un par de ideas propias lanzadas con más entusiasmo que puntería. El resto, lo esencial, lo que da cuerpo y sentido al texto, pertenece a ellos. A esos hombres que, como el poeta Víctor Racamonde —aquel a quien recordaba Tejera en Cinco águilas blancas—, fueron castigados no por lo que hicieron, sino por lo que pensaron; por lo que escribieron; por lo que, sencillamente, fueron. Yo solo paso en limpio. O al menos eso intento.
