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Juan Guerrero:Opinión

Juan Guerrero: Vida, libertad y propiedad

En la Venezuela del asombro permanente todo está por recomponerse, reconstruirse, reconfigurarse y hasta reinventarse. Sin embargo, la estructura cerebral de la sociedad, y lo que es más delicado, aquella de sus políticos: militares, líderes y dirigentes de organizaciones partidistas, empresariales, académicos, permanece invariable, casi totémica.

Salvo contadas excepciones, estos dirigentes actúan incitando a cambios “gatopardianos”: que todo cambie para que todo siga igual. Así ha ocurrido en casi un cuarto de siglo en la Venezuela de lo insólito, donde todo es posible.

¡Cuánto echamos de menos aquella asignatura llamada Educación social, moral y cívica! Después de varias generaciones formadas bajo la orientación de una pedagogía que formaba al ciudadano para vivir y convivir en una sociedad democrática, libre y de respeto a lo privado, de la noche a la mañana fue borrada de un plumazo del pensum educativo nacional. La razón: no era necesaria una asignatura demasiado teórica que contradecía el desarrollo tecnológico de la nación. Dolorosamente, hoy recogemos los frutos podridos por haber despreciado lo más sagrado en una sociedad: la formación cívica de sus ciudadanos.

El caso venezolano es particularmente digno de estudio desde una visión pedagógica dada su evolución, desde hace cerca de dos siglos. Tomada esta distancia de los procesos del secesionismo contra el imperio español, que atrasó su desarrollo integral como nación y república de manera trágica y dramática. Después de 200 años de vida republicana, poco, escasamente no más de 50 años se han podido disfrutar en una realidad medianamente republicana. Más han sido los ensayos teóricos refrendados en constituciones, leyes y ordenanzas, que en procesos educativos profundamente pedagógicos para “sembrar” una mentalidad democrática y republicana en el imaginario del ser y hacer del ciudadano venezolano. 

Apenas el concepto de democracia lo percibe el común del venezolano cuando lo relaciona con seleccionar entre dos, tres marcas de ron y adquiere el preferido. Porque hasta la adquisición de alimentos (acuérdense de las cajas CLAP) les fue impuesto desde el poder del Estado.

La democracia (representativa, y participativa y protagónica) para este venezolano ha sido un camino plagado de contradicciones, tragedias, fracasos, traiciones, persecuciones y sufrimientos. Por ello, el líder político, en todas las esferas donde se desenvuelve, tiende a confundir democracia con autoritarismo, democracia con absolutismo, democracia con mentira, democracia con traición, democracia con ventajismo, democracia con abuso de poder.

Las sociedades son grupos de seres humanos que se juntan por necesidades específicas y acercan sus valores primarios; lengua, religión y cultura, para fortalecerse y crecer como país y nación. Por eso es tan necesario comprender y entender que las sociedades verdaderamente democráticas se fortalecen desde la base social: sus ciudadanos. Estos permanentemente necesitan formarse, capacitarse, actualizarse y profesionalizarse. En este orden de ideas, los políticos tienen la obligación ética, moral, y hasta legal, de formarse en procesos complejos de esto que mencionamos como “formación social, moral y cívica”, además de poseer evidencias académicas de profesiones específicas.

A un profesor universitario se le exigen credenciales académicas para ejercer como profesional, lo mismo que a un maestro, un militar o un sacerdote. A un médico se le exigen, para ejercer, como mínimo 7-8 años de estudios, también a un ingeniero, arquitecto, abogado. Pero a un líder político partidista, ¡no! Peor todavía; a un gobernador, a un alcalde, a un diputado a la Asamblea Nacional no se le exige ningún título académico. Y lo más absurdo: al mismo presidente de la república apenas se le exige que sepa leer y escribir.

Obviamente, un título académico no es en sí mismo garantía de persona eficiente, incorruptible u honesta. Sin embargo, es urgente revisar las credenciales académicas, de formación social, moral y cívica de nuestros servidores públicos, de quienes nos representen en las instituciones del Estado. Tenemos derecho a exigir mayores controles para estos nuevos tiempos. Poder incidir, controlar y hasta eliminarle, por ejemplo, las tantas atribuciones y funciones que tiene el ciudadano presidente de la república. Son tantas, que pareciera el “capitán general provincial” de su majestad imperial. Si alguien revisa en la Constitución nacional se dará cuenta que en nada ha cambiado desde los días de aquella Venezuela provincial de los siglos, XVII, XVIII y XIX. 

Reclamo el derecho que me asiste para exigir que se revise el pensum educativo nacional y se introduzca de nuevo la asignatura, Educación social, moral y cívica (con este u otro nombre, pero con el mismo propósito), para formar al niño y joven venezolano, y sus líderes políticos, en los valores y principios que soportan la nacionalidad y cultura venezolana. Porque la democracia es una práctica social, diaria y continua, que se debe enseñar, y al hacerlo, se educa y se construye en beneficio común, público y privado.

Sin educación cívica no será posible garantizar una sociedad verdaderamente libre y democrática. Sin educación cívica el derecho a la propiedad y libertad individual siempre estarán bajo riesgo de ser asaltados y confiscados por quienes adolecen de principios y valores éticos y morales democráticos.

Ahora que en Venezuela estamos bajo el amparo y tutelaje de una potencia militar que actúa en nombre de la libertad y democracia, es tiempo de reconstruir nuestros pilares institucionales fundamentales; uno de ellos es la Educación social, moral y cívica.

 

(*)  camilodeasis@gamial.com   X @camilodeasis   IG @camilodesis1

 

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